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A los cinco días de la muerte de Carlitos Mora, uno de los últimos sobrevivientes de los 21 contagiados de VIH, en la clínica Garcés, de Guayaquil, los familiares de las víctimas insisten en que el caso no quede impune.

En Manta, por ejemplo, la esposa y los hijos de Haroldo Saltos, quien falleció en el 2001, cuentan la dura prueba que pasaron por este tema. Ahora, cuando han ido superando la ausencia del padre, insisten en que haya justicia.

Ángela Saltos, una hija, se alistaba para donar un riñón a su padre. Sin embargo, el trasplante no ocurrió en la clínica Garcés: el padre había sufrido el contagio.

En un hecho insólito, Haroldo Saltos, una vez que conoció que tenía VIH, pidió a un carpintero de Manta que elaborara su ataúd de caoba, una fina madera.

Se tomó las medidas, porque consideraba que el féretro para el viaje final tenía que estar bien acondicionado.

Otra historia emblemática, en Manta, es la de Luis Valdivieso. Él encabezó, en 1996, la protesta en Manta y en Guayaquil, con el propósito de que la justicia actuara procesara a los posibles culpables. Valdivieso es recordado porque en los sesenta gestionó las obras del puerto mantense.

H. Saltos mandó a fabricar su ataúd

Un día de fines de junio de 1996, Haroldo Saltos visitó el taller de carpintería El Pincel, localizado en Jocay, populoso barrio de Manta.

Le recibió su propietario, Agripino Pincay. "Venga maestro -dijo Saltos- vamos al depósito de madera, quiero escoger los mejores tablones de caoba, quiero que elabore mi caja mortuoria". Esa es la frase que Pincay nunca olvida.

Aceptó la invitación de Saltos y los dos hallaron 10 tablones de caoba seca y enseguida, el carpintero comenzó a cepillarlos.

Haroldo Saltos pidió la confección de su ataúd, una vez que conoció que fue contagiado de Sida, el 5 de junio de 1996.

Él fue una de las 21 personas contaminadas de VHI en la clínica de hemodiálisis del doctor Galo Garcés, en Guayaquil. Agripino Pincay cumplió con el pedido de Saltos. Y también con algo adicional: "Quiero la caja con molduras y tallados, tiene que ser confortable para mi viaje sin retorno".

Saltos, de 54 años, medía 1.80m. Nació en el cantón Sucre. Siempre vivió en Jocay.

Pincay sostiene que el féretro lo trabajó con uno de sus hijos. "Fue rápido, Don Haroldo nos visitaba cada tres meses para tomarse las medidas; un día llegó en compañía de su esposa, Laura Villaprado, y dijo, venga mija, mire está a mi medida y se acostó dentro de la caja, nos quedamos helados".

El carpintero narra la historia como si la volviera a vivir. Dos años tuvieron la caja en el taller y la entregaron antes de lo convenido, pues los clientes pensaban mil cosas cuando miraban el ataúd.

"Creo que por la dureza de la caoba esa caja aún puede estar intacta". "El ataúd permaneció cuatro años en una habitación de nuestra casa", explica Glenda, una de las cuatro hijas de los ocho del matrimonio.

"Mi padre se resistía a morir, fue un luchador contra una enfermedad que no perdona".

Él preparó todo su funeral, mientras la enfermedad lo consumía. No dejó cabos sueltos. Hasta las nueve noches que se rezan a un difunto en Manabí las dejó distribuidas, una por cada hijo, y la última la hizo su esposa.

Las secuelas sicológicas del contagio de Haroldo aún están presentes en la familia.

Ángela, una de las hijas mayores, se estremece cuando relata los momentos de angustia que le tocó vivir. "Mi padre necesitaba un trasplante de riñón; con los exámenes en la mano, algunos realizados en Estados Unidos, acudimos a la clínica Garcés".

"Yo iba a donar uno de mis riñones, mi padre y yo estábamos en las mesas de cirugía en la clínica de Garcés, listos para el trasplante, pero me dio un paro cardíaco, pase 10 días en terapia intensiva, casi me muero, después nos enteramos que la anestesia falló".

Ángela reconoce que nadie de la familia sabía que el padre ya estaba contagiado. Ella se hizo pruebas para ver si no tenía el mismo mal. "Gracias a Dios todo salió negativo, desde entonces tengo terror a las operaciones que aplican anestesia general".

