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En 1580, los dominicanos comenzaron a construir su templo en la naciente ciudad colonial de Quito, bajo la dirección de Francisco Becerra.

La obra se terminó a mediados del siglo XVII. Junto al templo principal se adecuó la capilla de Nuestra Señora del Rosario. Un retablo de un vistoso rococó, las columnas con motivos vegetales y antropomórficos y los frontones con sus sugestivos remates son parte de la riqueza artística que se conserva en este templo colonial.

El óleo de San Nicolás de Tolentino o el altorrelieve del Beato Reginaldo son obras de las hábiles manos de uno de los fundadores de la Escuela Quiteña, el dominico fray Pedro Bedón.

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