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El Ministerio de Salud tiene que conseguir por lo menos 350 000 personas (2,5% de la población), para que donen sangre cada año.

Así se cumpliría con la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la cual señala que entre el 2 y 5% de la población debe donar sangre.

Durante el 2010 se consiguió 190 085 donantes en todo el país, a través de los bancos de la Cruz Roja y otros nueve bancos de hospitales públicos y privados (ver cuadro adjunto).

Pero la mayoría (122 403) lo hizo mediante el sistema compensatorio, es decir, donaron sangre porque algún familiar o amigo necesitaba para alguna intervención quirúrgica. O porque sufrió un accidente de tránsito y le urgió una transfusión para sobrevivir.

La donación voluntaria y repetida (los hombres donan cada cuatro meses y las mujeres cada tres) ha sido una de las metas de la Cruz Roja, pero en 64 años de historia se quedó corta. Hasta el 2010 hubo 8 605 donantes frecuentes. La mayoría (6 304) está en Guayaquil, en donde hay personas que donan por dinero.

Los llamados ‘vampiros’ ofrecen sus servicios en las afueras del banco de sangre y cobran entre USD 20 y USD 40 a las personas que no consiguen donantes entre su círculo de familiares y amigos.

Esta estrategia también les rebaja los USD 75 que se cobra en la Cruz Roja por un concentrado de glóbulos rojos, uno de los hemocomponentes más solicitados.

Las historias recogidas por este Diario prueban que falta crear una cultura de donación voluntaria; también demuestra la necesidad vital de que la red de distribución de la sangre crezca y cubra ciudades como Quinindé, que no cuentan con un banco de sangre. El Ministerio de Salud tendrá una tarea compleja para que nadie pierda la vida por la falta de sangre. La Cruz Roja quedará relevada de su principal función, a partir del 1 de julio, cuando entregará los inventarios de los 29 bancos de sangre, que administró.

En Solca las familias se quejan del sistema aplicado

Angélica Godoy sostenía con fuerza un recibo. Era el certificado de donación de su hijo Nilon y estaba marcado con el número 816 731. En una esquina del papel resaltaba un mensaje: 'El Banco de Sangre no compra ni vende sangre'.

Pero cuando llegó a la ventanilla de la Cruz Roja en Guayaquil, el mensaje varió. Una pinta del tipo B+, la que necesitaba conseguir de urgencia para su esposo, cuesta USD 92. Si no contaba con el dinero debía conseguir cuatro donantes para obtener una sola a cambio. "Así funciona el sistema", dijo un funcionario de la entidad.

Desde las 07:00 del martes, Angélica comenzó a buscar donantes. A esa hora, su esposo, Pedro Fernández, permanecía en la sala de emergencias del hospital de Solca. "Hace tres semanas nos dijeron que tiene cáncer al estómago. Ahora tuvo una recaída y necesita esa transfusión de urgencia", contó apenada.

Solca no tiene un banco de sangre. Cuando los pacientes con leucemia buscan transfusiones o si requieren pintas para alguna cirugía de extracción de tumores, los familiares son enviados a la Cruz Roja. El trámite es similar para pacientes de otros hospitales públicos y maternidades.

La familia Fernández Godoy vive en el recinto San Miguel del cantón Vinces (Los Ríos). El martes, algunos familiares de Pedro, de 51 años, dejaron su labor en los cultivos para viajar a Guayaquil y donar su sangre.

A las 13:00, tras varias llamadas, recién llegó el tercer donante. Faltaba uno, de lo contrario debían pagar USD 30 como saldo. "No es justo. Si nos piden cuatro donantes a cada uno le sacan una pinta. Estamos dando cuatro pintas para que solo nos den una. Es un negocio", dijo, enojada, Argentina Loor, familiar de don Pedro.

Aunque este Diario buscó una explicación del sistema de donación, un funcionario de Relaciones Públicas de la entidad comunicó que la información se maneja desde Quito.
Mientras el caso de la familia Fernández se repite a diario, la mañana del martes, Blanca Monserrate se acercó tambaleante a una de las ventanillas. Su hijo, Gustavo Mayea, la sostuvo de un brazo, pues casi no tenía fuerzas.

Hace una semana la mujer comenzó a sangrar por nariz y boca. "Hace un año me sacaron un tumor cerca del estómago. En estos días recaí y el doctor me dijo que necesito dos pintas de plaquetas".

Su rostro lucía amarillento por la leucemia que le detectaron hace poco. A las 12:00 la esperaban para la transfusión, pero no consiguió la sangre. "No tengo dinero. Como me dan el bono (de desarrollo humano) quiero ver si no me cobran, pero me piden algunos papeles que no tengo".

Una hora después, doña Angélica aún esperaba otro donante.

Ana padece leucemia y agotó su lista de donantes

'La gente que no quiere donar sangre suele decir que tuvo hepatitis, que tiene un tatuaje, que hizo un viaje y hasta que tomó un licor tan fuerte que no se va de la sangre", dice Ana Lucía Cunachi, a quien le diagnosticaron leucemia desde hace cinco años. Esta quiteña de 35 años ya ha agotado la lista de familiares y amigos cercanos que le podían donar sangre y ahora prácticamente la mendiga.