Harold, uno de los hijos, que tiene un taller de enderezado de autos en Jocay, no olvida la segregación que sufrieron en Manta y Guayaquil. "La gente pensaba que nosotros teníamos la misma enfermedad de mi padre, por eso a veces no se acercaban, se creía que podían contagiarse solo con dar la mano...". Laura, otra de la hijas, afirma que el padre murió el 14 de noviembre de 2001.

"Cumplimos -dice- su última voluntad: bordar un nido de abejas al interior de su ataúd".
Ella considera que se cometió un genocidio con los 21 pacientes de esa clínica. A Carlos Mora le define como guerrero. Laura pide justicia." Que no haya impunidad", concluye.

Valdivieso lideró las primeras protestas

Los habitantes de Manta recuerdan a Luis Valdivieso por su empuje y apoyo para la ejecución de las obras en el puerto de Manta.

También quedó en la memoria de la ciudad porque empezó la lucha para que se hiciera justicia y se procesara al doctor Galo Garcés, supuesto implicado en el contagio, con el virus del Sida, a 21 personas en su clínica de hemodiálisis de Guayaquil.

En la casa de tres pisos, levantada en la calle 10 y Avenida 26, zona alta de Manta, viven dos de los 16 hijos que tuvo.

Ellas son Marciana y Nela Valdivieso. Marciana recuerda que tenía 12 años cuando se empezó hablar de la tragedia que afectó a su familia y a 20 familias más.

"Las familias por la falta de un centro de hemodiálisis en Manabí teníamos que llevar a nuestros enfermos a Guayaquil", dice Marciana, con voz entrecortada.

Ella continúa: "No era posible que se hayan reutilizado equipos de hemodiálisis con otros pacientes sabiendo que uno de los usuarios de ese centro tenía Sida".

A su vez, Nela dice que los recuerdos de su padre están presentes en varios sectores de la casa.

"Yo era la engreída de mi papi, cuando su salud se deterioró por ese contagio todos nos desmoralizamos", explica.

"Mi madre dedicó todo su tiempo a papá, vivió en Guayaquil por dos años, tiempo en el que su salud se fue afectando paulatinamente", comenta.

Los costos del tratamiento eran tan caros que hasta un lote de joyas que había acumulado la mamá, durante varios años, las vendió para comprar las medicinas.

"No todos los medicamentos que él necesitaba -continúa Nela- existían en la nueva clínica donde enviaron a los pacientes para que se practicarán las hemodiálisis".

Las hermanas Valdivieso prefieren no recordar al detalle los momentos amargos que acarreo la enfermedad de su padre.

Sin embargo Nela agrega que cuando su padre empezó con la lucha para que la mala práctica médica saliera a la luz pública, ellas recibían llamados telefónicos de personas que se hacían pasar por médicos. No nos denuncien, este fue un caso que salió de las manos, no fue premeditado, nosotros también tenemos hijos, eran las frases que por algunas semanas escuchaba la familia a través del teléfono en su casa.

Fidel Valdivieso, uno de los 16 hijos de Luis, fue el encargado de entablar los procesos legales.

"Lo que hicimos cuando conocimos que mi padre y 20 personas más fueron víctimas de un crimen de lesa humanidad fue denunciar al médico y pedir explicaciones a los altos funcionarios del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS)".

"Se apresó a Garcés -relata Valdivieso- pero luego, por esas cosas del destino, quedó libre porque como siempre los administradores de justicia lo dejaron salir después de un año que no fue emitida una sentencia".

Los tormentos para las hijas de Luis Valdivieso no terminaron con su muerte.
Hace pocos meses la madre de Nela, Ramona Zamora, también fue víctima de una inoportuna falta de atención en una casa de salud en Manta.

"Ella llegó tiene un problema cardiovascular y no fue atendida adecuadamente, luego fue enviada al hospital del IESS, en Guayaquil, y posteriormente a la Clínica Kennedy, de esa misma ciudad, donde hoy padece de un coma parcial", reseña su hija Marciana.

Luis Valdivieso fue un luchador. En la década de los sesenta y setenta estuvo al frente de las protestas para exigir la construcción de las obras del puerto mantense, uno de los más grandes y mejor acondicionados del país.

Tras varios días de protesta, las autoridades dieron paso a las obras.

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Velorio y entierro de Carlitos Mora

Fue el último sobreviviente de las 21 personas contagiadas de sida en la clínica de Galo Garcés.


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