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El espacio donde se entrenan 80 esgrimistas, de élite y principiantes, es sencillo. Minimalista: debajo de las gradas de concreto de la tribuna sur, en el estadio Olímpico Atahualpa.

Se aprecian 11 pistas, de madera y metal, de 12 m de largo y 1,5 de ancho, en las que los jóvenes, desde los 12 hasta los 30 años, hacen sus prácticas de lunes a viernes (de 17:00 hasta las 20:00).

En dos espejos, fijados en paredes opuestas, los esgrimistas miran el movimiento de los pasos de combate. En una bodega guardan las espadas, sables y floretes, que tienen conexión eléctrica, mediante un cable atado a la cintura; los chalecos y cascos de malla.

17:00 del pasado viernes 2 de agosto. Ocho, de los 24 chicos, auspiciados por la Concentración Deportiva de Pichincha (CDP), están en guardia.

Al verlos listos y con su traje de combate evoco la inolvidable novela 'El maestro de esgrima', del español Arturo Pérez R. Narra la vida de don Jaime Astarloa, eminente esgrimista, cuya vida está signada por oscuras tramas políticas y la presencia de bellas mujeres, maestras de la esgrima, como Adela de Otero.

El sonido metálico de los floretes devuelve al escenario de los jóvenes, quienes sacrifican la farra por conseguir más logros para Quito y Pichincha.

Eso dice Doménica Trujillo, de 15 años, esgrimista de la categoría cadetes. Sentada en una banca, y agitada tras la práctica, reconoce que comenzó a los 10 años con la guía del maestro cubano Michael Coudo.

Ha hecho combates en Bolivia, Perú y Chile (donde demostró su buen nivel). Sueña con ir a las Olimpiadas de Brasil y por ello, al igual que sus compañeros, se esmera cada día.

En un alto al exigente combate, Alejandro Monge, el maestro de florete, grupo élite, dice que hay tres categorías: infantil (10 y 12 años); cadetes (desde los 14 a los 17 años); y adultos (18 y 30 años).

Monge, quien es un activo combatiente, dice que usan espada (los puntos de toque son válidos en todo el cuerpo), florete (solo el torso); sable (máscara, pecho y brazos). Hace un mes, Camila Ortiz obtuvo medalla de plata (precadetes) en el sudamericano de Chile. "Son logros por Quito, por Pichincha y el país", dice Monge. "En el esgrima se requiere mucho trabajo de piernas para los desplazamientos (un pie adelante y otro atrás), perseverancia y sacrificio para compaginar estudios y este deporte".

Saúl Merino, el más pequeño (12 años), se prepara para estudiar en el San Gabriel. Viste con orgullo su traje blanco. Dice que es consciente que luchará para cumplir los deberes.

Esto hace María Gracia Echeverría. Cursa el séptimo nivel de Psicología en la SEK, tiene 21 años y desde los 10 se dedica al esgrima. Estudia en la mañana, de 08:00 a 13:30, y a las 17:00 viene a entrenarse. Su madre, Lorena Arroyo, es la presidenta de la Asociación de Esgrima de Pichincha. "Es divertido tenerla aquí", sostiene María Gracia, y señala la oficina que ocupa Lorena.

Las competencias se dividen en octavos, cuartos, semifinales y finales. El maestro Monge reclama más apoyo del CDP, ya que en invierno el sitio parece una piscina. En la noche, centros comerciales y bares se ven llenos de jóvenes. Los esgrimistas no paran.

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