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Una lágrima rueda por la mejilla derecha de Lina Quiñónez, de 64 años, hasta que moja la camiseta rosada que lleva puesta.

La afroecuatoriana y contextura gruesa acudió ayer al Centro Comercial El Recreo porque siente, desde hace tres meses, un dolor en el seno derecho. “Me palpo en la ducha y tengo una bolita”, dice, mientras toca su sien con la mano derecha y se lamenta.

Esto a la vez que su esposo, Pablo, quien guardó un puesto desde las 06:00, la abraza su cintura y la consuela.

Ambos, oriundos de Cuajara, Imbabura, son parte de una larga fila ondulada que se extiende sobre los parqueaderos y en las afueras del Centro Comercial El Recreo, en el sur de Quito.

Allí unas ocho mil personas anegan la plaza de compras para hacerse un examen de mamas.

Pese a su molestia, Lina no pudo acudir a un médico antes. Esto debido a que, junto a Pablo, vende trajes de perros, de lunes sábado, en la calle.

“Si no vendemos, no comemos”, cuenta, mientras la fila lentamente avanza dos pasos.

Cerca de allí, siguiendo la fila, esperan sentadas sobre el asfalto Laura , Inés y Jenny . El trío viste gorras rosadas. Son abuela, hija y nieta, quienes madrugaron a las 05:00. Ellas vienen del barrio la Lucha de los pobres, sur de Quito.

“La espera vale la pena”, dice Laura, y cuenta que un examen de mamas cuesta entre USD30 y USD40. “Y multiplicado por tres todavía mas”.

Pero no son solo mujeres las que llegaron hasta El Recreo para ser examinadas. Al costado de la columna de personas, donde da vuelta la fila, don Braulio Jara está junto a Julia, su mujer.

Ella lo animó a venir. “El tiene un nudito en la tetilla derecha y debe hacerse ver”, sostiene, lo toma de la mano izquierda y avanzan tres pasos.

Más allá, discutiendo con un policía, está Rosa Chuquimarca, de 30 años. Ella quiere pasar al espacio de las carpas. Pero el policía se lo impide y le pide que respete su turno. Ella, enojada, cuenta que salió de su casa, ubicada en Machachi, a las 04:30, junto con su esposo Gerardo y cuatro hijas.

Acomoda un lazo rosado a la altura de su seno izquierdo.Coloca otro lazo en el pecho de su marido y compra un granizado para que sus hijas soporten el calor. La fila sigue, su bebé llora, el sol asfixia.

Otra vez se ondula la columna para comenzar de lado derecho.

En la esquina María Chunir aprovecha para vender chochos y hace fila. La joven, de 27 años, tiene dos hijos. Uno de ellos llora, ella saca su seno derecho y lo alimenta. Dice que no sabe si podrán hacerle el examen en período de lactancia. Prefiere hacer fila. “Uno no tiene la confianza de ir donde un doctor y contar porque da vergüenza, aquí es mejor”.

La música apoya la paciencia. Narcisa Sánchez celebra con palmas. Ella está contenta. Pese a que hay unas mil personas antes esperando para el examen, la mujer sonríe y baila con su pareja, Ramón. Ramón relata que su mujer ya tuvo cáncer. “Gracias a un examen a tiempo pudimos salvarle”. María Sol Corral, vicealcaldesa de Quito, demanda mayor apoyo del Ministerio de Salud. Esta entidad no aportó para la realización de la campaña. El Municipio de Quito y el Consejo Provincial invirtieron USD 35 000. La concejala denuncia la intención de la cartera de Estado de brindar apoyo y cobrar USD 5 a cada mujer.

Poly Ugarte, presidenta de su fundación, rechaza esto.

“La incidencia de cáncer crece, de cada 8 mujeres 5 tienen cáncer, no hay apoyo”.

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