Ensalada San Marcos del restaurante La Cuchara de San Marcos que sigue la tendencia del Slow Food. Foto: Archivo.

Ensalada San Marcos del restaurante La Cuchara de San Marcos que sigue la tendencia del Slow Food. Foto: Archivo.

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Slow Food huye de la etiqueta de esnob en su defensa de los agricultores

Agencia EFE

Frente a la fiebre de la comida rápida, una pausa para disfrutar de la gastronomía. Con esa filosofía nació en Italia hace casi treinta años Slow Food, que sigue defendiendo a los productores locales pese a quienes lo ven como un movimiento esnob.

El presidente de la asociación italiana, Nino Pascale, dice solo aceptar ese calificativo en un caso: "Si significa preocuparse por los derechos de quienes trabajan, por la protección del ambiente, por las generaciones que deberán habitar el planeta después de nosotros y por una calidad alimentaria para todos, entonces lo somos (esnob)".
De lo contrario, opina en una entrevista, lo que se pretende es "dejar fuera del mercado a un mundo enorme".

Por esa diferencia de criterios el movimiento se ha visto envuelto en rifirrafes como el que hace unos meses tuvo con el cantante Al Bano. El italiano vende el vino que produce a tan solo dos euros, una conducta que fue denunciada por la gente de Slow Food, a la que el artista luego llamó "esnob y envidiosa de su éxito como agricultor ".

"Alguna vez hemos pedido a los consumidores que gasten unos céntimos de más para la propia compra cotidiana", afirma Pascale, que lo justifica porque "a través de un precio más bajo se consigue dejar fuera de la producción a los sujetos más débiles".

El presidente de la asociación Slow Food en Italia, Nino Pascale, defiende los derechos de los agricultores frente a la fiebre de la comida rápida. Foto: EFE

El presidente de la asociación Slow Food en Italia, Nino Pascale, defiende los derechos de los agricultores frente a la fiebre de la comida rápida. Foto: EFE

Este agrónomo de profesión, elegido el año pasado al mando de la organización en Italia, no tiene la verborrea del carismático líder del movimiento Carlo Petrini, que sigue siendo una referencia a nivel internacional. Pero comparte su idea de la alimentación como un "canal importante" a través del cual -apunta- se puede hablar de "clima, ambiente, salud, economía, sociedad, diversión y bienestar".

La preocupación por esos temas no ha cesado desde que en 1986 se abriera el primer McDonalds en la romana Plaza de España, lo que revolvió el estómago de Petrini y le llevó a fundar Slow Food. En esa lucha diaria el movimiento se ha visto incluso obligado a compartir espacio con sus "enemigos", como en la pasada Exposición Universal de Milán, donde en un sitio se vendían hamburguesas de la cadena estadounidense y unos metros más allá se intentaba concienciar sobre la comida "buena, limpia y justa" en el pabellón de Slow Food.

No acudir a la Expo hubiera sido "bajar la voz de los agricultores y reducir el potencial de la educación", según Pascale, que se pregunta irónicamente si los demás participantes interpretaron "con coherencia" aquel lema común de "nutrir el planeta". Como si de una "multinacional contestataria" se tratara, en este tiempo Slow Food ha extendido sus tentáculos desde su localidad originaria de Bra hasta 160 países con proyectos que van desde la organización de festivales de gastronomía tradicional a la edición de publicaciones que abogan por el buen gusto en la mesa.

Una agricultora comercializa sus productos orgánicos en el mercado La Elvirita ubicado en Tumbaco. Foto: Archivo

Una agricultora vende sus productos orgánicos en el mercado La Elvirita ubicado en Tumbaco. Foto: Archivo

Con una red de unos 100 000 miembros, lo mismo trabaja con productores de los cinco continentes que organiza campañas y congresos sobre el queso, la carne, el pescado y demás alimentos locales.

"Necesitamos construir sistemas alimentarios menos concentrados en las manos de las multinacionales, lo que quizás sea la única forma de hacer frente a los problemas de escasa disponibilidad de alimentos en tantas áreas", afirma Pascali.

Reclama facilitar a los pueblos los instrumentos necesarios para producir sus propios alimentos y adaptar la innovación tecnológica a los pequeños agricultores para que no tengan que "seguir ofreciendo las materias primas para la industria, sino que sean directamente los vendedores del producto final".

Otro aspecto que considera fundamental es la necesidad de evitar que esas pequeñas empresas no acaben "devoradas" por las transnacionales y sufran abusos. "Al menos cuando vendan los productos, los agricultores deberían establecer el precio que cubra los costes de producción para poder sobrevivir", remarca. Una receta que, desde Italia, Slow Food ha querido trasladar a todo el mundo. Incluso a África, donde, a juicio del responsable, "no les queda otra alternativa si no quieren estar siempre colonizados".

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