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Tania se dibuja con una sonrisa y sombrero, y junto a su autorretrato escribe: “Gracias por el riñón”. El mensaje es para la niña de 14 años que no conoce, pero que le donó uno de sus riñones en diciembre.

“Mi riñón vino de esa niñita… no sé qué le pasó, pero gracias a ella estoy bien”, dice Tania, que justamente hoy ajusta los 14 años. Pero no quiere pasar a la adolescencia. Ella desea seguir siendo niña porque perdió cinco años de su vida entre las sesiones de diálisis que recibía por su insuficiencia renal y los ataques de epilepsia que padecía cada vez que se conectaba a la máquina.

El dibujo se lo entrega a la ministra de Salud, Carina Vance, durante el agasajo que organizó el Organismo Nacional de Trasplantes de Órganos y Tejidos (Ontot), en el Museo del Agua, para los niños que viven con el órgano de un donante.

La pequeña ha venido al festejo con el uniforme deportivo de la Escuela Gonzalo Abad y, como es vivaracha y siempre se pone por delante de todos los niños, la escogieron para entregar el presente a la titular de la Cartera de Salud.

La madre de Tania, Rocío Yunga, dice que su hija no siempre fue así y que antes del trasplante solo asistía una o dos veces a clases. Por eso continúa en la escuela, en quinto año junto con su hermana menor. “Con la diálisis, pasaba como chumada y en el hospital me medicaban mucho… A veces no tomaba las pastillas… Ahora ya ando bien”, dice Tania y enseguida se pierde por los pasillos del Museo del Agua.

Rocío, que para venir al agasajo ha encargado su puesto de venta de periódicos, dice que está muy agradecida por la ayuda que ha recibido del Estado, pero tiene temor por lo que pase más adelante, pues su hija necesita tomar inmunosupresores de por vida.

“Nosotros vamos al Hospital Metropolitano a los controles porque allí le operaron. Los doctores de allí son buenos y allí mismo nos dan las medicinas carísimas que toma la Tania; pero dicen que en un año nos mandarán a un hospital público. Yo no quisiera eso…”, dice Rocío Yunga.

Tania es ajena a las preocupaciones de su madre y solo piensa en corretear. “Me siento muy contenta, gracias a los doctores, puedo comer de todo, hacer una vida normal, jugar… Ya voy a la escuela, paso con mis compañeras, antes me sentía deprimida, triste… Ya no aguantaba la diálisis”, dice en una pausa que se da para tomar agua.

Como ella hay varios niños que han dejado atrás las sesiones de diálisis gracias a la gestión de la Ontot y a la donación de órganos. En el caso de los niños, son sus padres los que deben decidir si aceptan o no la donación de órganos. El donante más pequeño hasta ahora ha sido un niño de 2 años y medio.

El resto de la población es donante por ley, a menos que indique su voluntad contraria en el Registro Civil. La Ontot conoce que solo el 5% de la población ha desistido de la donación.

La madre de Tania tampoco sabe nada de la niña que donó el riñón para su hija, pero le está agradecida. “Mi pobre hija estaba agujereada, primero le abrieron vías en el cuello, luego en los brazos, ya no tenía más sitio”.

La insuficiencia renal de Tania era crónica y mortal y, sin el trasplante, quizás no habría podido celebrar su cumpleaños.

“Soy una niña valiente”, dice Tania antes de mostrar la cicatriz que tiene en el estómago. “Por aquí me metieron mi nuevo rinón, yo no sabía nada de las operaciones, pero mi mamá me decía que tengo que ser fuerte y que no me va a pasar nada… Yo oí los consejos de mi mamá y me acuerdo que el doctor me dijo que no volveré a la diálisis”. Dicho esto, Tania vuelve a correr.

El trasplante en niños

Diana Almeida,    directora de  la Ontot, dice que se han  hecho 46 trasplantes infantiles   (14 renales, 2 hepáticos y 30 de córneas) desde 2011.

En julio   se hará una evaluación para ver cuántos de los 120 niños que están en diálisis pueden recibir un órgano.

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