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La última vez que el sargento segundo William Marcelo Borja vistió el uniforme de gala de la Policía fue hace nueve días. Desde entonces, el agente de 38 años de edad, que lucha contra un cáncer terminal de colon, prefiere los trajes deportivos y las pantuflas. Desde hace cinco meses, la enfermedad tiene confinado en su domicilio al agente de contextura delgada y 1,80 m de estatura. Él vive con su madre, María Cecilia Salazar, en Carpuela, al norte de Ibarra, Imbabura.

Fue en el 2010 cuando le detectaron la enfermedad, pese a eso, el viernes 5 de julio ascendió a sargento segundo. Fue un reconocimiento que la Policía garantiza a los elementos que, a pesar de tener enfermedades catastróficas, han aportado con su trabajo.

La ceremonia se desarrolló en el patio de su vivienda. William lucía pantalón verde aceituna, chaqueta blanca, guantes y zapatos negros de cuero. Estaba sonriente como en las fotografías que adornan la sala de su casa. Respiraba profundamente para mantenerse en pie a pesar de los dolores que no le dejan ni un momento. Cuenta que es algo indescriptible. Le parece una mezcla de quemazón y de ardor que prácticamente lo inmovilizan de la cintura hacia abajo.

Los médicos le suspendieron el tratamiento de quimioterapia.

Una buena parte de los 2 000 habitantes de la comunidad de Carpuela rodearon el inmueble de la familia Borja-Salazar. Los curiosos llegaron atraídos por el arribo de 50 policías que, uniformados y armados, rendían honores a su vecino, que fue policía 15 años.

Daniel Hermosa, coordinador nacional de la Unidad de Atención al Personal Policial con Discapacidades y Enfermedades Catastróficas, presidió el acto. Esta dependencia fue creada hace dos años, para apoyar a los uniformados enfermos. Antes simplemente tenían que salir de la institución y perdían las garantías, como la atención en el Hospital de la Policía, explica Borja. Hermosa y la madre le cambiaron las insignias, que dan cuenta del nuevo rango que ostenta.

María Cecilia resumió su emoción en un "Dios les pague". Su hijo entró a la Policía cuando tenía 23 años. Luego de estudiar en la Escuela Pedro Claver y el Colegio Valle del Chota, situado en Carpuela, soñaba con ser médico. Incluso intentó matricularse en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, en Quito. Pero su mamá, que trabaja como conserje de la misma escuela, y su padre, Marcelino, que era agricultor, se dieron cuenta que no podían financiar los gastos de hospedaje, alimentación y estudios de su hijo en la capital de la República. Es por eso que él optó por convertirse en agente.

Durante la ceremonia de ascenso, Hermosa dijo que es la primera vez que se realiza una ceremonia de este tipo en una casa particular.

Pero el Comando General, mediante la orden número 95, decidió hacerlo así, por el "delicado estado de salud" de William.

Ahora la rutina de Borja se desarrolla entre su dormitorio y la sala. Usa permanentemente una sonda. Camina despacio. A pesar que se esfuerza por mantener la calma, en las noches grita de dolor.

La madre llora al no poder ayudar a su hijo. Ni los medicamentos le ayudan. Es por eso que se ha refugiado en las oraciones a Dios y pide salud para su hijo.

A William Borja siempre le gustó superarse. Por eso mientras trabajaba como policía estudiaba a distancia. Llegó hasta el séptimo semestre de Administración de Empresas. Le faltan tres semestres, pero al conocer que tenía cáncer dejó todo de lado. Para su madre, este ha sido uno de los varios golpes que le ha dado la vida. En el 2000 falleció Carlos Alberto Borja, el segundo de sus hijos. También era uniformado.

Murió de un balazo en la cabeza en un confuso incidente mientras prestaba servicio en Puerto El Carmen, en Sucumbíos, una población fronteriza con Colombia. "Primero dijeron que fueron guerrilleros. Luego delincuentes. Nunca se supo", cuenta la madre.

También hace un año falleció su esposo, víctima de un derrame cerebral. "No pudo soportar la preo­cupación por la enfermedad de William". El viernes recordó una Navidad, hace 31 años, cuando sus cuatro hijos eran pequeños.

A los dos varones les compró dos patrulleros y a las mujeres dos muñecas. Al final los minúsculos carritos, adornados con sirenas, les cautivaron a todos. Fue como una premonición de la profesión a la que accedería tres de ellos. Su hija menor, Evelyn, de 31 años, también es policía. En la sala de la casa familiar resaltan las fotografías de sus muchachos vestidos con trajes de camuflaje. William Borja rememora los días de los operativos. Ahora, solo son recuerdos...


Las estadísticas sobre problemas médicos

Hasta el 2012,  la Policía Nacional registraba 396 policías con algún tipo de discapacidad. En el país operan 42 150 uniformados.

La discapacidad  más frecuente es la física. Pero también hay la auditiva, visual, psicológica, de lenguaje y las llamadas múltiples.

Según los datos oficiales, de todos los casos el 30% de discapacidad es por enfermedades adquiridas y el 70% mientras trabajaba.

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