Desde el 7 de este mes está hospitalizada en el área de hematología, del Carlos Andrade Marín, en Quito y necesita entre 10 y 12 donantes para cubrir la cantidad de glóbulos rojos y plaquetas que le administran en el mes que permanece ingresada.

José Páez, jefe del servicio de Hematología y del Banco de Sangre de esta casa de salud, dice que abastecen de sangre al hospital y a 12 clínicas periféricas, que forman parte de la red de salud del IESS. "Entregamos cada mes 2 000 hemocomponentes. Los que necesitan más sangre son los pacientes quirúrgicos, hematológicos y de diálisis", dice Páez.

El banco recibe cada día entre 40 y 60 donantes compensatorios, es decir, que lo hacen en retribución por la sangre que han recibido sus familiares o amigos. "No se pueden recibir a más donantes por la falta de capacidad", asegura el jefe del servicio.

Desde hace 35 años, esta unidad transfusional opera igual, con apenas seis camillas en una sala de la planta baja del hospital.

El esposo de Ana, Stalin Tandazo, se ha convertido en un donante habitual. A más de sangre entrega plaquetas a través de una máquina de plaquetoféresis, que cada mes le extrae estos componentes y devuelve la sangre al cuerpo. Esta donación se puede hacer más a menudo.

"Por suerte soy O+, si no esta aventura habría sido más difícil", dice Ana, que lleva un rosario blanco atado a su muñeca derecha cada vez que se hospitaliza. "Al principio fue muy duro conseguir donantes, la gente tiene miedo de donar; yo, además, tengo la mala suerte de ser hija única y tener una familia corta".

Su esposo, que lleva la contabilidad de una empresa, tuvo que pedir la colaboración de sus compañeros de trabajo. Por fortuna, ellos se han convertido en donantes habituales y solidarios.

Ana ingresa al hospital con frecuencia. Una fiebre que no se cura con Tempra es la señal de que tienen que solicitar el ingreso al piso de hematología. "El año pasado estuvimos hospitalizados unas cinco veces", dice Stalin, que comparte el aislamiento de ella.

Durante los periodos de hospitalización, esta madre con leucemia no puede ver a su hijo de 8 años. "No le dejan entrar al hospital, esa es la parte dura de todo esto", dice Stalin. La estadía hospitalaria de esta pareja termina cuando Ana recupera su sangre.

El drama que pasa Leonardo Muzo por las pintas

A Leonardo Muzo le diagnosticaron anemia. Requería de manera urgente una transfusión de sangre, sin embargo, en el hospital civil de Esmeraldas debía pagar USD 75 por el concentrado de glóbulos rojos.

Su madre, Pilar Ibarra, dice que no cuenta con los recursos económicos para cubrir este gasto. Viven en el barrio Puerto Limón, en el centro de la Quinindé.

Leonardo tiene 27 años y desde niño padece parálisis cerebral. Eso lo mantiene postrado en una silla de ruedas. Apenas puede balbucear y sonríe ante un gesto.

Pilar Ibarra asegura que conseguir sangre ha sido un vía crucis.
"Tenemos que buscar donantes y llevarlos a la Cruz Roja en Esmeraldas, con el fin de asegurarnos que donen". Para convencerlos -dice Ibarra- deben pagar los pasajes de los buses.

Según Ibarra, la anemia de Leonardo se dio a causa de los medicamentos que le recetaron. Estos le provocaron una afección a los glóbulos rojos. Además, hace seis años fue operado de una apendicitis sin requerirlo. Se equivocaron en el diagnóstico, asegura.
"Ahora -agrega la mujer- necesito más donantes para su recuperación, ya he pedido ayuda a todos los amigos y familiares".

La Cruz Roja explica que unas 40 personas dan, al mes, voluntariamente sangre en Esmeraldas.

Con las 150 pintas que representan intentan cubrir la necesidad de la provincia. Hay un banco de sangre para ocho cantones.

Por ello, los habitantes de Quinindé, por ejemplo, prefieren viajar a Santo Domingo para obtener una pinta de sangre. Lo mismo ocurre con los de San Lorenzo, que van a Ibarra para ser atendidos.

Piedad Salas, de la Cruz Roja de Esmeraldas, dice que las personas entregan sangre solo cuando tienen familiares enfermos. En el hospital de Esmeraldas se necesitan entre 130 y 150 pintas de sangre al mes. En mayo apenas alcanzaron a conseguir 80 pintas para atender las emergencias. La demanda de sangre es de 300 pintas si se toma en cuenta las cuatro clínicas privadas y el hospital naval de la ciudad.

"Necesitamos donantes por millares", dice Marisol Díaz, trabajadora social del hospital Delfina Torres de Concha.

Ella sigue el caso de Leonardo. Dice que por el estado de postración, sus familiares tienen más dificultades para llevarlo al hospital. En las calles no existen accesos para maniobrar la deteriorada silla de ruedas. Los buses de transporte urbano se niegan a detenerse cuando lo ven cerca de una parada. Y las personas se resisten a donar sangre.

Salas dice que se necesita un cambio de actitud para mejorar los bancos de sangre.
"La ciudadanía debe hacer más conciencia y donar".

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