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Un mes después de casarse, Gabriela Vera quedó embarazada de su primer hijo. Tenía 23 años y recién la habían ascendido en su trabajo en una empresa de comunicación. Hoy, cinco años después, la guayaquileña confiesa que esa edad fue y sigue siendo ‘ideal’ para ser mamá.

Cree que en sus 23 tenía la energía suficiente para estar de un lado al otro con su bebé. Además ya había completado sus estudios universitarios, por eso conciliaba mejor sus horarios.

Según el último censo del INEC del 2010, la mayoría de mujeres que vive en las ciudades más pobladas de Ecuador piensa igual que Gabriela. En Guayaquil, el promedio de edad para tener el primer hijo es 23, 31, tomando en cuenta el área rural y urbana (Ver cuadro).

En Quito, se reveló una cifra muy similar: 23,75 años es el promedio. A escala nacional es 24,03.

El psicólogo David Moscoso cree que 23 es una edad adecuada para tener el primer bebé porque supone que a nivel educativo ya ha concluido sus estudios o al menos ha cursado parte de ellos. Cree que esa edad no es mayor por la presión cultural; “aunque vivamos constantes revoluciones sexuales, una mujer de 30 años sin hijos se sigue considerando “solterona” aquí en el país.

Desde el punto de vista biológico, la psicóloga Teresa Borja encuentra muy positivo convertirse en madre a los 23, porque la condición de salud es mucho más favorable que a una edad mayor.

Gabriela Vera intentó dar a luz en parto normal pero, después de 16 horas de trabajo de parto, no pudo. Le practicaron una cesárea y cuatro horas después ya caminaba por los pasillos cargando a su bebé. “No me aguanté, estaba muy emocionada, me recuperé muy pronto”.

Para la directora ejecutiva del Centro de Promoción y Acción de la Mujer (Cepam), Susana Balarezo, este promedio es muy positivo si considera el anterior, que oscilaba entre 19 y 20 años. “Mientras más tarde la mujer en tener su primer hijo, se prepara más física y emocionalmente y aprovecha de mejor manera la maternidad”.

Aunque la cifra de madres primerizas a los 30 años es bajo (ver cuadro), Balarezo cree que enfrentan el rol de una mejor manera que las de 23. “Suponemos que tienen una profesión más consolidada, una pareja estable y económicamente puede ser hasta autosostenida”. Por eso se pueden dedicar más de lleno al hijo.

Moscoso recalca en lo necesario que es que la mujer tenga un equilibrio emocional porque dice que la maternidad causa sentimientos ambivalentes. “Surge amor y frustración al criarlo porque el bebé impide cosas”.

Por ejemplo, Gabriela Vera dejó de asistir a reuniones sociales con amigas y familiares porque prefería respetar los horarios de sueño de su bebé. Esto, sin embargo, no le causaba angustia porque disfrutaba cada instante con su primogénito.

Puntos de vista

Wladimir Sierra / Sociólogo PUCE
‘Una madre de 23 es muy bien vista en la ciudad’

Desde la biología, a partir de los 17 es la edad propicia para tener hijos, pero el requerimiento biológico está subyugado al social. Nuestra sociedad exige la culminación de una carrera universitaria para que luego las mujeres tengan una buena vinculación laboral. Esto hace que las chicas, a pesar de que pudiesen ser madres antes, se abstengan hasta medianamente haber acabado una profesión. A nivel urbano, el imaginario de una chica de 23 años es de responsable, inteligente, que planificó su vida de tal modo que primero obtuvo una profesión y luego procreó. Es muy bien visto; es lo correcto según los padres, profesores, ciudadanos. En el campo es distinto, piensan que ella se está pasando el tiempo para la procreación.

Nelson Oviedo/ Director de Cepar
‘La educación ha sido determinante’

Si comparamos la tendencia en Ecuador con la de los países desarrollados donde las edades son mucho más altas, podríamos decir que 23 años es bajo. Pero comparando con años anteriores en el país, sí ha habido un cambio radical positivo en este tema y en el número de hijos por familia. De todas maneras, no olvidemos que seguimos siendo uno de los países con el índice más alto de embarazos adolescentes. Me atrevería a decir que ahora la gente tiene más conciencia de la planificación familiar, busca menos hijos y por eso retrasan más la llegada del primero. La educación formal también ha sido un factor para que las mujeres comprendan que pueden hacer más cosas solas antes de convertirse en madres.

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