La angustia de una twittera con batería baja
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Disparos, ráfagas, detonaciones. Eso fue lo que escuchamos el pasado jueves desde un baño del Hospital de la Policía, donde estuvo retenido el presidente Rafael Correa.
Me encontraba junto a Vicente Costales, fotógrafo del Diario. Su celular no dejaba de sonar. Eran llamadas de familiares, compañeros, amigos… El mío casi no tenía batería. Lo apagué. Y seguí twitteando desde el móvil de Vicente.
No veíamos nada, solo escuchábamos gritos de uniformados: ¡avancen! Desconocíamos a qué bando pertenecían. ¿Miembros del Grupo de Rescate e Intervención (GIR) o los sublevados? No lo sabíamos.
Después el sonido de cristales que se rompían. Muchos. Gritos confusos y más tiroteos hasta que llegó el silencio. Prendí de nuevo el celular y seguí twitteando sobre la confusión y el desconcierto de no saber que había sucedido afuera.
Vi en Twitter que mucha gente me informaba que Correa ya había salido, pero los tiroteos seguían. Éstos culminaron al menos unos 40 minutos después del impresionante rescate.
También leí los mensajes de apoyo, decenas de ellos, para no desfallecer. Recuerdo que me pedían que cuidara mi vida. Otros agradecían por la cobertura y sentía el respaldo desde decenas de países. Todos decían que estaban pendientes de lo que estaba contando.
Admito que no leí todos los tweets. Otra vez, la bendita batería estaba en rojo. Pedí que no me llamaran y escribí que me encontraba bien. Me sentí muy acompañada y agradecida con todos.
Salimos. Mujeres llorando, civiles conmocionados y periodistas con cámaras y grabadoras prendidas empezaban a dejar el lugar. La puerta principal del hospital estaba totalmente destruida.
Mientras tanto, la avenida Mariana de Jesús lucía semi vacía. Ya no estaba la muchedumbre que hace un par de horas había copado la zona. Era una muchedumbre compuesta por policías y civiles.
Las decenas de sublevados que estaban en ese sector se habían dispersado. Éstas esperaban cerca de las 21:00 la salida del Presidente. “No se va hasta que ceda”, dijo uno de ellos con un palo en la mano. Cantaron el himno de la Policía antes de la esperada salida:
El celular aún funcionaba. En ese video no hice ninguna narración de lo que sucedía por temor a represalias. Durante toda la protesta, los policías sublevados quitaron cámaras, impedían filmar y tomar fotos.
Unos metros más arriba, una fila de policía en motos formaba una especie de cerco. Mientras tanto, el rumor de que los militares y el GIR se acercaban corría en ese momento. “Traidores”, les decían los sublevados a los del GIR.
Y después disparos. En medio de la confusión, comunicadores y civiles ingresaron al hospital. Fue ese cerco el que impidió en un primer momento el avance del GIR.
Hubo unos 15 minutos de tranquilidad. La gente que había logrado ingresar al hospital se ubicó en los exteriores de la sala de Emergencias. Correa seguía en el tercer piso del lugar.
Un tomacorriente entre dos máquinas expendedoras de café y dulces salvó la cobertura. Junto a otro compañero Andrés Jaramillo, recargamos las baterías de nuestros celulares. 9 horas de transmisión continúa por Twitter afectaban al aparato.
Mientras daba vueltas en busca de posibles lugares de escape, empezó una intensa balacera. Encontré a Vicente y subimos por las gradas hasta el baño. Andrés se quedó en medio de las dos máquinas inmóvil. Él fue quien grabó, con su celular conectado al tomacorriente de una máquina expendedora, estos videos que pasarán a la historia:


