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Una casa verde de dos pisos, situada en la empinada calle Matovelle, que lleva a San Juan, es el cuartel general de las 1044 mujeres, hijas de ex policías, que están a punto de perder su montepío.

La casa verde de dos pisos, con varias habitaciones oscuras, es la sede de la Asociación de Clases de la Policía en Servicio Pasivo y Montepío de Pichincha.

El suboficial primero en servicio pasivo (sp), Pedro Aníbal Aguayo, presidente de la Asociación, ha tomado la bandera de las mujeres solteras, muchas solitarias, la mayoría de la tercera edad, y discapacitadas.

Provienen de la Alpahuasi, Quitumbe, Ferroviaria, en el sur; de Carapungo, Comité del Pueblo, Calderón, norte. Son humildes. Desde niñas recuerdan el pago del montepío, legado de padres ausentes que murieron en servicio o se acogieron al retiro policial. La pensión oscila entre USD 80, 200 y 300. Les sirve para la comida, servicios, arriendos...

Aguayo, pequeño y robusto, enfundado en un terno azul marino, dice que no es justo que el Instituto de Seguridad Social de la Policía (Isspol) pretenda quitar el montepío a las hijas de ex policías fallecidos que tienen este derecho sucesorio desde 1959.

Un grupo de afectadas le escucha. Aguayo gesticula con sus manos y camina por la pequeña oficina, cuya ventana da a los tejados de musgo de San Juan y a una terraza del Colegio Mejía, llena de bancas enmohecidas. Según Aguayo, hasta que saliese su propia ley, la Policía estuvo cobijada por la de las FF.AA.

En 1995 nace el cuerpo jurídico policial y ahí consta el artículo 83, el mascarón de proa visible de esta lucha de las mujeres .

Aguayo agarra el texto de la ley y lee, solemne, como si fuera un pasaje bíblico. Resume el art. 83: “Consagra el derecho de mantener los beneficios de las señoras pensionistas de la ex Caja Policial”. Recelosas. Tímidas. De pocas palabras, las pensionistas se animan a hablar. Esther Paredes, bajita, de pelo cano, dice que el padre, Jorge Alfredo Paredes, falleció en 1992, de 85 años.

Sirvió más de 20 años a la Policía. Como a la mayoría le daban el pase por todo el país. “Por derecho sucesorio -dice- recibí, hasta agosto pasado, USD 170, por el grado de papá, policía; la pensión la he conservado en los últimos 20 años; con esa plata eduqué a mis cuatro hijos, no me casé”.

Al igual que Esther, de 60 años, las mujeres han optado por la soltería para no perder el montepío.

Olvidó a su ex compañero. “Un día alzó el vuelo y se fue; era albañil, se esfumó nomás”. Las amigas ríen y rompen el aire denso.

La tarde del pasado martes cae una garúa por San Juan. Refresca el tiempo de viento y sol. Entre las siete mujeres se halla la doctora Eva Merchán, asesora jurídica de la Asociación. Dice que es extraño que el Isspol vuelva a tratar el mismo tema: el retiro de las pensiones . “En el 2005 ya se hizo una consulta a la Procuraduría y el doctor Ramiro Borja Gallegos, procurador, fue categórico: el montepío se mantiene”.

“Todas -sostiene Merchán- deben someterse a una figura jurídica creada por el Isspol, la sobrevivencia: en la fecha de cumpleaños van al Isspol a justificar que son solteras y que no tienen ningún ingreso adicional”. Así mantienen el montepío.

Las hermanas Rosario y Ángela Chicaiza, de 54 y 53 años, explican que el papá, Camilo, murió hace 18 años. “Era de Pujilí. Disciplinado y cariñoso, la pequeña pensión que nos dejó, USD 160, nos permite vivir”.

Rosario sufre diabetes y con el dinero compra insulina. “Incluso nos quitaron el Hospital de la Policía, debo ir al del sur, ¿por qué tanta inhumanidad?”, se pregunta, y mira a un Jesús de ojos agonizantes, colgado de una pared.

Las otras mujeres murmuran, hicieron préstamos de USD 3 000, 4 000, que les descuenta el Isspol cada mes. No saben cómo pagar. Piden a los nueve titulares del Consejo Directivo de la Isspol, presidido por el general Patricio Franco, comandante de la Policía, que suspenda la medida.

Otra tarde en la casa verde, cercana a la calle Venezuela.

Gloria Yépez C., de 68 años, evoca que casi nació en las gradas del estadio de Ambato. “Mi mamá, María Matilde, sintió dolores de parto cuando veía un partido de fútbol, casi vengo al mundo allí”. “A papá, Carlos Alfredo, lo recuerdo entre sueños, murió cuando yo era niña”.

El montepío es su bálsamo. Paga luz, teléfono, arriendo. Solloza. Vehemente, Nelly Carrión, de Loja, dice que “nos quieren volver indigentes. Vino el hachazo de la Isspol. Vamos a la huelga de hambre si nos quitan el montepío, lo único que nos permite seguir en pie, al menos, ya que muchas compañeras están postradas”.

Testimonios

Martha Fajardo C., 73 años,
pensionista de Guayaquil

‘Papá  domaba caballos’
Mavilo Fajardo Manso. Ese era el nombre de mi padre. Era sargento primero de la Policía, trabajaba en la Caballería. En ese tiempo todo policía tenía que saber cabalgar. Los caballos eran como los patrulleros de hoy y  papá  domaba a los animales más bravos. Era el acróbata del escuadrón.  Yo tenía  20 años cuando él murió. Fue en el año 1958. No era tan viejo, tenía como 50 y pico de años;  se enfermó, cayó en una cama y no se levantó más.  Era un buen hombre, responsable. Nació en Guayaquil.  Cuando murió no nos dejó riquezas. Solo una pensión que le dieron a mi mamá. Con eso nos crió a mí y a mi hermano. Después esa pensión me  daban a mí. A veces me depositaban 130 dólares, otra 140. Con eso compraba la comida y pagaba mis chequeos médicos. Tengo diabetes. Pago USD 30 por un cuartito. Es  el único sustento.

Jackeline Álvarez, 40 años,
pensionista de Guayaquil

‘No conocí a mi padre, porque le mataron’
Toda mi vida estuvo vinculada a la Policía, aunque no conocí a mi padre. Era el sargento segundo Camilo Álvarez Álvarez, un hombre de carácter firme, entregado a su profesión. Y lo mataron cuando yo apenas tenía nueve meses .  Lo conocí  solo por las fotos y por lo que me contó mi madre. Recién lo habían trasladado desde Guayaquil a un destacamento en Quevedo. Allá estaba a cargo de un grupo de hombres y hubo un incidente. Le dieron  siete disparos. Dicen que heredé su carácter fuerte. Me gusta decir las cosas de frente, con sinceridad. Por eso no me puedo callar ante esta injusticia. Recibíamos la pensión  desde 1985 ,  sé  que hay una disposición de la Procuraduría General  de suspender  las mensualidades. Yo recibía 240 dólares y con ese dinero ayudaba a mi mamá, de  87 años.


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