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Alberto Baldeón regresó a la gerencia de una empresa de galvanizado hace un mes. Sólo hace media jornada, pero está satisfecho de poder seguir con su trabajo. Hace solo cinco meses era otra persona, con poco peso y con pérdidas frecuentes de conciencia, síntomas de la cirrosis biliar que padecía.

Llevaba seis años con este diagnóstico y el pronóstico era mortal. La desesperación de la familia era tal que una de sus hijas empezó a averiguar cómo donarle parte de su hígado. La alternativa era viajar a Argentina, España o Estados Unidos e invertir alrededor de USD 300 000.

Alberto no quería que su hija hiciera ese sacrificio. “Lo normal es que los padres demos todo a los hijos, no al revés, pero afortunadamente mi hija quedó embarazada y tuvo que desistir”, cuenta.

La información del Organismo Nacional de Trasplantes de Órganos y Tejidos llegó a manos de Alberto por la prensa y un día pasó por sus oficinas casi de casualidad. Poco después se hizo paciente del Hospital Eugenio Espejo, la puerta de entrada para la donación, y entró en la lista de espera.

Durante más de un año estuvo en el puesto número uno de esa lista, pero no hubo un donante compatible. Durante la espera bajó del puesto número uno para dar paso a dos mujeres, una de Guayaquil y otra de Santo Domingo, que estaban más graves, y que murieron en la espera.

El órgano para Alberto apareció en octubre del 2011. Ingresó al quirófano después del mediodía de un sábado y se despertó en la madrugada del domingo. “No me dolía nada y no podía creer que ya tenía un nuevo hígado”. Ahora debe cuidar ese órgano, comer sano y no olvidar ni una de las 12 pastillas diarias que debe tomar. Una alarma en el celular le suena durante la entrevista para recordarle que es hora de una dosis.

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