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Las personas que reciben un órgano o tejido de otra persona tienen que pelear contra el rechazo durante toda su vida. Los inmunosupresores son sus mejores armas y aunque tengan efectos colaterales, los especialistas valoran el bien mayor, que es la vida.

El costo mensual de las dosis de inmunosupresores por paciente trasplantado está entre los USD 600 y 1 500, según Diana Almeida, directora del Organismo Nacional de Trasplante de Órganos y Tejidos (Ontot).

Frans Serpa, coordinador de trasplantes de hígado y páncreas, en el Hospital Metropolitano, explica que las dosis de inmunosupresores dependen de la compatibilidad entre el donante y el receptor. “A menos compatibilidad, hay que suministrar más drogas al paciente”, dice.

La medicina en el mundo incluso permite que se hagan trasplantes en los que hay cero compatibilidad, pero esto en Ecuador no se practica porque las listas de espera son muy grandes y si el órgano o tejido no sirve al primero de la lista, se evalúa a los siguientes pacientes.

La compatibilidad, sin embargo, tiene más importancia en el trasplante renal porque los pacientes con insuficiencia renal tienen anticuerpos preformados y podrían generar un rechazo agudo. Esto se debe a que los riñones enfermos a menudo no producen suficiente eritropoyetina y esto hace que haya menos glóbulos rojos y se presenten cuadros de anemia, con lo cual les dan sangre y su cuerpo produce anticuerpos.

Los análisis de compatibilidad se hacen en sangre. Uno de ellos es la prueba cruzada (PRA) que básicamente mezcla la sangre del donante y el receptor para ver si hay alguna reacción. Si la prueba es negativa, es decir, si no se produce ninguna reacción se procede al trasplante. Pero la prueba definitiva es el HLA (Antígenos Leucocitarios Humanos) que mide el rechazo a tejidos u órganos ajenos al cuerpo.

Ana  vive con el riñón de su hermano

Ana Tapia, Maestra parvularia: “A mis padres les dieron dos meses para conseguir un riñón”.

Lo primero que recuerda Ana Tapia cuando se le pregunta por su trasplante renal es que un médico les dijo a sus padres que tenían como máximo dos meses para conseguir un riñón y  que debían  reunir  USD 15 000  para pagar  la cirugía.

Todo ocurrió en el Ecuador de hace casi una década, cuando no había listas de espera ni nada cercano a un sistema de donación y trasplante de órganos.

La Ana de ese entonces tenía 17 años y había recibido un año y medio de hemodiálisis debido a una enfermedad autoinmune que se le presentó. Los  padres de la joven reunieron todo el dinero para la operación y hasta se ofrecieron a donar un riñón, pero por su edad fueron descartados. Entonces uno de sus hermanos se sometió a las pruebas y aunque hubo baja compatibilidad, apenas el 54%, los médicos optaron por utilizar uno de sus riñones para no perder más tiempo.  

La Ana que ahora cuenta la historia  tiene 26 años y trabaja como parvularia en una escuela de Pifo. Recuerda que la estancia en la clínica privada donde le hicieron el trasplante fue de una semana y que su hermano-donante estuvo  cuatro días.


Él jamás  ha tenido complicaciones  de salud y tampoco tiene que  llevar una vida pasiva.  Ana  al  principio se cuidaba en la alimentación y tomaba mucha agua, pero poco a poco dejó las precauciones. En su memoria solo está alguna gripe que le devolvió al hospital, debido a los  inmunosupresores que toma a diario y cuya principal secuela es la baja de defensas.
Otra contraparte del tratamiento con inmunosupresores es el costo. Ana recibe la medicina gratuita por ser afiliada al Seguro Social, pero el primer año del tratamiento postrasplante corrió por cuenta de su familia y fueron USD 1 000 mensuales. Ella toma tres clases diferentes de fármacos hasta ahora, porque la pelea contra el rechazo del órgano es de por vida.

Ángela fue la primera en tener un hígado

Ángela Viteri, Médica general: “Estoy viva y quiero retribuir a la sociedad lo que me ha dado”.

Sin querer lleva el título de ser la primera persona que se sometió a un trasplante hepático en Ecuador. Ángela Viteri recibió un nuevo hígado en diciembre de 2009, en el Hospital  Metropolitano. Una colangitis esclerosante primaria, una enfermedad autoinmune que afecta a los conductos biliares, la llevó a rozar la muerte en 2008.

Estaba en el cuarto puesto de la lista de espera que se formó en esos años, pero pasó por delante de las otras pacientes porque ninguna de ellas estaba en buen estado de salud cuando se consiguió un donante y la primera de la lista falleció de una hepatitis fulminante.

Esta mujer de 32 años , con un título de medicina general y madre de dos niños, recuerda que la recuperación fue larga y aunque tomaba una docena de pastillas al día, entre inmunosupresores, protectores hepáticos y fármacos para aliviar la colitis que padecía, tuvo un rechazo agudo y volvió al quirófano antes de lo previsto. Su hospitalización duró 24 días, que incluyeron su confinamiento en una unidad aislada de todo el mundo.   

Durante el primer año tras la cirugía presentó  varias enfermedades, entre ellas,  desnutrición severa y su peso bajó hasta los 35 kilos. El gasto mensual de su recuperación, en ese entonces, era de USD 3 000 mensuales, que corría por cuenta del Programa deProtección Social.
Ahora recibe una dosis diaria de 10  pastillas, con un costo aproximado de USD 1 000 al mes. Además,  ha dejado de ser paciente a tiempo completo para convertirse en la médico de una unidad de salud de Machachi, en Pichincha.

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Transplante de órganos

 Ángela Viteri hablando sobre su trasplante de órgano.

Mario  recibió una córnea

Mario Celi, Mensajero: “La operación duró una hora y recuperé la vista enseguida”.

Atrás quedaron esos días de colegio en los que tenía que sentarse en la primera fila para ver lo que escribían sus profesores.  Mario Celi también se suma a esa población activa que ha mejorado su calidad de vida  gracias a un trasplante.

Este joven de 23 años padecía desde la adolescencia de un trastorno llamado queratocono, que le deformaba y debilitaba la córnea, pero hace un año recibió una córnea donada para su ojo izquierdo. Este tejido  es como una especie de gelatina transparente que también se   puede retirar de un donante cadavérico.

La córnea que recibió  Mario fue procesada en el Banco de Tejidos que está en el Hospital Eugenio Espejo y que pertenece al  Organismo Nacional de Trasplante de Órganos y Tejidos.

Mario se convirtió en el receptor idóneo de una lista de espera de más de 350 personas. Pasó primero porque era compatible  y ya había recibido antes una córnea que rechazó y buscaba otra urgentemente.  

La intervención se hizo en Milagro, en un centro acreditado por la Ontot, donde le trataron antes.  En menos de una hora el joven borró su discapacidad visual para siempre.  

Ahora Mario trabaja como mensajero en Quito y pronto retomará sus estudios sin miedo a no poder leer los apuntes de los profesores en el pizarrón. Las únicas contraindicaciones que tiene son levantar peso y hacer alguna actividad deportiva en la que  se pueda golpear la cabeza. Todavía usa lentes porque el ojo derecho ha empezado a sentir las secuelas del queratocono, pero el daño no es tan grande y con una buena graduación puede ver y hacer su vida normal.



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