Una casa remodelada de La Floresta acoge a La Vieja Europa, que en sus inicios estuvo ubicada en La Mariscal. Foto: María Isabel Valarezo/ EL COMERCIO

Una casa remodelada de La Floresta acoge a La Vieja Europa, que en sus inicios estuvo ubicada en La Mariscal. Foto: María Isabel Valarezo/ EL COMERCIO

CRÓNICAGASTRONÓMICA

La Vieja Europa volvió para quedarse en Quito

Ivonne Guzmán. Editora (O)

Huele a leña quemándose (aunque la imagen puede no ser muy afortunada estos días de incendios atroces); pero ese olor, de entrada, hace que uno se sienta acogido. Como cuando se llega a la casa de una tía abuela, tan familiar y prometedora por las viandas que suele servir, porque justo eso es La Vieja Europa: un sitio al que mucha gente de Quito fue hace años, en el que pasó de lujo y al que se añoraba volver.

Y como en la casa de un viejo pariente, siempre habrá gente conocida con la cual encontrarse; es uno de los sitios de moda, entonces es lógico que el personal quiteño pase por ahí. La reentré de este restaurante ha despertado nostalgia en no pocos; los que lo recuerdan en su local de la Calama y Amazonas; sin embargo, no tendrán queja de esta nueva ubicación en una coqueta casa remodelada de La Floresta.

Al entrar, al primero que se ve -junto al horno de leña, como en sus inicios- es a Luky Spaziani. Ese es su centro de operaciones; desde ahí vigila la cocina, manda las cestas de focaccia caliente a las mesas y también saluda y abraza a quien va llegando, muchos de ellos clientes suyos de toda la vida (exactamente desde el 67) en La Vieja Europa o en Luky (otro restaurante que tuvo).

Rituales y reconocimientos cumplidos, entra en acción el apetito. Con el olfato alerta, por el olor a leña, los antipastos se antojan naturales. Y un carpaccio fresquísimo, acompañado de rúcula y queso parmesano cumple con las expectativas, igual que los calamares a la romana que son crocantes en su apanadura y tienen el punto justo de cocción. También está una sopa para estas noches de vientos veraniegos. La Stracciatella es la estrella; sencilla: caldo de pollo con un huevo revuelto; abundantísima, como en casa de tía abuela.

Luky Spaziani preparando sus legendarias pizzas. Foto: María Isabel Valarezo/ EL COMERCIO

Luky Spaziani preparando sus legendarias pizzas. Foto: María Isabel Valarezo/ EL COMERCIO

Y como el plan es italiano-casero-exagerado, el segundo plato no está en discusión: pasta, pizza y/o carnes. En pasta, las secas: (spagetthi, fetuccini y penne) o risotto o rellenas de ricotta, carne, pollo, espinaca; o los gnochis, cuya consistencia es ideal y que acompañados de una salsa cuatro quesos (si no le falta sal, que puede pasar) es una manera de disfrutar de la sazón de Luky, quien el rato menos pensado se sienta en la mesa contigua a conversar o se acerca a la mesa propia a preguntar cómo está todo.

Su sello también está en un espagueti con ajo y aceite de oliva o en un pesto sobrio, que permite sentir también el sabor de la pasta, porque no la opaca. Y todo en abundancia y con dedicación. Pero como en toda casa, hay especialidades, y en La Vieja Europa lo es la pasta, con sus salsas varias; una Alfredo, solo con crema de leche, mantequilla, huevo y un tris de nuez moscada (sin jamón, como alguna versión apócrifa ha hecho creer) o una carbonara con sendos trozos de tocino.

Pero si el ánimo no está para sopas o platos elaborados, una pizza (al estilo Luky, finísima y crocante en los bordes) es la solución perfecta; la de anchoas es una de las aseguradas. Eso sí, toca estar provistos de agua porque es salada, pero sarna con gusto no pica.

Para tomar en cuenta

Qué y Quién. Cocina italiana tradicional, con una carta descomplicada y corta. Luky Spaziani, en sociedad con Belén Cobo y Luis Miguel Sánchez.

Cuándo. De lunes a sábado desde las 13:00 hasta las 16:00 y desde las 19:00 hasta las 23:30; y los domingos solo de 13:00 a 16:00.

Por qué. Por el placer de volver a un clásico quiteño (aunque la oferta sea italiana); por las pizzas, la sopa Stracciatella y las ensaladas.

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