De ellos depende el ensamble de los instrumentos musicales
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Un grito agudo se escucha en el estadio del Instituto Nacional Mejía. “A discreción, firmes”. Enseguida, 500 jóvenes, integrantes de la banda de guerra, se forman y se alistan para tocar los instrumentos musicales.La voz es de Darwin Portilla, de estatura media, instructor de los jóvenes desde hace 11 años. La semana pasada dirigió los ensayos todos los días, para dejar lista la presentación para el programa de juramento de la bandera.
Los estudiantes, formados en tres escuadras, esperan la orden para empezar a tocar. Asumen una postura militar: pecho inflado y espalda recta. Por segundos hay un silencio conventual hasta que arranca el ensayo.
Desde los graderíos del estadio, Portilla alza y baja la mano derecha, es la señal para que empiecen a tocar. Los tambores retumban con el golpe de las baquetas. Luego se escucha, con armonía, el sonido que producen los bombos, platillos, liras, cornetas y redoblantes.
Portilla fija su mirada en el grupo y cuando uno de sus alumnos pierde el ritmo, lo corrige con señales que les indica los tiempos: 1, 2, 3 . Cuando la desentonación se agrava, se acerca al responsable y le da instrucciones personalizadas.
¿Cómo logra una sola persona dirigir a un grupo extenso de estudiantes? Portilla responde que con trabajo constante, con planificación y, sobre todo, con la ayuda de los líderes de grupo por instrumentos, conocidos como los brigadieres. “Nosotros dirigimos a nuestro grupo y acatamos la orden del instructor” cuenta Gabriel Cazar, de 17 años.
Portilla formó a 15 chicos. Para él, son los mejores en liderazgo y marcialidad. Es ex alumno del Mejía, durante los seis años de estudio perteneció a la banda de guerra y fue designado ayudante del entonces instructor Fabián Sánchez. Así obtuvo sus primeros conocimientos.
En 1998 regresó a la institución como profesor de Lenguaje y dos años más tarde se le presentó la oportunidad de dirigir al grupo. Al principio lo hizo empíricamente, en el país no hay un instituto donde especializarse. Después asistió a cursos.
“Ser instructor es como tener un niño pequeño, se lo cuida y se lo ayuda a crecer. Para mí es un honor y a la vez un reto mantener la tradición de la Gloriosa Banda de Guerra del Mejía”.
El grupo recorrió por primera vez las calles hace 70 años, el 19 de marzo de 1941. Hasta ahora. el propósito es retomar y revalorizar las fiestas cívicas.
Para Portilla más que una profesión es una forma de entretenimiento. A la instrucción de la banda dedica hasta siete horas al día. El resto de tiempo es para sus clases de Lenguaje y para sus dos hijos de 15 y 4 años. Erick, el mayor, es su alumno.
Bajo la dirección de Portilla, la Banda del Mejía ha obtenido reconocimientos del ex Congreso Nacional, del Municipio y del Consejo Provincial. Ha sido condecorada en festivales internacionales en Colombia y Bolivia.
En los pasillos del plantel, los estudiantes lo saludan con los diminutivos ‘profe’ y ‘licen’.
Para Óscar Jijón, cachiporrero del grupo, más que un profesor es un amigo. “Nosotros le podemos contar los problemas de la casa y él nos aconseja”. Jijón también resalta su paciencia para enseñar. El joven recuerda que no podía marchar, “Al golpe del bombo, izquierdo, derecho”, me decía con sutileza.
Una rutina parecida, de ajetreo, también se vivió la semana pasada en los patios del colegio Juan Montalvo. En ese establecimiento, el instructor de la banda de guerra es Patricio Flores.
Su estrategia en los entrenamientos es la motivación. El ensayo del jueves pasado duró dos horas. Los 311 jóvenes practicaron bajo un intenso sol. “Es la última, ustedes pueden”, les repetía. Flores siempre se ubica frente a ellos. Con sus brazos extendidos completamente en posición horizontal y con firmeza, les indica cómo se deben alinear.
En su paso por la primaria y por la secundario perteneció a la banda de guerra. Sus primeros acercamientos con los instrumentos fueron en la escuela Hermano Miguel, luego en el colegio Montalvo.
Pero su interés por perfeccionarse en esta actividad lo llevó a inscribirse en cursos en México. A su regreso creó la fundación Educando Ecuador, a través de la cual dicta talleres de capacitación. Según él, en el país hay unos 1 500 instructores de bandas de guerra,320 de ellos en Quito. Su propósito es profesionalizarlos.
Empezó a dirigir bandas de guerra en 1991. Lo ha hecho en diferentes planteles, como Los Alpes y Juan de Salinas. Desde el 2004 está en el Juan Montalvo.
En la institución también se desempeña como inspector de los octavos cursos, siempre viste de terno deportivo azul y rojo. En el pecho está bordada la palabra instructor, junto al sello del plantel. Acostumbra a usar gafas y gorra. Los sábados ensayan hasta cinco horas.
