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Santiago Negrete, de ocho años, no olvida la fatídica tarde del pasado 2 de mayo. Aquel día, media montaña, en La Forestal, nororiente de Quito, se deslizó. Su madre, Gloria Arévalo, iba en una buseta de servicio de pasajeros y poco faltó para quedarse sepultada en los 2 000 m³ de tierra que cayeron.

Otros autos no corrieron la misma suerte y fueron arrastrados. Cinco personas fallecieron.

“Los vidrios del carro se pegaron en la cara de mamá”, dice Santiago, quien viste el uniforme de la Unidad Educativa Municipal Quitumbe: un sencillo jean y un suéter turquesa.

El profesor Freddy Peralta le escucha, al igual que Karen Tandazo y Wendy Cuesta, compañeras de cuarto de básica.

A las 10:00 del pasado viernes llega el recreo. Decenas de chicos corren por las canchas y patios, entran y salen de las aulas modulares -donde caben seis aulas-.

Son felices entre los jardines de plantas nativas del centro escolar de seis hectáreas ubicado en Quitumbe, un atractivo barrio de arboledas y anchas avenidas.

Negrete prosigue su relato: “Mamá venía a nuestra casa del sur después de visitar a mi abuelita; casi le lleva la montaña, unos vecinos me ayudaron, cuando vi a mamá la abracé mucho y lloré”.

El accidente afectó a Santiago. No podía concentrarse. Entonces intervino Freddy Peralta, el maestro-dirigente del grado.

Él cumple el papel de tutor, de papá en la escuela, ayuda a los chicos con problemas.

Negrete, de pelo castaño y ojos cafés, quiere ser médico. “Para salvar a la gente”, dice. Peralta sonríe. Ve que el niño está tranquilo y avanza en los estudios.

El 12 de julio terminará el año en la primaria y el 15 se incorporarán 107 bachilleres en ciencias y uno en artes (música).

Jorge Vela, rector de la unidad, explica que existen 39 dirigentes de curso que ayudan a chicos desde los 5 años hasta los 17 (primaria y secundaria).

Vela confirma que cada día luchan por cumplir el lema: formar talentos humanos para la paz y la vida. En su oficina resalta el dibujo infantil de una luna rosada, rodeada de estrellas.

Parece que lo hubiese trazado la mano traviesa de Joan Miró, el pintor catalán que nunca perdió el alma de niño.

Falta poco para que termine el recreo y en un patio, Peralta, profesor de lenguaje y matemáticas, recuerda que un niño se arrancaba el pelo, por ansiedad, y lo tragaba. “Fue difícil, pero logramos sacar al chico de su miedo”.

Otro niño le fijó en el pelo un pegamento y el agredido no podía sacarlo. Le retiraron el pegamento, mas los nervios se acentuaron y el problema siguió.

Peralta, de 26 años, confiesa que la paciencia, el diálogo y el afecto son los ejes para ayudar a los alumnos. El muchacho venció el miedo con el apoyo de las tres psicólogas de primaria (Alexandra Manosalvas, Laura Yanuca y Rocío Toro).

¿Al profesor Peralta le consideran el papá en la escuela? “Sí, es muy bueno”, responden, al unísono, los tres alumnos.

En otra aula, de paredes repletas de colages de paisajes marinos, la maestra Gladys Layca, de quinto de básica, guarda un cúmulo de historias. Dice que los chicos, hijos de padres emigrantes, sufren y les ayudan.

Hubo dos compañeros que se dieron de golpes. Los respectivos padres vinieron a tratar de solucionar el lío y también se fueron a los golpes. Esto causó revuelo y la intervención de la maestra Layca apaciguó los ánimos.

Quizá la clase más esperada por los estudiantes es Formación personal. Les inculcan valores -solidaridad, trabajo, amistad. Es el espacio propicio -reconoce Layca- para tratar los conflictos; ellos se acercan, conversan, confiesan sus miedos, buscan la paz.

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