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imagenEl edificio del Instituto Nacional de Higiene data de 1941. La vieja estructura se ubica en las calles Julián Coronel y Esmeraldas, centro de Guayaquil. En la fachada resalta su nombre, que es también el de su promotor: Leopoldo Izquieta Pérez. Por casi 70 años -en noviembre será su aniversario-, el INH ha sido el gran laboratorio de salud pública del país. Malaria, dengue, cólera, VIH-Sida, influenza AH1N1, todas las epidemias se han combatido desde este frente. A más de la vigilancia epidemiológica, el control sanitario y la producción de vacunas y sueros son los pilares de la entidad. Pero en los últimos años el Ministerio de Salud planea su reingeniería.

En los próximos meses el tradicional INH se convertirá en el Instituto de Salud Pública e Investigación. Los cambios no solo serán de nombre, también de funciones. “El perfil epidemiológico del Ecuador ha cambiado radicalmente. Hace 50 años la malaria era la primera causa de muerte. Hoy hay otros males”, dice Marcelo Aguilar, director del INH.

Tras ocupar la Subsecretaría de Salud del Litoral y otros cargos públicos, Aguilar ahora dirigirá la reestructuración del INH con un presupuesto de USD 500 millones y un plazo de tres años. En 2009 se fijó un plan presupuestario, para los tres años siguientes, de USD 13 millones para inversión en equipos e insumos

El nuevo modelo de gestión apunta al análisis de enfermedades crónicas, como diabetes e hipertensión, primeras causas de muerte en el país. E investigará otros problemas como contaminación ambiental y alteraciones genéticas. “La idea es convertirlo en un centro de investigación, tarea que ha estado reducida”.

Esta acción implica mejorar las instalaciones, aumentar el personal y adquirir nueva tecnología. Aguilar señala que el primer paso es conseguir un espacio en las instalaciones del Parque del Conocimiento, que construye la Espol en el noroeste de la ciudad. “Ahí planificamos crear una nueva planta de laboratorios”, menciona.

Y es que el antiguo edificio no da más. Algunas de sus áreas se asemejan a un museo. En Bacteriología, por ejemplo, reposa dentro de un estante de madera una decena de ratas disecadas. Junto a ellas se lee: ‘Campaña contra la peste bubónica, 1965’.

La urgencia por mejorar el espacio y adquirir más equipos es evidente en Control de Fármacos. En los mesones de antaño reposan las máquinas que usan para el análisis de medicamentos.

Por ahí pasan desde un simple jarabe para la tos hasta antirretrovirales. “Hacemos unos 100 análisis al mes, pero necesitamos más equipos”, dice Idalla Giler, jefa de laboratorio. En la sala apenas hay cinco máquinas HPLC y tres disolutores para descomponer las fórmulas químicas. Los 12 analistas deben turnarse para trabajar.

Microbiología Sanitaria tiene 50 años. Ahí se analizan alimentos, aguas envasadas y de la red pública. Al mes se receptan 300 muestras, que son colocadas en tubos de ensayo cubiertos con gasas para su cultivo. Luisa Ponguillo, jefa del área, reconoce que es un método tradicional. Pero espera pronto tener nuevos equipos.

La falta de tecnología no es un problema para Biología Molecular. Para las pruebas de carga viral en pacientes con VIH, el laboratorio cuenta con un moderno equipo para extraer el ARN (ácido ribonucleico) del virus. En su interior, dos brazos mecánicos mezclan la muestra de plasma con los reactivos químicos. Gonzalo Calderón mira el proceso. Al día realiza 70 muestras, en una jornada de casi nueve horas de trabajo. “Aquí hace falta más personal”.

El INH tiene 800 empleados. El año pasado, 30 personas, entre ellos jefes de áreas, se jubilaron por la Ley Orgánica de Servicio Público, que fijó la salida de quienes superen los 70 años de edad.

Aguilar afirma que hasta fin de año la nómina crecerá. Se dará estabilidad a los contratados y convocarán a concursos -tanto en el país como fuera-, para cubrir otras especialidades. Además revisan los salarios para aumentarlos. “En promedio, un técnico del INH gana USD1 580. Hay que incentivarlos”, dice el director.

Parte del nuevo rostro del INH es el laboratorio de Genómica. Los científicos Doménica de Mora y Alfredo Bruno se especializan en la vigilancia del virus de la influenza. Su experiencia fue crucial en la pandemia de AH1N1, en 2009. Bruno muestra la última adquisición: un secuenciador para estudios genéticos.

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