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¿Siente que no vale la pena vivir?, ¿No tiene ánimo para levantarse ni voluntad para tomar decisiones?, ¿Se siente infeliz y ve su futuro sin esperanza? Si sus respuestas son afirmativas es posible que afronte una depresión. Este trastorno emocional se extiende a nivel global y en Ecuador las señales son preocupantes, especialmente, en Quito, en donde es la enfermedad de mayor prevalencia (casos existentes) de todas las patologías psiquiátricas atendidas.

Un estudio reciente del posgrado de Psiquiatría de la Universidad Central llegó a la conclusión de que en la capital se reporta una prevalencia del episodio depresivo mayor del 13,4% (por 100 habitantes adultos en 12 meses), muy por encima de la media de la región del 4,9%. Para la investigación se tomó una muestra de 1 800 habitantes de zonas urbana y rural.

Dimitri Barreto, psiquiatra del Centro de Salud del Comité del Pueblo, explica que la depresión mayor no tiene un desencadenante externo, es decir, un sufrimiento, pérdida, fracaso; más bien existe una predisposición en el desarrollo neurológico y psicológico de la persona.

Se diagnostica cuando tiene más de 15 días, ya sea con uno o frecuentes episodios. Y si bien las causas no se conocen se sabe que baja la actividad de sustancias en el cerebro, conocidas como neurotransmisores (serotonina, noradrenalina, dopamina).

María Rosero, de 38 años, sufre un cuadro depresivo. Está desecha y piensa insistentemente en la muerte, en medio de la preocupación por su hijo de 11 años. Conectada a varios tubos que le permiten respirar, desde su cama en el hospital Eugenio Espejo confiesa que lleva un mes internada.

A las mujeres, según el estudio, se les diagnostica con mayor frecuencia este trastorno, que a nivel mundial afecta a 121 millones de personas y es la cuarta causa de discapacidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las mujeres muestran el doble de probabilidades de padecer los síntomas depresivos.

En el caso de Quito esta dolencia afecta más a viudos, en unión libre, y muy por detrás, a casados y jóvenes. Asimismo, hay un mayor impacto en los adultos, entre los 40 y 59 años. Además del elevado número de casos, preocupa que la incidencia (nuevos pacientes) está en ascenso.

En Psiquiatría del Hospital Eugenio Espejo es la principal causa de atención, seguida de los trastornos de ansiedad, adaptación y situacional. En el 2011 representó el 19% de todas las consultas y en los primeros cinco meses de este año se elevó al 24,4%.

En el consultorio de Barreto, el 45% de las primeras consultas es por depresión. Esto contrasta con la incidencia en América Latina, que está entre el 2,5 y 5%.

En el Centro Comunitario de Salud Mental de Calderón, el 18% de atenciones del 2011 correspondieron a depresión.

A esto Marco Robalino, vicedecano de la Facultad de Medicina de la Universidad Central, agrega que en general solo el 10% es diagnosticado con la enfermedad. De este porcentaje el 1% es detectado por un psiquiatra. Por motivos culturales, los especialistas coinciden en que el estigma de que solo los locos van al psiquiatra recién se empieza a superar.

Verónica Valencia, jefa de Psiquiatría del Eugenio Espejo, comenta que ahora llegan por referencia de un familiar, amigo o vecino que acudió a la consulta y su tratamiento tuvo resultados. Otros acuden a través de interconsulta de otra especialidad con dudas. Por ejemplo, una paciente de dermatología llegó a su consulta y preguntó: “¿por qué me mandan acá si yo no estoy loca?”.

Mónica Cárdenas, de 44 años, reconoce que lo mejor fue haber ido al psiquiatra. Cuando le diagnosticaron insuficiencia renal crónica decidió no hacer nada, se encerró en su cuarto y dejó de comunicarse. Solo lloraba. Sus hermanas la llevaron a la fuerza al especialista, por varias semanas hasta que aceptó su problema. “Gracias a la doctorita (Valencia) me siento viva y tengo una nueva oportunidad”. En los últimos días fue sometida a un trasplante de riñón y lleva siete meses de tratamiento con antidepresivos.

Este tipo de depresiones, desencadenadas por causas externas, se conocen como reactivas o secundarias. Entre las más comunes están la pérdida de un familiar, un divorcio o separación.

Y hay un tercer grupo de deprimidos crónicos, cuyos síntomas son menos intensos pero más duraderos; estos se quejan por más de dos años, se aislan, etc.

La depresión se trata con medicación, terapia psicológica y la ayuda de la familia, pero es difícil de curar, pues suele haber recaídas, enfatiza Barreto.

El riesgo más alto de la depresión es el suicidio, pero no todo suicida es deprimido. En los dos últimos años, dos pacientes internados en el Eugenio Espejo (Oncología) y otro del Hospital Psiquiátrico Julio Endara, se quitaron la vida, lanzándose al vacío.

La atención psiquiátrica

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Al igual que otros países se busca que la atención en salud mental sea ambulatoria y comunitaria y solo los pacientes graves sean internados. Para esto hay consulta externa de psiquiatría en los 4 hospitales públicos de Quito (Eugenio Espejo, Pablo Arturo Suárez, Enrique Garcés y Baca Ortiz). Allí se les entrega gratuitamente medicina de marca y genérica.

También los hospitales del Seguro Social, FF.AA. y Policía brindan atención ambulatoria.

Pero para los casos que ameritan internación, los médicos señalan que faltan camas. Esto se debe a que hospitalización del Hospital Psiquiátrico San Lázaro fue cerrada y el Hospital Julio Endara está copado y tiene poca disponibilidad. Para trabajar en estos temas de una forma transversal, en la comunidad y en promoción, las autoridades del Ministerio de Salud crearon la Subsecretaría de Prevención de la Salud.

Enrique Aguilar, ex titular de la extinta Dirección de Salud Mental, sostiene que hacen falta programas nacionales. “Las enfermedades mentales representan el 25% de la consulta médica del país y el 20% de la carga de enfermedad”. Para Robalino, “se ignora la existencia y la gravedad del problema depresivo en el país. No hay la suficiente disposición para desarrollar políticas”.

El estudio fue realizado en las áreas urbana y rural de Quito con 1808 habitantes. Lo hicieron los estudiantes del posgrado de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Central, como tesis de grado y es el primer estudio realizado en Quito.

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