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La radioterapia es parte fundamental en la lucha contra el cáncer. Tras la extracción de los tumores malignos, los pacientes deben pasar por las máquinas que emiten radiaciones ionizantes para destruir las células cancerígenas que quedan en el punto de extracción. Los tratamientos son largos, entre 25 y 40 sesiones, y también costosos: en Solca se parte de USD 1 500 por 10 sesiones y en el Hospital Metropolitano se cobra USD 2 000 por la misma cantidad de sesiones.

El sector privado ha sido la tabla de salvación de los pacientes con cáncer en el país. Solca empezó a ofrecer la radioterapia con aceleradores lineales hace 11 años y el Metropolitano, hace tres. La Clínica Pichincha ofrece tratamiento con bomba de cobalto hace más de 20 años, pero este equipo emplea un mecanismo de radiación más antiguo, basado en una pastilla de cobalto que tiene una vida útil de 5,2 años.

Los hospitales del Ministerio de Salud no cuentan con los equipos ni la infraestructura para ofrecer radioterapia. En el portal de la Cartera de Salud aparece una hoja de ruta para brindar tratamiento oncológico, pero carece de plazos. Apenas explica que se está hablando con Invap S.E., una empresa estatal argentina que construye áreas de radioterapia.

En el mismo portal se dice que hay convenio con Cuba para recibir la visita de seis radioterapistas que colaborarán con la prestación de servicios y entrenamiento de los equipos de salud, pero tampoco hay fecha para su arribo.

El Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) ha hecho más avances, y entre diciembre y enero pondrá en funcionamiento los tres equipos de radioterapia que adquirió en el 2009. El IESS tiene que atender la demanda de sus 7 381 pacientes con cáncer.

En el sector público, solo el Hospital de las Fuerzas Armadas ha sido capaz de gestionar la adquisición de un acelerador lineal, el cual ya funciona desde el 1 de julio y aspira a servir al resto de la red pública.

Solca. Delia Vallejo /  Paciente de  50 años
‘Aquí ha habido mucha gente, me tocó esperar’

La primera semana de agosto, Delia Vallejo concluyó las 30 sesiones de radioterapia que debía recibir sobre el espacio donde antes estaba su mama izquierda.

Cada uno de esos días viajó desde Riobamba hasta Quito para someterse a la sesión de irradiación de  4 minutos en el Hospital de Solca. “Sentía que me iba a deprimir más con la bulla de Quito y, como no podía salir al sol, me habría tenido que meter en un cuarto oscuro de hotel, entonces decidí ir y volver de mi casa y estar con mi familia”.

El tratamiento de Delia lo paga el IESS, pero no todo fue tan rápido. Cuando una doctora particular le detectó el  tumor en el seno empezó a buscar la asistencia del Seguro, pero tardó un año en conseguir el pase a Quito.

En el Hospital Andrade Marín le operaron de urgencia, en diciembre  pasado, y ahí  mismo empezó la quimioterapia. Para la radioterapia tuvo que esperar más; empezó el trámite en Solca en abril y su primera sesión fue el 27 de junio. “Como aquí ha habido mucho paciente, me tocó esperar”, dice Delia.


Hospital de las Fuerzas Armadas. Imelda Robles / Paciente de 80 años
 ‘No pago nada porque  mi esposo  era militar’

 Imelda Robles estrenó el acelerador lineal del Hospital Militar. Ya lleva 25 sesiones de radioterapia por un tumor que le extrajeron de la lengua y todavía le faltan unas 12 sesiones  más.

Aunque la terapia es indolora, ella ha perdido el gusto de la comida y reniega de la situación. “Creo que no voy a resistir, ya estoy en los huesos porque no puedo comer,  me quema la lengua y no siento ni el sabor de la miel ni de nada”, dice.

Los oncólogos le han dicho que después de la terapia recuperará el gusto por la comida, y le explican que, como tenía un tumor maligno, tuvieron que extirparlo y necesita la radiación para que no vuelva a surgir.

Imelda, sin embargo,  no pasó por el horror de las quimioterapias,  solo se sometió a la cirugía y fue  directo a la radioterapia. 

Como su esposo, ya fallecido, era militar, ella puede acceder a los beneficios del Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas, y el tratamiento oncológico en el Hospital Militar no le cuesta nada. “No pago nada, gracias a Dios y a mi esposo tengo esto, solo cuando estoy internada me cobran una mínima cantidad, por el aseo y la comida”.

Hospital Metropolitano. Florencia /Paciente de 61 años.
‘Esta enfermedad te deja en la calle”

Florencia, que no quiere revelar su nombre completo, cuenta que le detectaron cáncer de mama en marzo y que en abril ya le operaron. “Mi cáncer no fue tan malo, porque no estuvieron contaminados los ganglios y no tuve quimioterapia,  solo radiación”.

Esta mujer completó la primera semana de agosto las  33 sesiones de radioterapia en el Hospital Metropolitano, pero antes fue al IESS para ver si le podían ayudar. “Fui al Seguro para ver si me podían atender, como he trabajado más de 30 años, tengo derecho. Me hicieron todos los exámenes, pero al tiempo me salió la aprobación del seguro privado y preferí irme al Metropolitano”.

El seguro privado en un principio se negó a atenderle porque concluyó que la enfermedad era preexistente, pero finalmente reconsideraron su decisión. 

 “El cáncer es una enfermedad que te deja en la calle”, dice y cuenta que tuvo un hermano con cáncer que hace varios años  debió   viajar a Estados Unidos para recibir radioterapia.

Por eso habla bien del servicio en el Hospital Metropolitano. “Es bueno que ya tengamos los equipos en el país, mi hermano sufrió mucho en el extranjero, pero por lo menos pudo hacerlo. La gente que tenía esos seguros internacionales  estaba peor”.

Clínica Pichincha. Patricia Céspedes / Paciente de  44 años
 ‘Yo utilizo mi seguro privado para el tratamiento’

 Patricia Céspedes es afiliada al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) desde hace 20 años,  pero prefiere usar su  seguro privado para costear el  tratamiento de cáncer que sigue desde hace más de un año en la Clínica Pichincha.

Céspedes explica que le amputaron su pierna izquierda tras detectarle  un sarcoma (variedad poco común de cáncer que aparece en los huesos), por lo que  requirió de una prótesis que debe ser cambiada cada cierto tiempo.   Para costear estos gastos,  buscó al  Seguro Social, pero no le dieron respuesta.   Tras ocho  meses de espera,  decidió usar su seguro privado. “Yo no podía esperar tanto, tengo que trabajar, así que opté por pagarme la prótesis con mi seguro privado”. 

Desde hace seis semanas, Patricia asiste todos los martes a las sesiones de radioterapia.  Prefiere no hablar de  cuánto le cuesta, pero dice que ha sido positivo. Dice que   no tiene ningún efecto, salvo un poco de sed. “Los efectos de la radioterapia dependen de la parte del cuerpo afectada”, dice la mujer, de 44 años.


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