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Hugo Solórzano respira profundo para tomar fuerzas. “Exigimos nuestros derechos, queremos seguir viviendo”, dice en tono enérgico. Y hace una pausa.

Por ocho años este abogado de 67 ha asistido a hemodiálisis, tres veces por semana, cuatro horas diarias. El miércoles salió agotado del centro de Hemodiálisis del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) de Guayaquil.

Él es uno de los 256 afiliados que reciben tratamiento contra la insuficiencia renal crónica. En los últimos dos meses, a más de lidiar con los síntomas de este mal, padecen por la falta de fármacos para contrarrestar la anemia.

Jhonny Barberán, presidente de la asociación de pacientes renales del IESS, toma la posta de Solórzano. Explica que no están recibiendo la dosis adecuada de eritropoyetina, una hormona producida por el riñón y que estimula a la médula ósea para la producción de glóbulos rojos.

Solían darles el fármaco de 5 000 unidades; ahora solo hay la de 2 000. Tampoco hay hierro ni ácido fólico para evitar la anemia.

La piel de Consuelo Argüello es amarillenta. Por 10 años ha tenido que conectarse a una máquina. La mujer muestra su última prueba de sangre, que refleja una baja de hematocrito (glóbulos rojos). “Necesito una trasfusión de sangre. Pedí la pinta hace meses y todavía no me la dan”, comenta.

El director del hospital, Francisco Ceballos, indica que hubo un problema en la compra. Según explica, los oferentes del fármaco abandonaron la subasta.

Pero para el jubilado Luis Serrano, la falta de esta medicina viola el artículo 50 de la Constitución. “Somos víctimas de una enfermedad catastrófica”. Ese articulado menciona que el Estado garantizará atención especializada y oportuna en males catastróficos.

Este problema no solo afecta a usuarios en tratamiento. Quienes recibieron un trasplante de riñón se quejan por la calidad de los inmunosupresores que reciben, que evitan el rechazo del órgano.

Dora García toma religiosamente cinco pastillas al día. De eso depende mantener el riñón que consiguió hace cuatro años. “Pasé 12 años en hemodiálisis, no quiero volver a una máquina”.

Ella dirige una fundación integrada por 70 trasplantados. Su queja: el IESS cambió ciertos fármacos de molécula original por genéricos. “Son de baja calidad. Además, cada vez que escasean el IESS recurre a compras de ínfima cuantía, que no pasan de los USD 5 000. Pero esa no es la solución”.

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