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Escuchan ‘We found love’, de Rihana, y saben, donde quiera que estén, que esta es su canción. Si ella le dice ‘Pebbles’, ella le contesta ‘Croqueta’; pero cada una es para la otra su ‘Cosi’.

Daniela desciende del taxi, con la sonrisa que sus 21 años pueden ofrecer ante la mañana fría. La plaza Foch, desolada, es una sombra mezquina del fin de semana. Es lunes y debemos ir a Cumbayá, porque Alejandra está en clases. Desde el BlackBerry de Dani, un mensaje se nos adelanta carretera abajo para advertir a Ale que estamos por llegar.

A orillas de una laguna artificial, Ale se saca las gafas de sol: su mirada es fresca, de 19 años. Daniela dice que su novia tiene la nariz perfecta y que tras su gesto adusto está una dulzura fascinante. Ale recibe el piropo: “Bueno, a mí me encantan sus labios... Me encanta cómo me mira”.

Ahora dice eso, pero hace poco menos de un año la situación fue “mal plan”. Daniela, en su “período oscuro”, estaba borracha y “acosaba” a una Alejandra que por vez primera salía al ambiente gay de Quito. La experiencia discotequera se perdió en la noche y en imposibles llamadas telefónicas. Pero en un ambiente tan chiquito, un mes y medio después, se volvieron a encontrar: Daniela ya no bebía y era una mujer “más respetable” para Alejandra. Ahora llevan siete meses amarradas y el brazo de Ale descansa sobre el muslo de Daniela.

En estos días prefieren alejarse del ambiente gay (tampoco pertenecen a ninguna agrupación Glbti), un ambiente que resulta todo un circuito para que las parejas roten en una maratón de besos. “Qué te diré... ahí, el 95% de parejas son infieles”. “Es súper difícil encontrar a alguien que respete igual que tú una relación”. Para evitarse los dramas prefieren tomar un café, mirar una película, quedarse en casa.

En casa. Daniela hace poco le contó su identidad sexual a toda su familia, de la cual es la hermana menor, “la mujercita”. Sus papás conocen a Ale y ella ha sido bienvenida. Con Alejandra, no ha sido fácil; no lo fue cuando a los 15 tuvo su primera novia, ni cuando ocultaba a sus otras parejas. Ella se fue por un tiempo a Miami, al regreso ocurrió la historia con su ‘Cosi’ y se animó a presentarle a su mamá. “Paría... y pasé todo el día así...”, dice Dani, al mover las manos en un temblor nervioso.

Antes, ambas tuvieron novios; bastantes. Como todo el mundo tenía uno, Ale también quería tenerlo, pero, simplemente, no se sentía bien y saltaba de uno a otro. Actualmente, Ale es la primera relación seria de Daniela; es, también, la primera vez que ellas sienten enamorarse. Y esto significa altos y bajos, peleas y celos.

“Yo no doy motivos para celos”, suelta Daniela, pero reconoce que sí tuvo un momento extremo, inaguantable, típico de una ‘psicho’ de película, pero que no le llevaba a nada bueno. Se aprende, como aprendieron a hablar las cosas, a dejar atrás la mala experiencia de no comunicarse, de encerrarse. Además está el buen humor, que -se nota- comparten.

Y si el mal humor les llega por cualquier día difícil; al doble de hormonas alborotadas, responden con el doble de paciencia. Si los problemas comienzan a aparecer, se intensifica el cariño y el trato es más suave. El romance está -dicen- en acciones diarias: una flor, una canción, un status de facebook, un chocolate, una notita: “Hoy estuve pensando en ti”. Ya no tienen barreras ni vergüenza al expresar su amor públicamente.

Hace rato cambiamos de lugar; pero, en la plazuela de una cafetería seguimos conversando. La charla se corta por una amiga que saluda a la pareja. Daniela y Alejandra se llevan bien con las amistades de cada una, se han integrado a los círculos y tampoco hay líos en esos espacios.

Pero cuando la intimidad las envuelve disfrutan “muy bien” de su sexualidad; la comprenden como una parte del amor, como algo puro. Y experimentan cosas nuevas, buscan el placer, sentirlo, vivirlo, hacer el amor. Un amor que para Dani es la felicidad de Ale, y que esta resume en libertad, honestidad, confianza y amistad.

Comprenden que en toda pareja hay un rol dominante, no necesariamente masculino. Ambas, muy femeninas, no se corresponden con el estereotipo lésbico de la chica/chico. Son lindas y mientras se miran avizoran un posible futuro: vivir juntas, acaso un matrimonio, tal vez hijos...

“Te invitamos a la boda”. La risa y la ilusión en la voz dibujan una estela tras la frase. Me despido: “Gracias por su frescura”. En la carretera cuesta arriba, me suena el remix de Rihana: “ We found love in a hopeless place”. Nuestros gustos musicales no empatan: cambio mi emisora mental, pero ellas se dedicarían esta canción.


 Ese ‘no sé qué’ femenino que enamora...

