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Barack Obama acaba de iniciar su segundo y último mandato. Al pie del Capitolio, el pasado lunes tomó juramento ante la presencia de centenares de miles de personas. En su discurso de investidura, emocionante y esperanzador, auguró un futuro mejor para los Estados Unidos.

Un futuro en el que haya “igualdad” de oportunidades, sin discriminaciones sociales, ni ventajas que favorezcan a unos a costa de otros. Pero, sobre todo, un porvenir en el que los grandes valores que fundamentan a este país desde de sus orígenes, estén al servicio de los más necesitados. “Respondamos a la llamada de la historia e iluminemos el incierto futuro con la preciosa llama de la libertad”, dijo.

Aunque no pretendo ir más allá de su discurso, rescato el hecho de que en Obama se mantenga viva la tradición de los grandes valores de libertad e igualdad, fuente de inspiración de quiénes lucharon por la independencia y creación del Estado norteamericano.

Sin embargo, en ciertos países del hemisferio se ha tendido a tomar en cuenta solo uno de estos dos aspectos: la igualdad.

Mal interpretado, se ha convertido en principio inspirador de regímenes poco democráticos.

Más que una finalidad, la igualdad se ha incorporado como eje de un discurso ideológico que ha permitido sustentar todo tipo de atropellos, arbitrariedades y abusos de poder.

Y es que la igualdad sin libertad no produce un mejor tipo de individuo y sociedad.

Al contrario, aquellos regímenes que se han identificado con la búsqueda de la igualdad y el logro de ello a través falsos procesos revolucionarios han terminado en claros y estrepitosos fracasos.

Pese a que los seres humanos pueden llegar a ser libres cuando están aseguradas ciertas condiciones de igualdad, lo contrario tampoco produce resultados similares.

La igualdad sin libertad produce esclavos. Seres alienados que tienen en común, como decía Tocqueville, el estar sometidos a un mismo poder que los homogeniza.

No distinguir estos contrastes nos lleva a comprender lo que pasa actualmente en nuestro país, las razones del porqué estamos tan satisfechos pero al mismo tiempo insensibles ante la pérdida de las libertades, el aumento de la concentración del poder, la intervención de la justicia, la neutralización de la participación ciudadana, el plagio o el uso abusivo de la publicidad gubernamental.

A diferencia de Obama, nuestros políticos no le apuestan al futuro sino al corto plazo y a las necesidades muy inmediatas. ¿Para qué vamos a hablar de libertad e igualdad? ¿Cómo vamos a decir cosas que a nadie le interesan? Difícil situación en una sociedad que se está acostumbrando a no pensar, decidir y actuar de manera autónoma.

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