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El Museo de la Ciudad, García Moreno y Rocafuerte, es la segunda casa de 15 guías, hombres y mujeres. Es un grupo activo y de temple que pertenece al Centro de Experiencia del Adulto Mayor (CEAM), del Municipio capitalino.

Ayer compartimos las enseñanzas históricas de cuatro mujeres, quienes se llaman mediadoras: Ana Villacrés, Ana Ortiz, Sonia Lemos y Teresa Salgado.

Pasan de los 60 años. En febrero del 2013 se animaron a estudiar la historia de Quito, desde la Colonia hasta la República, para convertirse en guías de esta añeja casona, levantada en el siglo XVI, sede del Hospital San Juan de Dios. El curso concluyó en julio, bajo la dirección del profesor Andrés Rueda.

Ellas caminan por los zaguanes de piedra hasta llegar a una fuente del patio central, cuya agua repica como el sonido de campanas. Villacrés, bajita y con la soltura de una maestra de historia, dice que el Hospital San Juan de Dios fue fundado en 1565. "Primero se llamó Santo Monasterio de Nuestro Señor Jesucristo y, desde 1705, San Juan de Dios".

Ortiz aporta otro dato: "El Rey Felipe II ordenó la construcción para atender a los mendigos, viudas y niños huérfanos, con el apoyo de las Madres de la Caridad y luego de la Orden Betlemita (siglo XVIII)".

Todos los días, en la mañana y en la tarde, guían a los turistas nacionales y extranjeros por las salas: la época prehispánica, enfermería o botica; la iglesia dorada, un joyel de obras barrocas; y la República.

Doña Teresa Salgado explica que el altar principal es de pan de oro y que allí se hallan bellas imágenes de Santa Ana y San Joaquín.

Sonia Lemos, de pelo largo, arreglado en una trenza, invita a pasar a la botica (siglo XVII).

Vamos por los corredores gélidos, flanqueados por gruesas paredes de adobe.

La sala, en el ala occidental, es larga y bien iluminada. Abundan los maniquíes de las religiosas que atendían a los pacientes, cuyos cuerpos (también maniquíes) descansan en celdas cavadas en las paredes.

Están en una actitud beatífica, como si rezaran una oración eterna. Lemos, quien reconoce que antes de ser guía tenía miedo de hablar en público, explica que en la Colonia, la gente padecía tuberculosis, sífilis, fiebre amarilla, tifoidea... Villacrés sostiene que había gente altruista que donaba dinero, borregos y ropa para los enfermos. "La medicina era más natural, no había la bendita penicilina".

En un estante se ve una hilera de frascos blancos en los que constan los nombres de las pócimas salvadoras: sulfuro de mercurio, polvo de caimán, polvo de condesa, antimonio, catrae cicuta, elixir garus. Los nombres fueron escritos con pintura café. En una gran pared hay una réplica de un cuadro colonial, en la que se lee: Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. En la obra resalta la Santa Trinidad. Los instrumentos médicos espeluznan: serruchos, sierras, tijeras, alicates... Las guías admiran a Sonia Lemos, quien les enseña taichi. Hace poco visitaron el Parque Metropolitano Sur. Hicieron la pamba mesa (comparten la comida). Practicaron taichi (meditación en movimiento). Ellas coinciden en que su nuevo oficio es vivificante, les da ánimo, ganas de seguir.

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