Tiempo de lectura: 6' 1'' No. de palabras: 872

La última vez que María Velázquez llevó a sus hijos al médico fue hace más de un año. “La dejación de uno” es la respuesta que da esta mujer a Gustavo Quishpe, médico de la brigada de salud que el miércoles pasado visitó su recinto, La Floreana, en Puerto Quito (noroccidente de Pichincha). Los tres hijos de María, de 15, 12 y 10 años, tienen los mismos síntomas: dolores de barriga y mareos. El médico que hace la rural en la zona pregunta: “¿Qué agua beben?”. Ella dice que usa el “agua llovida” que cae del techo de zinc de su casa.

Esta cita médica se desarrolla en la única aula de la escuela de La Floreana. Esta brigada visita un nuevo recinto cada semana y tarda más de un año en volver al mismo sitio. Patricia Maisancho, directora del Centro de Salud de Puerto Quito, dice que hay más de 90 recintos en la zona y que con los tres médicos generales y la obstetra que trabajan en el centro no cubre la demanda de salud.

Más de 60 vecinos de La Floreana han solicitado cita para el médico general que los visita, otras 45 quieren pasar por el catre de la odontóloga, la mayoría son niños que quieren que les quite sus dientes de leche. El resto se entrevistará con la obstetra que da charlas de planificación familiar y un sinnúmero de niños recibirán dosis contra el sarampión, la rubéola, las paperas y la hepatitis B.

En tanto, la brigada avanza, en el centro de salud de Puerto Quito, dos médicos se dividen los noventa pacientes que consiguieron un turno. Los más afortunados fueron los que viven cerca, el resto, que llegó sobre las siete, debe esperar hasta el mediodía para ser atendido. “La espera es muy cansada, pero como se vive en el campo, no se puede venir a las cinco”, dice Zoila Barragán que ha traído a su madre con una úlcera en el pie desde el recinto San Francisco del Silanche. “Salimos en la ranchera que recoge a los niños que van a la escuela. En vacaciones nos toca caminar, son dos horas a pie”.

En Pedro Vicente Maldonado y en San Miguel de los Bancos están los otros puntos de salud del noroccidente de Pichincha. Pero ambos están igual de limitados. La escasez de recurso humano impide atender a más personas por día. Existen tres médicos por unidad y cada uno atiende un promedio de 32 pacientes por día. “No nos podemos enfermar dos o tres en la misma familia”, dice Jenny Murcia que el miércoles también espera su turno en el subcentro de San Miguel de los Bancos. “Nos suelen mandar al hospital de Nanegalito, toca pagar USD 2, que cuesta el pasaje y a veces no nos atienden porque no somos del área”.

  • Vídeo

Centros y Subcentros de salud en Pichincha

Un recorrido por los centros y subcentros de salud del noroccidente de la provincia revela que no se ofrecen los servicios básicos. Hacen falta especialistas en Pediatría.


El Hospital de Nanegalito tampoco es una solución para el noroccidente. Este centro tiene condicionada su licencia. La calificación que le dio el Ministerio de Salud fue de 75,96 sobre 100, en el 2010. Esta nota se debe, entre otras razones, a que los quirófanos están cerrados desde hace dos años. Esto obliga a que las personas que necesitan atención especializada vayan a La Concordia, Santo Domingo o Quito.

Karen Plúa de Los Bancos tuvo que hacer un largo periplo para operarse de apendicitis la semana pasada. La dolencia se presentó en la madrugada. Su madre la llevó al subcentro, antes de las 07:00, pero pasaron tres horas antes de que sea atendida por el médico general. Este le derivó al Hospital de Nanegalito. “Llegamos al mediodía al hospital y me dijeron que no había cirujano, hicieron unas llamadas y me mandaron a Quito, al Pablo Arturo Suárez”, cuenta la joven. El traslado fue rápido porque su padre trabaja en el Municipio y le prestaron un carro. Pero en el Pablo Arturo no la recibieron. “Me dijeron que no había camas”. Fue transferida al Hospital Enrique Garcés, en el sur de la ciudad. Allí finalmente la intervinieron, después de un día entero de dolor, y aunque le dieron el alta inmediatamente, su madre insistió en que le dieran una cama para que se recuperara bien.

Una amiga de Karen cuenta que ella vivió lo mismo, pero viajó a Santo Domingo. “Es un tormento enfermarse aquí”, dice mientras muestra la herida que le dejaron en el vientre.

La mayor parte de las mujeres que esperaron el pasado miércoles en la fila del subcentro pasaron a la consulta antes del mediodía.

Quienes no logran ser atendidas deben regresar a sus casas en camionetas, que pasan a las 13:00. Es el caso de María Oña que vive en el recinto El Amanecer. “Nos toca aguantar con paracetamol y volver al siguiente día a ver si hay suerte”, dice la mujer que ha venido porque tiene fuegos en la boca. “Si pierde la ranchera debo caminar como cinco horas o pagar USD 10 por flete”.

Califique
2
( votos)