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En la casa de la familia Escobar Morales hay silencio. Apenas se oye el goteo de una ligera lluvia.

En el patio dos cachorros juguetean. Y un pajarito verde azulado revolotea en una jaula. Eran las mascotas de Cristian.

El niño de 12 años batalló contra el cáncer desde que tenía 5. A esa edad los médicos le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin, una tumoración maligna que afectó sus ganglios linfáticos. Este es el tercer tipo más común de cáncer en niños y adolescentes.

Desde entonces su vida se dividió entre su casa, en el barrio Monte Lindo (en el noroeste de Guayaquil), y el hospital de la Sociedad de Lucha contra el Cáncer (Solca), en el norte. “Él fue un guerrero…”, dice Paola, su mamá. Su voz se entrecorta y sus ojos color miel se opacan por las lágrimas.

Su único hijo falleció el viernes 10 de febrero, a las 16:20. Estaba en sus brazos cuando dejó de respirar. “Él siempre les decía a sus amigos que luchen, que no se rindan, que sean valientes… Pero al final ya casi no tenía fuerzas”.

Por 7 años Cristian resistió un largo tratamiento de quimioterapias y radioterapias. En varias ocasiones fue hospitalizado hasta por 20 días. También recibió dos trasplantes autólogos de médula ósea, de sus propias células.

Aparentemente los tumores habían desaparecido. Pero en el 2008 los médicos detectaron otros en sus axilas y pelvis.

Para él era solo parte de su guerra. Por su fortaleza se convirtió en la imagen de la campaña ‘Guerreros por la vida’ en octubre del 2010, una iniciativa de Solca que buscaba reunir fondos para habilitar un laboratorio de pruebas de histocompatibilidad (un examen previo al trasplante de médula ósea y de otros órganos).

Su nombre marcó cientos de cartas que llegaron a manos de instituciones y familias. En breves líneas se narraba la historia de este guerrero y su lucha incansable.

Casi 2 años después la meta del hospital oncológico se cumplió. El miércoles 15 de febrero, cuando se recordó el Día Internacional del Cáncer Infantil, Solca presentó al grupo de niños guerreros. Ahí estaban Cristina, Álex, Michelle, Valeria... Ellos recibieron sus medallas en señal de victoria. Pero Cristian no llegó.

Su padre cuenta que en diciembre tuvo una recaída. “Tenía tos y no se le pasaba. En febrero del año pasado, cuando lo llevamos al hospital, nos dijeron que tenía metástasis (células malignas) en los pulmones… Ya no había nada que hacer, lo desahuciaron”.

La sala de la familia está llena de recuerdos. En las paredes hay fotos de Adriancito, como lo llaman. En un rincón están sus útiles escolares y en la puerta está pegado su horario de clases. Era un buen alumno. Ciencias Naturales era su materia favorita, por eso le gustaban tanto los animales.

Paola camina lentamente hacia su habitación. Se sienta en la cama y la acaricia con suavidad. “Aquí falleció”. Cerca, su esposo la mira. “Un día antes de fallecer solo nos dijo: gracias papás. Esa frase no se me borra”. Sobre una mesita, en medio de medicinas y los equipos para el suministro de oxígeno que usó por casi dos meses, reposa una Biblia abierta.

Desde afuera se filtran el susurro de varios niños. Es viernes, tras ocho días del fallecimiento de Cristian, los miembros de la iglesia evangélica La Gloria de Dios se reúnen en el hogar del niño.

“Te pido mi Señor que fortalezcas a los hermanos. Y que el hermano Cristian esté a tu lado mi Dios”, repite con los ojos cerrados la hermana Josefina Herrera. Paola y Cristian, su esposo, tratan de contener las lágrimas.

La lluvia ha parado a las 18:30. Y el eco de una guitarra y los cánticos de la congregación han borrado el silencio. Para aplacar el dolor, los esposos Escobar Morales piensan en adoptar a un pequeño bebé. “Ya lo decidimos. Se llamará Cristian y será un ejemplo como su hermano, un verdadero guerrero...”.

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