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Con delicadeza, Jorge Pailacho revisa las semillas de jacarandá, que están regadas sobre una mesa con baldosa blanca. Las mira fijamente, mientras sus dedos separan a las más pequeñas.

También hay semillas de arupo, aliso, cedro, yalomán y pumamaqui. Son plantas nativas, que servirán para reforestar las áreas verdes de la ciudad.

Hace dos años, en el vivero de Cununyacu se abrió un banco y laboratorio de semillas. El propósito es recuperar las especies forestales nativas y almacenarlas. La Gerencia de Espacio Público del Municipio promueve este proyecto, para facilitar la arborización con plantas que se adapten a los cuatro pisos climáticos que hay en Quito (bosques húmedos, muy húmedo, seco y espinoso).

En lo que va del año, se han plantado 50 000 árboles en los parques, cerca a las aceras y parterres de la ciudad. En el Parque Metropolitano del Sur, en el Cuscungo (vía al valle de Los Chillos), Metropolitano del Norte, vía a Nono, en el Troje y en la Mariscal Sucre se han sembrado aliso, arrayán, arupo, cedrón y cholán.

Durante tres horas, Pailacho selecciona las mejores semillas que son almacenadas en un banco. En el vivero de Cununyacu, a orillas del río San Pedro, hay 100 000 plantas de jardín y 150 000 árboles.

Las especies nativas se demoran entre uno y dos años en alcanzar el tamaño para poder ser sembradas. Por eso, a él le molesta cuando las personas no los cuidan. “La gente debe tener más respeto con la naturaleza”.

En la avenida Simón Bolívar, por ejemplo, en este año han sido plantados 700 árboles.

Se lo hizo en lugares donde los troncos fueron arrancados de raíz, por el estrellamiento de los vehículos. En el parque de Santa Lucía se realizó una reforestación masiva. Un 10 % de los nuevos árboles ya están rotos o tienen doblados sus troncos.

Para Segundo Aguilar, ingeniero agrónomo encargado de vigilar la selección de las semillas, este es un proceso técnico que proporciona a la ciudad especies apropiadas que mejoran la calidad del ornato.

Las semillas pueden permanecer hasta 10 años guardadas en fundas, en un cuarto frío, ubicado en el subsuelo del vivero. Allí, la temperatura no supera los 4°C.

Pailacho sabe que sus manos no solamente seleccionan las semillas, “en un futuro serán los árboles que adornarán la ciudad”.

Las semillas se guardan en fundas bien selladas, que incluyen la información del lugar donde fueron recolectadas. Luego se almacenan en un cuarto frío que se mantienen a 4 grados. Las semillas pueden durar de cuatro a 10 años.

Cuando hay necesidad de plantas para reforestación, las semillas son sacadas y se hace de nuevo la prueba de germinación. Se colocan 100 semillas en un papel mojado y luego de dos meses se verifica cuántas brotaron.

 

Se coloca las semillas en los semilleros, que son cajas de madera rellenas de tierra. Luego de dos meses, los brotes son sacados y colocados en una funda, de ahí se las pone debajo de un malla para protegerlos del sol.

 

En el laboratorio se producen especies forestales de plantas nativas. Técnicos realizan una multiplicación de las plantas mediante el cultivo de tejidos . Estas son guardadas en un laboratorio con capacidad para 10 000.
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