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Los llamativos vestuarios, alegres y tristes melodías y variados acentos caracterizaron a la noche del viernes, durante el III Festival Internacional Adultos Mayores Bailan en Pareja. En esta ocasión, siete parejas extranjeras transmitieron sus culturas mediante las danzas tradicionales de sus países.

Representantes de Argentina, Chile, México, Perú, Venezuela, Colombia y Cuba fueron invitados por la Corporación Yamaram Tsawant, que maneja el proyecto ecuatoriano Adultos Mayores Bailan en Pareja (Ambep).

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Festival de baile de la tercera edad (II)

Cuatro grupos de la tercera edad de Pichincha mostraron coreografías típicas ecuatorianas en la inauguración del III Festival de Adultos Mayores Bailan en Pareja, en la Plaza Grande.

Durante una hora y media, los bailarines entretuvieron al público que asistió desde las 19:00 al Centro Cultural Metropolitano.

Miriam Guaillaguamán, organizadora del evento, cuenta que el proyecto Ambep nació hace 7 años y que al comienzo pensó que se mantendría a escala local. Durante el año se hacen varios encuentros locales. En esta ocasión, la pareja de Manuel Martínez, de 64 años, y Rosita Cedeño, de 56, representó a Ecuador con un mix de bailes típicos de la Costa.

Es la tercera vez que se convoca a un festival internacional a parejas de la tercera edad. La primera vez fue en Francia, la segunda y tercera, en Ecuador. Este empezó el 25 de agosto y culmina el 4 de septiembre. El equipo de bailarines se presentará en cinco provincias de la Sierra ecuatoriana.

Unidos por la misma pasión

Se conocieron ensayando para una presentación de ballet. "Yo lo vi bailar y supe que quería que fuera mi pareja", confiesa Deomira Villamizar, de 64 años. Ella nació en Cúcuta pero vive en Bogotá y fue ahí donde conoció a Luis Naranjo, de 60. "Cuando uno baila bien eso se nota, es como cuando alguien quiere ser cantante, se tiene buena voz o no. Y para mí, ella bailaba bien", dice Luis.

Ambos son profesionales de la danza desde hace 30 años, pero recién hace dos que se convirtieron en pareja de baile. Por separado han viajado a Francia, Rusia y Venezuela. A pesar de su experiencia confiesan que cada presentación en público es una experiencia nueva de nervios.

Con una falda turquesa de flores verdes y amarillas brillosas y una blusa blanca de seda y lentejuelas turquesas, Deomira sale hasta el escenario. El público que ha permanecido silencioso durante las demás intervenciones, se anima al verla brincar alrededor de la pista. Luis, vestido entero de blanco y con un pañuelo rojo, la acompaña y finge perseguirla. Mientras bailan el pasillo arreado, el público los anima con sus aplausos.

"El buen ánimo de la gente nos motiva a bailar con más ganas", confiesa Deomira, mientras su pareja asienta en señal de acuerdo. Además de los pasos que dominan a la perfección, ellos combinan su danza con la actuación. Son solteros, no tienen pareja sentimental estable y aseguran que su vida la dedican al baile.

Amor y coreografías

Sus movimientos son delicados, menea ligeramente sus caderas mientras se aproxima a su pareja de baile. De saco y falda rojos, Nélida Liguori -de 56 años-, observa coquetamente a su esposo, Mario Catana -de 55-, quien también camina hacia ella. El rasgueo de una guitarra marca el paso de ambos, se acercan y al alejarse mueven un pañuelo girando sus muñecas.

Los esposos de Río Cuarto, provincia de Córdoba, Argentina, interpretan la huella, un baile tradicional del sur del país. Llevan 22 años de matrimonio y cinco bailando. Nélida comenzó con las clases hace 10 años, quería estar más activa y siempre le llamó la atención la coreografía.

Convenció a su esposo que la acompañara y ahora todos los martes, de 20:00 a 23:00, asisten al taller de danza.

Es la segunda vez que salen del país por un festival, la primera vez fue en Bolivia. Reconocen que son la pareja más joven, aún no alcanzan la tercera edad, sin embargo disfrutan mucho de la actividad. "Estamos en la edad que la gente deja de trabajar, se queda en casa viendo tele y se empieza a enfermar. No queremos que nos pase eso", confiesa Nélida.

Antes de salir al escenario sienten nervios pero una vez que empiezan a bailar, se sueltan, disfrutan del momento y de transmitir su cultura. "Es precioso poder enseñar nuestros bailes típicos y aprender de los demás, de verdad nos divierte".

Maestra y estudiante

Cuarenta y cinco años en escena y un espíritu intacto. La venezolana Nerys Johnson -de 73-, brinca, gira como trompo y se desliza sobre el escenario. Cubre su delgado cuerpo con un enorme vestido de muchos colores. Lo combina con un tocado rojo y unos aretes plateados brillantes.

"Represento la madama que es la mujer típica de la Guyana venezolana", dice al finalizar el baile mientras se arregla pañuelos que cuelgan de su torso.

Su pareja, Jesús Carreño, tiene tan solo 45 años, y hoy le sigue los pasos del Calipso del Callao, un género carnavalesco típico de Barquisimeto.

Se conocieron en las tablas, bailando, hace 20 años y para Jesús es un honor compartir el festival con su maestra. "Ella fue la que me formó, la que me enseñó mis primeros pasos".

Es la segunda vez que ella viene a Ecuador, la primera de él. En los últimos seis meses se han preparado para el encuentro. No solo perfeccionaron la coreografía sino que diseñaron y confeccionaron los trajes.

"Vine porque soy la única de mi edad que mantengo la técnica, que me he dedicado. Las demás que bailaban están enfermas o gordas y no pueden", cuenta entre risas.

Ambos se sienten orgullosos de poder mostrar esta parte de su cultura. Su carisma caracteriza su habla y se desborda al momento que llegan al escenario y logran que los asistentes los acompañen con las palmas.

Combinación ganadora

"Siempre fue mi ilusión aprender a bailar marinera norteña, recién hace cinco años pude hacerlo", confiesa Jorge Rasilla, de 65. Durante 39 años fue policía, en Lima y Trujillo; apenas terminó su servicio decidió comenzar con la danza.

Conoció a María Murga, de 62, hace apenas dos años. Ella, en cambio, lleva 22 años bailando. "Empezó como una actividad que realizaba después de la oficina pero como me gustó aprender bailes de costa, sierra y selva peruana, decidí quedarme de largo". Es soltera y afirma que la danza la mantiene alegre y activa. Él, casado y con tres hijos, define al baile como un hermoso pasatiempo.

Hace dos años, María necesitaba una pareja para participar en un concurso. Lo contactó a Jorge, él aceptó y ganaron esa competencia. Desde entonces han bailado juntos en varias ocasiones, casi siempre con resultados positivos.

Para este festival en Ecuador se prepararon durante dos meses, dos horas, tres veces a la semana. "Discutimos peor que esposos, sobre qué pasos hacer y cómo es cada uno", cuenta ella, quien dice ser tímida y que Jorge, en cambio, es muy extrovertido. "Somos diferentes pero nos llevamos muy bien", agrega él.

El baile lo ha curado de un problema bronquial, a María la actividad física la mantiene sana. Primera vez que viajan fuera del país para bailar y están emocionados por la experiencia.

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