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Ahora tiene 4 meses, 3 400 gramos y vive conectada a dos máquinas, una que le dosifica la leche y otra que le inyecta el suero necesario para ahuyentar al rotavirus que se apoderó de su cuerpo en estos días.

Todo parece un mal menor, frente a todo lo que ha pasado: una patología grave del intestino, nueve infartos y la bacteria serratia que mató a otros 11 neonatos en el Hospital Francisco de Ycaza Bustamante de Guayaquil.

Está en el primer piso del Hospital Metropolitano de Quito y todavía debe someterse a una cuarta operación: necesita un botón gástrico que reemplace la sonda por la cual se alimenta ahora.

Su padre, Carlos Guale, calcula que tardará unos 10 días para recibir el alta. Poco tiempo. Por eso él ya ha empezado a recuperar su vida y la de su familia.

El viernes pasado viajó a Guayaquil para arreglar la inscripción de él y su esposa en la Universidad pública, donde estudian Marketing y Diseño Publicitario. “No podemos dejar los estudios. Es por el futuro de Yolet”, dice Tatiana al empezar la entrevista.

Los médicos le han explicado que la niña tendrá que hacer terapias de deglución para empezar a digerir los alimentos como el resto de los bebés, en tanto esto funciona el botón gástrico ayudará a la alimentación.

El cuerpo de la pequeña todavía tiene en su pecho el catéter de implantofix, que le pusieron en el Hospital del Niño de Guayaquil para suministrarle nutrientes a la vena. Eso fue necesario por el alto grado de desnutrición que generó a los pocos días de haber nacido, debido la patología del intestino que no le permitía asimilar la leche materna.

Yolet debe beber una leche especial para ganar peso y conserva el catéter por si fuera necesario volver a nutrirla por la vena. “Lo que me importa ahora es que está viva”, dice su madre y cuenta que el nombre que escogió para su hija es francés y significa alegría.

Todavía recuerda cómo llegó al Hospital Metropolitano. “No tenía signos vitales y los médicos nos llamaron para que nos despidiéramos de ella. Yo sólo pude orar y mi esposo la cogió de las manos y le pidió que no se fuera”.

El sentimiento de Tatiana ahora es de tranquilidad. No se separa de su hija para nada, la sostiene en brazos pese a que está conectada a las dos máquinas. “Los médicos me han dicho que vigile que no vomite”.

La comunicación con los doctores es lo que más le gusta de esta casa de salud privada. “En Guayaquil nadie me dijo que mi hija tenía una patología grave. Me mandaron a casa y me dijeron que le alimentara con leche materna con la mayor asepsia posible”, cuenta y condena a los médicos que le atendieron en el Hospital del Niño, que está declarado en emergencia sanitaria.

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