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La niña de apellido Payo y sus convulsiones son el centro de la discusión de un grupo de médicos del Hospital Eugenio Espejo. De la paciente solo se sabe que tiene 11 años y calcificaciones en el cerebro, según las tomografías.

La discusión se hace en una sala en penumbra, donde se proyectan las imágenes del cerebro de la niña. Parece una escena de la serie estadounidense ‘Dr. House’, en que cuatro médicos de Nueva Jersey discuten a puerta cerrada el diagnóstico de un paciente. Pero la diferencia en el Hospital Eugenio Espejo de Quito es que los médicos no se pueden dedicar a un solo enfermo.

La sala en penumbra está atiborrada de los residentes del hospital quienes, aunque ya dejaron la facultad y tienen el título de Médico General, permanecen tres o cuatro años en un hospital para alcanzar su título de especialidad. Estos médicos tienen treinta y pocos años y utilizan una letra y un número para identificarse: R, por residente, y 1, 2, 3 ó 4, según el año de especialización.

Mariela Mosquera, una R-2, es la que expone el caso de la niña Payo. Ella es una de los siete estudiantes de Radiología de la Universidad Central que rotan por el Eugenio Espejo y parte de su calificación dependerá de los casos clínicos que escoja para exponer.

Los médicos veteranos determinan que la dolencia más probable es el síndrome de Torch. La discusión, que empezó a las 07:00, terminará antes de las 08:00 con el pedido de que se haga una biopsia a la niña.

imagenPronto los especialistas se pierden por los 10 pisos y dos subsuelos del hospital para cumplir con sus rutinas. Este Diario realizó una visita en día viernes; como siempre, hay mucho movimiento en este hospital que recibe los casos de mayor complejidad del país. Los más de 700 residentes y estudiantes internos y externos que se forman en el hospital tienen que seguir el paso de los tratantes y aprender lo que puedan.

Sobre las 08:00 empiezan las visitas médicas y el diagnóstico sigue siendo materia de discusión en servicios como Emergencias. Vanessa Ordóñez, R-3 en el posgrado de Emergenciología y Desastres, está terminando su guardia de 24 horas. Pero antes de salir tiene que pasar el informe de los casi 30 pacientes que ha cuidado durante la noche.

Por ser la más antigua de los residentes que trasnocharon, se hizo cargo del turno y ahora da cuenta a los especialistas que llegan por la mañana. La visita es lenta porque casi ningún paciente tiene un diagnóstico certero.

En el recorrido al que asistió este Diario se observa que algunos pacientes quedan a la intemperie tras el paso de los médicos y estudiantes y ninguno de ellos se toma el tiempo de volverlos a cubrir con sus sábanas. El jefe de docencia del hospital, Elías Dávila, explica que son las enfermeras y auxiliares las que se ocupan de arreglar al paciente.

Los posgradistas sobrepasan las 160 horas mensuales que deben estar en los hospitales docentes. A cambio, la mayoría recibe una beca del Ministerio de Salud de USD 1 086, sin incluir el descuento por la afiliación IESS. Pero otros estudiantes no reciben nada y deben pagar la matrícula anual de USD 3 000.

Luis Toapanta, un R-4 en cirugía general, por ejemplo, no ha cobrado nada durante sus cuatro años de formación y ha hecho malabares para poder reunir el dinero que necesita para mantenerse y pagar su cuota de posgrado. Cuando puede trabaja en su ciudad natal, Cayambe, como médico general y asiste al llamado de doctores conocidos que le piden que participe en procedimientos pequeños.

Su formación en el hospital docente se da principalmente en los quirófanos: al día participa en tres o cuatro cirugías y aprende las técnicas para operar de la mano de expertos. Por ejemplo, en día de esta cobertura, Toapanta manipulaba la cámara dentro de la cavidad abdominal de una mujer con sobrepreso. Él es los ojos del cirujano.

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