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Cualquiera que vea a Estefanía Sánchez en uno de esos días en los que decide colocarse su peluca rizada jamás sospecharía que tuvo un tumor maligno en la cabeza y que debajo del postizo se oculta el surco que le quedó tras la cirugía que le hicieron para extraerlo.

Esta joven de 23 años, además, siempre ofrece una sonrisa y tiene los sueños de cualquier otra persona de su edad. “Quiero ser madre y si tengo una niña se llamará María Paz”, dice y explica que ha escogido ese nombre por la madre de Jesús y porque quiere que su hija viva en paz.

La relación de esta joven con el cáncer empezó cuando tenía 17 años. Las continuas convulsiones la llevaron a buscar ayuda y por lo menos cinco médicos confundieron el tumor maligno con cisticercosis. La sometieron a sendos tratamientos e incluso llegaron a programar una cirugía para extraer el parásito que supuestamente se alojaba en su cerebro.

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Testimonios: jóvenes con cáncer

En Quito se realizó la Covención Internacional de Jóvenes con Cáncer.  Ellos cuentan sus experiencias.

Solo un poco antes de que entrara al quirófano, su familia buscó otra opinión médica. “Conocimos a un médico cubano en el Hospital Eugenio Espejo, quien solo con ver mis tomografías dijo que se trataba de un tumor y que debía operarme para ver si era maligno”, cuenta.

Estefanía es una sobreviviente del cáncer y, aunque quedó paralizada tras la intervención y se sometió al horror de las quimio y radioterapias, lo que más trascendió de esos días es el dolor ajeno.

“Los días de hospitalización fueron terribles, a los jóvenes que no podemos ir a un hospital de niños nos mezclan con el resto de pacientes adultos que tienen otras enfermedades”, dice la joven.

Incrementar las unidades oncológicas y contar con profesionales para tratar el cáncer en el país son tareas pendientes del Ministerio de Salud. Gustavo Dávila, de la Fundación Jóvenes Contra el Cáncer aprovecha que Quito acoge en estos días a decenas de sobrevivientes de cáncer de todo el mundo para llamar la atención sobre la carencia de profesionales. “Tenemos solamente diez cirujanos oncológicos en Ecuador”, dijo durante la inauguración del encuentro de jóvenes con cáncer.

Pero Estefanía no siempre usa la peluca, casi siempre luce un pañuelo de colores. “Lo más importante es tener una actitud positiva, yo aprendí eso. Cada vez que iba al hospital, por ejemplo, pensaba que me tomaba unas vacaciones”, dice y comparte que hace poco más de un año todas han sido buenas noticias. “Los médicos dicen que mis exámenes están limpios y bromean conmigo diciendo que mi único problema es que tengo la cabeza hueca”.

Esta sobreviviente de sonrisa constante ahora apoya a su madre, Margoth, de 52 años, que ha recibido el diagnóstico de cáncer de mama.

La madre de Estefanía también ha pasado por un quirófano y está en la mitad del tratamiento farmacólogico. “No quiero ni pensar en lo que me falta, cada vez que pienso me pongo mal”, decía la noche del pasado jueves en la panadería que dirige en el barrio Servidores de la Salud, que se asientan en los bordes de la Autopista Rumiñahui.

Precisamente allí estuvo la noche previa a su cirugía. “Quería dejar todo listo, solo para que entregaran los pedidos”, dice y confiesa que pensó que tras la cirugía iba a volver al trabajo sin ningún problema, pero no fue así.

La panadería estuvo parada un tiempo, pero Estefanía y un tío que hace pan en Ambato la pusieron en funcionamiento.

Él comenta que hay mucha gente que apoya a su hermana y que la quieren de vuelta pronto.

Estefanía asiente con una sonrisa de las suyas y le dice lo bien que se ve con una de las pelucas que antes ella usaba.

“A mí no me gustaba y jamás pensé que le podría servir a una persona cercana”, dice la joven y confía en que pronto su madre se recupere.

Mire un especial fotográfico sobre la Convención.

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