Carlos Herrera, brigadier de Liras, comenta que la relación no es profesor- alumnos, sino de amigo a amigo. Fernando Montalvo, jefe de los brigadieres admira su perseverancia. “Es un montalvino de corazón”.
Los estudiantes, formados en tres escuadras, esperan la orden para empezar a tocar. Asumen una postura militar: pecho inflado y espalda recta. Por segundos hay un silencio conventual hasta que arranca el ensayo.
Desde los graderíos del estadio, Portilla alza y baja la mano derecha, es la señal para que empiecen a tocar. Los tambores retumban con el golpe de las baquetas. Luego se escucha, con armonía, el sonido que producen los bombos, platillos, liras, cornetas y redoblantes.
Portilla fija su mirada en el grupo y cuando uno de sus alumnos pierde el ritmo, lo corrige con señales que les indica los tiempos: 1, 2, 3 . Cuando la desentonación se agrava, se acerca al responsable y le da instrucciones personalizadas.
¿Cómo logra una sola persona dirigir a un grupo extenso de estudiantes? Portilla responde que con trabajo constante, con planificación y, sobre todo, con la ayuda de los líderes de grupo por instrumentos, conocidos como los brigadieres. “Nosotros dirigimos a nuestro grupo y acatamos la orden del instructor” cuenta Gabriel Cazar, de 17 años.
Portilla formó a 15 chicos. Para él, son los mejores en liderazgo y marcialidad. Es ex alumno del Mejía, durante los seis años de estudio perteneció a la banda de guerra y fue designado ayudante del entonces instructor Fabián Sánchez. Así obtuvo sus primeros conocimientos.
En 1998 regresó a la institución como profesor de Lenguaje y dos años más tarde se le presentó la oportunidad de dirigir al grupo. Al principio lo hizo empíricamente, en el país no hay un instituto donde especializarse. Después asistió a cursos.
“Ser instructor es como tener un niño pequeño, se lo cuida y se lo ayuda a crecer. Para mí es un honor y a la vez un reto mantener la tradición de la Gloriosa Banda de Guerra del Mejía”.
El grupo recorrió por primera vez las calles hace 70 años, el 19 de marzo de 1941. Hasta ahora. el propósito es retomar y revalorizar las fiestas cívicas.
Para Portilla más que una profesión es una forma de entretenimiento. A la instrucción de la banda dedica hasta siete horas al día. El resto de tiempo es para sus clases de Lenguaje y para sus dos hijos de 15 y 4 años. Erick, el mayor, es su alumno.
Bajo la dirección de Portilla, la Banda del Mejía ha obtenido reconocimientos del ex Congreso Nacional, del Municipio y del Consejo Provincial. Ha sido condecorada en festivales internacionales en Colombia y Bolivia.
En los pasillos del plantel, los estudiantes lo saludan con los diminutivos ‘profe’ y ‘licen’.
Para Óscar Jijón, cachiporrero del grupo, más que un profesor es un amigo. “Nosotros le podemos contar los problemas de la casa y él nos aconseja”. Jijón también resalta su paciencia para enseñar. El joven recuerda que no podía marchar, “Al golpe del bombo, izquierdo, derecho”, me decía con sutileza.
Una rutina parecida, de ajetreo, también se vivió la semana pasada en los patios del colegio Juan Montalvo. En ese establecimiento, el instructor de la banda de guerra es Patricio Flores.
Su estrategia en los entrenamientos es la motivación. El ensayo del jueves pasado duró dos horas. Los 311 jóvenes practicaron bajo un intenso sol. “Es la última, ustedes pueden”, les repetía. Flores siempre se ubica frente a ellos. Con sus brazos extendidos completamente en posición horizontal y con firmeza, les indica cómo se deben alinear.
En su paso por la primaria y por la secundario perteneció a la banda de guerra. Sus primeros acercamientos con los instrumentos fueron en la escuela Hermano Miguel, luego en el colegio Montalvo.
Pero su interés por perfeccionarse en esta actividad lo llevó a inscribirse en cursos en México. A su regreso creó la fundación Educando Ecuador, a través de la cual dicta talleres de capacitación. Según él, en el país hay unos 1 500 instructores de bandas de guerra,320 de ellos en Quito. Su propósito es profesionalizarlos.
Empezó a dirigir bandas de guerra en 1991. Lo ha hecho en diferentes planteles, como Los Alpes y Juan de Salinas. Desde el 2004 está en el Juan Montalvo.
En la institución también se desempeña como inspector de los octavos cursos, siempre viste de terno deportivo azul y rojo. En el pecho está bordada la palabra instructor, junto al sello del plantel. Acostumbra a usar gafas y gorra. Los sábados ensayan hasta cinco horas.
Carlos Herrera, brigadier de Liras, comenta que la relación no es profesor- alumnos, sino de amigo a amigo. Fernando Montalvo, jefe de los brigadieres admira su perseverancia. “Es un montalvino de corazón”.


