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En medio de probetas, mesones de azulejos y tubos de ensayo hay decenas de fundas negras de basura. Están junto a los anaqueles, en el piso, al lado de microscopios. Dentro de las fundas, y también fuera de ellas, hay varias botellas plásticas vacías. A un lado están cientos de tapas de colores de estos envases.

“Es la bodega provisional, tenemos planeado construir una en el otro edificio, un sitio con más espacio”, comenta William Cueva, estudiante de tercero de bachillerato del Colegio Nacional Rumiñahui. Dentro del laboratorio de química, el alumno de 19 años cuenta que todos los martes y miércoles, este salón de experimentos se llena de fundas con botellas.

En la puerta del laboratorio está Micaela Daza, estudiante de segundo de bachillerato en Ciencias de la misma institución educativa fiscal. Con una funda en cada mano, espera su turno para hacer la entrega de las botellas. La acompaña su mamá, Margarita Bajos, quien también sostiene dos bolsas con envases adentro.

“Esta vez vine con ella porque recolectamos más de la cuenta. Mi hija pidió a sus familiares que la ayudaran guardando en sus casas y todos la apoyan ahora”, cuenta Margarita, quien revela su orgullo por el trabajo de su hija.

La madre de familia dice que al comienzo, cuando en el colegio les dieron la consigna de llevar 20 botellas semanales, su hija de 17 años, estaba preocupada porque temía no cumplir con el límite. Fue ahí que ideó pedir a familiares que guardasen también sus envases para que ella los recogiera al final de la semana.

Desde mayo del año pasado, los 1 700 estudiantes que asisten a este colegio fiscal en los tres horarios -mañana, tarde y noche-, llevan una cantidad específica de botellas plásticas PET una vez por semana. Comenzaron llevando 10 pero luego ese número aumentó: ahora entregan 20 por cabeza. María Clara Peralta, directora de proyectos de este centro educativo, ubicado en Sangolquí, explica que no es obligatorio cumplir con esa cantidad de envases, pero se aconseja para que el proyecto funcione. La recomendación ha tenido gran repercusión.

En los nueve meses que funciona esta recolección de envases de plástico PET se han obtenido resultados alentadores. Cada semana se reúnen aproximadamente 500 kilos, llenan nueve fundas de yute de 1 x 1,10 metros y las colocan en el primer piso del colegio hasta que lleguen a recogerlas.

En la clase del último miércoles, Peralta anuncia a 10 estudiantes de segundo de bachillerato que el camión recolector está en la puerta. En parejas o entre tres, los alumnos cargan en sus hombros las enormes fundas y las llevan hasta el transporte que está afuera de la institución.

Las botellas las venden a Incador, una fábrica avalada por el Ministerio del Ambiente (MAE), que transforma el plástico en materia prima. Esta empresa es la encargada de recoger semanalmente lo recolectado.

Al comienzo la ganancia económica era simbólica, pero ahora representa un rubro que ayuda a mejorar la infraestructura del colegio. “Con ese dinero pudimos asfaltar parte del patio, de las gradas y estamos construyendo una bodega para almacenar las botellas”, detalla Peralta, quien resalta el apoyo de las autoridades del plantel para desarrollar el proyecto en el que participa todo el colegio.

Esta fase de recolección es parte de un programa sobre ambiente, que empezó hace más de dos años.

En el 2010 se realizaron talleres y campañas de concienciación para que los estudiantes comprendieran la importancia de reciclar y conocieran sobre la contaminación producida por el plástico.

En el 2011 emprendieron un proyecto de reciclaje de papel en la institución y en los alrededores, con los vecinos. Y desde el año pasado, que impulsan el reciclaje de plástico PET. Esta recolección está acompañada por charlas y talleres sobre medioambiente.

A través de obras de teatro y de dramatizaciones se intenta concienciar a los alumnos. La hora cívica del lunes es aprovechada para informar no solo sobre reciclaje sino sobre las ventajas de productos orgánicos y el uso de energía eléctrica, entre otros temas. Los alumnos de primero de bachillerato, además, reciben la materia de educación ambiental.

Micaela está en segundo de bachillerato y no recibe esta clase pero confiesa que le encanta participar en la recolección y clasificación de botellas. Los grupos que se encargan de esta labor rotan cada semana. Hacen el trabajo de clasificación de 08:00 a 11:00, para que no interfiera con sus clases, que se inician a las 13:00.

“Me gusta saber que puedo ayudar a reducir la contaminación y cuidar la naturaleza. Cuando camino hacia la casa voy recogiendo las botellas que veo en mi camino”, comenta la joven, y su madre la interrumpe para agregar que ella ha enseñado a la familia a reciclar.

Peralta, orgullosa de la acogida por parte de los estudiantes y de los resultados obtenidos, cuenta que se consiguió el certificado como gestor ambiental de botellas PET por parte del Ministerio del Ambiente. El colegio es la primera institución en Quito en obtenerlo.

“El esfuerzo es colectivo”, añade William y cuenta que cada vez que hay una fiesta en el barrio pide con anticipación que le almacenen todos los envases. El estudiante, además de ser parte de los equipos que clasifican y empacan, se encarga de difundir el proyecto en el barrio y a través de correos electrónicos y una página web.

El colegio espera que la población de Sangolquí se contagie de esta labor, reduzca el consumo de PET y se una a la recolección.

20 botellas por alumno Cada alumno tiene su estrategia para llevar 20 botellas semanales. Algunos llevan siempre consigo una bolsa en la mochila para guardar todas las botellas que encuentren en el camino.

En el 2012, Incador, la empresa que compra los envases, entregó incentivos a los alumnos con más botellas recolectadas.

El proyecto también procura involucrar a las comunidades aledañas al colegio con charlas de concienciación.

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