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Garabatos y rayones estampan las paredes de la angosta habitación. Recorren cada espacio con una peculiaridad: no pasan de los 70 centímetros desde el suelo.

La pequeña Gislaine está aprendiendo sus primeros trazos y quiere demostrarlo en cada rincón. Tararea sin parar varias palabras, salta, corre… está creciendo.

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Malas prácticas médicas (4)

A propósito de la muerte de una mujer en la clínica Gastromed en Quito, otros pacientes cuentas sus experiencias.

Mientras desliza su mano por la pared se topa con la cama en donde reposa Mireya, su mamá. “Tengo 23 años”, dice casi balbuceando. La joven permanece inmóvil, con la mirada fija en el techo. No camina, no come por sí sola, usa pañales y olvidó cómo escribir.

Cuando Santos Ríos, su padre, recuerda el 1 de julio del 2009 tiene sentimientos divididos. Fue el día en que nació su primera nieta. Y fue cuando la vida de su hija mayor cambió drásticamente. “Fue por una cesárea y me la entregaron como un vegetal”.

Antes de la cirugía la vida de Mireya transcurría con normalidad. Cursaba el segundo año de Educación en la Universidad de Guayaquil y trabajaba en una fundación. Su padre prefiere recordarla sonriente, como en las viejas fotos que sostiene en su mano.

Con sus ahorros la joven siguió su control prenatal con los doctores Fátima A. y Mario E., en una clínica privada ubicada en 6 de Marzo y Pedro Pablo Gómez, en el centro de Guayaquil.

Su madre, Elsa Sánchez, la acompañó al último chequeo médico. Ese día, sorpresivamente, explica que le dijeron que requería una cesárea de urgencia. “Nos dijeron que había perdiendo mucho líquido y no hubo tiempo para nada. Bajé a comprar una ropita para la niña y cuando subí mi hija ya estaba en el quirófano”.

Ingresó a las 14:00 de ese miércoles. A los pocos minutos recuerda que escuchó el llanto insistente de su nieta. Pero a Mireya no la escuchó. “No sabíamos nada de ella. Recién a las seis de la tarde nos dijeron que estaba grave, que no sabían si seguiría con vida”.

Mireya quedó en estado de coma. Por la insistencia de sus padres fue transferida a una maternidad cercana. Su historia clínica detalla que tuvo un cuadro de “eclampsia (coma durante el parto) más anestesia masiva (exceso de anestesia peridural o raquídea)” y un “paro cardiorrespiratorio durante la cesárea”.

“Los médicos casi no nos daban esperanza. Un mes estuvo en coma; despertó y pasó ocho meses más en la maternidad. Le hicieron una traqueotomía para que respire, una gastrostomía para alimentarla, una cistostomía para drenarle la orina. Estaba llena de sondas porque no podía hacer nada por sí sola”, cuenta doña Elsa.

Mireya superó esa fase. Ahora vive las consecuencias de una hipoxia, un accidente cerebrovascular ocasionado por la falta de oxígeno en el cerebro durante la cesárea. Quedó cuadrapléjica.

Titubeante, busca con su mano el rosario plástico que guinda de su pecho. Su cruz resalta sobre la cicatriz rojiza que dejaron en su cuello las múltiples cirugías para que, al menos, respire por sí sola.

En la sala de su humilde casa, en la cooperativa Hogar y Techo, en Durán, no hay espacio para muebles. Solo tres sillas de ruedas.

Los padres de Mireya aseguran que la clínica no contaba con los equipos necesarios para atender una emergencia. “Fue negligencia y mala práctica médica. Esos médicos nunca le hicieron exámenes. En la hoja de control no hay electrocardiogramas ni siquiera un eco”, dice don Santos.

Entre los carnés y diplomas de su hija conserva un certificado del Consejo Nacional de Discapacidades. ‘Discapacidad: Física. Porcentaje: 80%’, dice el documento.

Junto a los pies rígidos de Mireya reposan decenas de cartas y citaciones que son parte del proceso legal que sigue la familia contra los cinco médicos que la operaron. La indagación previa No. 159-2009, por delito contra la vida, duró casi dos años, a cargo de la fiscal Ivonne Puga.

Para el 14 de mayo pasado se fijó la audiencia de formulación de cargos en el juzgado Duodécimo de lo Penal del Guayas, de la juez Guadalupe Manrique. Pero se aplazó para este martes.

“Esperemos que se cumpla, porque a más del dolor la gente pobre debe soportar lentitud de la justicia”.

Mireya casi no sale de su habitación. Pasa el día viendo el tanque de oxígeno de la esquina y la mesa repleta con medicinas y pañales.

En una de las paredes, sobre su cama, está la foto de Gislaine. Apenas tenía ocho días de nacida, pero Mireya no lo recuerda; en esos días no pudo amamantarla ni cargarla en sus brazos.

La risa contagiosa de la niña hace estremecer el cuarto. Repite sin cesar ‘¡papá, mamá!’. Así llama a sus abuelos. A su padre casi no lo conoció. Se alejó después de la parálisis de Mireya. Y a ella, solo la conoce como su hermana.

El proceso legal

Según el expediente de la Fiscalía, Mireya asistió a  su consultorio prenatal desde el 6 de febrero hasta el 6 de junio del 2009. Los chequeos se dieron en un consultorio de Ginecología, a cargo del doctor Mario E., quien solo era  médico general.

La clínica en donde ocurrió el caso fue clausurada. Su permiso de funcionamiento había caducado en el 2007. Los médicos que atendieron a Mireya en la cesárea siguen laborando.

La fundación Carlitos Rodríguez Cárdenas sigue el caso. La defensa de Mireya pide sanciones bajo el artículo 14 del Código Penal. Este indica que “la infracción es culposa cuando se verifica por causa de negligencia, imprudencia o impericia de la ley”.

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