Tiempo de lectura: 4' 28'' No. de palabras: 715

La doctora Alejandra Enríquez llegó a Nuevo Rocafuerte siguiendo la huella de padre Manuel Amunarriz. En Cuba, en la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde estudió seis años, le hablaron de este capuchino.

El españolAmunarriz había trabajado más de 30 años con las comunidades asentadas en las márgenes del río Napo. “Quería conocer al padre Amunarriz, él trató mucho la Leishmaniasis, el Mal del Chagas, yo tengo los libros que publicó”, cuenta la médica.

Por eso, apenas terminó su formación en la isla, esta tulcaneña de 22 años volvió a Ecuador e hizo algo poco habitual: pedir la plaza rural de Nuevo Rocafuerte, última población ecuatoriana en la ribera del río Napo; cinco minutos más abajo se encuentra el hito fronterizo con Perú.

Llegó al hospital de la misión Franklin Tello, que tiene un convenio con el Ministerio de Salud y se ocupa de la salud de las comunidades quichuas del Napo y de los colonos que han ido poblando Nuevo Rocafuerte. Son poco más de 4 800 habitantes en todo el cantón Aguarico, pero el problema es que están diseminados en 11 400 kilómetros cuadrados y la vía fluvial es la única forma de comunicación. De tal manera que solo los que tienen una embarcación pueden acudir al hospital.

La unidad está catalogada como de atención básica y pueden atender hasta partos normales. El padre Amunarriz, sin embargo, hacía cirugías. Pero cuando este misionero se marchó, en noviembre de 2011, por sus problemas de visión, se cerró el quirófano. Todo caso que requiera intervención quirúrgica es derivado al Hospital del Coca, que en una canoa está a 12 horas de distancia.

Los médicos rurales son los que gobiernan en esta unidad de salud, pues no hay más especialistas contratados. Ellos aprenden los procedimientos administrativos con una enfermera que lleva seis años en el hospital y con las religiosas que también les ayudan.

Enríquez lleva tres meses en este centro de salud y las últimas tres semanas ha estado sola porque su compañera terminó el año rural y se marchó. La demanda no es mayor, apenas unos 25 pacientes por día, pero sin los recursos para atenderlos hay que ser muy creativos para dar la atención.

“Me faltan los recursos porque el Ministerio de Salud no nos apoya. Nos dan cierta medicación, a veces vienen 4 paracetamoles para un mes. Ya hemos hablado con ellos, nos hemos quejado, pero a veces se olvidan, no sé qué pasa. Para nosotros es muy difícil eso”, dice la médica rural.

La farmacia que ha instalado la Cartera de Salud en este hospital, para cumplir con el principio de la medicina gratuita, no tiene todos los medicamentos. Y la otra opción que tiene la gente es comprar en la farmacia del Vicariato que es más completa.

Pero la falta de recursos hace que las personas se queden en sus comunidades y confíen en lo que ellos llaman “la medicina del monte”. Carmen Coquinche, de la comunidad de Santa Teresita, se queja de que hace poco pagó por un jarabe para la tos el doble de lo que estaba marcado. “Me di cuenta en la casa, tenía otro precio puesto con esfero. Nosotros no tenemos de donde sacar el dinero, trabajamos en el campo y comemos lo que tenemos”.

Pero estas carencias no desaniman a Enríquez, pues está empezando a mezclar la medicina tradicional con la ancestral, que ha salvado a los nativos de la zona durante años. Está motivada, después de todo ella pidió esa plaza.

No tiene quejas sobre su salario, gana USD 846 menos los descuentos de ley y las religiosas le proveen de alimentación y vivienda. “Ahorro casi todo para poder hacer mi especialidad más tarde”, dice y espera pacientemente que el Ministerio destine más gente a esta localidad.

Cuando lleguen los refuerzos podrá tomar sus días libres y visitar a su familia, entonces tendrá que hacer las 12 horas río arriba, hasta el Coca, luego irá a Quito y finalmente a Tulcán, a la otra frontera donde están los suyos.

Califique
2
( votos)