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Carmen Méndez viajó de Riobamba a Quito el martes pasado. Eran las 02:00 cuando su hijo de 8 años empezó a sangrar por el oído derecho y volvía a quejarse de un dolor que una semana antes trataron en el Hospital General Docente de Riobamba. “Le dieron medicina para siete días y el pase para Quito, para que lo vea un otorrinolaringólogo especializado en niños”, cuenta la madre.

Una vez en Quito no pudo volver porque los médicos del Hospital Baca Ortiz le pidieron una serie de exámenes para averiguar el origen de la hemorragia. “Iba a dormir en una sala de espera del hospital de niños”. Pero un guardia le dijo que había un albergue para pacientes de provincia detrás del Hospital Eugenio Espejo.

Esta casa de acogida lleva el mismo nombre del hospital. Es un edificio de dos plantas y recibe a diario un promedio de 40 personas. Los huéspedes llegan por los buenos oficios de las trabajadoras sociales del hospital, pero a veces se hacen excepciones y reciben a personas como Carmen y su hijo, que no tienen dónde pasar la noche. Se paga USD 2 y se tiene derecho a tres comidas. El miércoles al mediodía, los huéspedes esperaron que se sirviera el almuerzo en el comedor. En este espacio, lleno de mesas y sillas plásticas, donde la comida se sirve en vajilla de metal, comparten sus historias. Carmen y su niño son los recién llegados, pero hay personas que han superado el mes como Amparo Carrillo, que viene de Ambato y es madre de un adolescente de 13 años que padece fibrosis quística.

Esta madre explica que la enfermedad de su hijo está catalogada como rara en Ecuador. Quienes la padecen no pueden eliminar las secreciones debido al mal funcionamiento de una proteína.

“En el hospital de Ambato ni siquiera conocían la enfermedad”, cuenta Amparo, que inició el tratamiento de su hijo en el Hospital Baca Ortiz y ahora lo hace atender en el Eugenio Espejo. “Por la falta de medicina le dieron el pase al Espejo. Dicen que las medicinas llegan más pronto a este hospital”. Pero el alta médica del adolescente se ha postergado precisamente por falta de medicina.

Amparo no tiene dinero para adquirir por su cuenta los fármacos. “Por estar aquí no se trabaja y no puedo comprar la medicina”, dice esta mujer que antes vendía pollos en la plaza de Ambato. Cuando su esposo la releva en el cuidado de su hijo, ella vuelve a trabajar y gana USD 10 por día. Con eso paga el albergue y compra fruta a su hijo.

El albergue funciona desde 1993; abrió con un piso y en el 2003 se construyó el segundo piso. Las sábanas y cobijas son de diferentes colores porque son producto de donaciones. Lo único que mantiene simetría son las camas y veladores desportillados. Guadalupe de Espinoza, una de las 40 damas voluntarias que se ocupan del lugar, explica que se manejan con donaciones y comenta que hay huéspedes que contribuyen al deterioro y se lleven hasta las tapas de los interruptores.

El hogar tiene reglas: pasadas las 21:00 nadie entra ni sale y se prohíbe que los huéspedes tengan comida en las habitaciones. Tampoco se pueden quedar más de tres meses. Pero hay pacientes que no saben cuándo van a estar sanos para volver a su casa.

Antonio Granda, que tuvo un accidente de tránsito hace un año, no sabe en qué tiempo van a sanar su pierna derecha, que supura desde hace meses. Fue transferido del Hospital de El Coca. Los traumatólogos le dijeron que debe tomar un turno con el cirujano plástico para que le revise. El hombre, que se mueve con muletas, se costea su manutención gracias a un taller de reparación de bicicletas que tiene con su esposa. Otros tienen menos suerte, como Regen Sarcopa, que lleva un mes esperando que le operen de la próstata. “Tengo la presión alta y no me pueden operar”. Él es de Esmeraldas, pero allá no le pueden operar y por eso está en Quito. Para pagar el albergue lava el carro de un amigo. “Pasando un día lavo el carro y me da USD 3”.

Las conversaciones se interrumpen cuando la comida se termina, la mayoría se retira hasta que llegue la merienda. Carmen sale a retirar los resultados de los exámenes de su hijo...

17 de 28 hospitales de provincia, sin licenciamiento

Establecimientos de salud como el Delfina Torres Concha de Esmeraldas o el Hospital General de Ambato no tienen el licenciamiento del Ministerio de Salud. El hospital esmeraldeño tiene una calificación de 43,7 sobre 100 y el ambateño, 50,7.

Según el Ministerio de Salud, en el 2010, de los 28 hospitales públicos que funcionan en Ecuador, 17 no tienen este licenciamiento por no cumplir con los requerimientos de un hospital de nivel 2 (general), otros siete tienen licenciamiento condicionado y uno, el Homero Castañer Crespo de Carchi sí tiene el licenciamiento. (De los tres restantes no hay información). La carencia de hospitales provinciales de tercer nivel o de especialidad hace que las personas se desplacen hasta unidades de Quito, Guayaquil y Cuenca. El Director Provincial de Salud de Tungurahua, Héctor Lana Saavedra, dice que es normal que esto ocurra porque los hospitales generales solo atienden en las cuatro especialidades básicas: medicina interna, pediatría, ginecobstetricia y cirugía. "Los entes de salud están establecidos por niveles, los hospitales generales están en el nivel 2 y atienden algunas especialidades. Patologías cardiotorácicas o neuroquirúrgicas se derivan a Quito". Sobre el licenciamiento dice que este año han ido cumplido con los requerimientos del Ministerio. "En este rato solo está pendiente el de más quirófanos, y esto se va resolver mediante la adquisición de una clínica privada", dijo Lana. Esta compra está dentro de la emergencia sanitaria vigente desde el 10 de enero.

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