Testimonios

Ellos y ellas hablan de sus parejas mujeres

Ser detallista,  comprensiva, cariñosa, paciente y muy apasionada son las cualidades que más destacan los hombres y  las mujeres de su pareja femenina.
En el caso de los hombres, los  extraños cambios de ánimo que experimenta su pareja son lo que más les llama la atención   . “ Que en la mañana sea la mujer  más enamorada y  comprensiva,  y en la noche esos adjetivos cambien a  antónimos me desconcierta y enamora” , dice Luis Silva.
En cuanto a las mujeres, la dulzura, la paciencia y  la pasión se destacan en una relación lesbiana. Según tres mujeres consultadas,     en estas relaciones hay un valor agregado. L a complicidad.   
 
Carlos Méndez

Ella le da equilibrio a mi vida
 
Tengo un carácter difícil. Y ella tiene la fórmula para traer calma a mi vida. Cuando tengo estrés por mi trabajo y estudios ella es quien me da alivio con sus palabras de aliento. Me gusta que me haga sentir que mis problemas no son tan grandes como yo los veo.

Katty  Bustamante

Los detalles avivan nuestro amor


Lo que amo de mi pareja son sus detalles. No hace falta que sea mi cumpleaños o nuestro aniversario, todos los días recibo un detalle suyo, un mensaje o una nota inesperada y al llegar a casa siempre hay un chocolate en mi velador.  

Lua Oñarte

Que sea decidida me llena de confianza

Saber que siempre que nos vemos  recibo un beso apasionando, abrazos constantes y a ratos caricias disimuladas me vuelven loca por la mujer con la tengo una relación. Ella es decida y no le importan los comentarios que las personas hagan sobre nosotras.

Juan Carlos Córdova

Admiro su dedicación y su entrega a los demás


Desde que la conocí, hace 19 años me atrapó   su dedicación hacia la naturaleza y los problemas sociales. Amo la vocación por su trabajo y la dedicación que les brinda a nuestros hijos y a mí. Ella  tiene la capacidad de estar  para todos.

Karla Quinteros

Me siento orgullosa de amar a otra mujer

“No necesito convencer a nadie de lo que siento. Soy mujer, y me siento orgullosa de amar a otra mujer. Adoro convivir con ella, y la forma en la que resuelve los problemas que solemos tener. Pese a los problemas que hemos tenido siempre hemos salido adelante”.

Mauricio Torres

Sus cambios de ánimo me ayudan a conocerla

“Disfruto de  su ternura y sus desenfrenos. A muchos hombres les estresa el cambio de ánimo de las mujeres, pero yo lo aprovecho para conocerla más.  Ella vive sin preocupaciones ni limitaciones a más de mi pareja es mi compañera.


Testimonio

Solange Rodríguez

Escritora

Elefante hembra en cristalería

Soy una mujer que para testificar habla desde su condición genital y de género. Sé del dolor  paralizante del cólico menstrual; del hambre y las la náuseas que causa un embarazo; de la energía intensa que se libera en un orgasmo. En otras palabras, sé lo que se experimenta  ser una mujer de 35  años;  sé de las cimas y los baches que se viven a la mediana edad.
 
No obstante, antes de hacer esta declaración que leerán mis  padres, mis alumnos, mis empleadores y mi esposo, lo pienso   como quien medita antes de meter un elefante en un negocio de venta de cristales. Y acá va: disfruto de los placeres de mi cuerpo, de su mente; de su complejísima esencia y de su físico. Y sí, estoy a favor de la  libertad sexual femenina aunque esto signifique que  se reduzca a: “Si le gusta el sexo,  es una puta”.

El cuerpo  femenino es el más mostrado por los medios , pero a la vez, el más desconocido entre nosotras . Hemos permitido que sean otros —y  otras— quienes levanten colonias sobre nuestra carne y que hayan vuelto la reserva y la contención parte de la dignidad del  género; al considerar la virginidad aún una virtud, en lugar de tomarla como lo que es:  una opción tan válida como la de usar el cuerpo para la búsqueda de la identidad y de sus límites de goce.  Todas hemos conocido a una mujer que ha abortado, decía una  integrante de la Casa Rosada, en el documental Nariz del Diablo. No se trata de la
“otra monstruosa”, si no de una de  nosotras: la pequeña violada que sale en los periódicos, la amiga que no tiene idea  cómo contar los días de su ciclo, la hija que tenía miedo de molestar a su novio si le pedía que usara protección.


Ninguna mujer va a un aborto sonriendo. Ya suficiente tiene con la sensación de culpa que la destroza:  el llevar  nuestra mirada acusatoria.
Pero  soy consciente de que mi perspectiva no es la única. Hay muchas  que están satisfechas en sus roles tradicionales de amas de casa que reciben dinero  de sus maridos, novias pudorosas, madres abnegadas que van de la cocina a la cama del pequeño enfermo, compañeras de generación que aún consideran el matrimonio un sinónimo de éxito  (el único, lastimosamente).   Y no es mi intención polemizar con ellas;  si hay algo que necesitamos las mismas mujeres es temperancia entre nosotras.

Yo invito a las hembras de mi especie a usar su cuerpo,  a ser dueñas de él.

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