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Yo soy soltera, no tengo hijos porque no tendría tiempo de hacer lo que hago”, dice Calendaria Barrera. Ella es una líder de una comunidad indígena del norte de Guatemala que lucha porque las mujeres tengan acceso a capacitaciones y trabajo dentro de sus propios hogares.

Candelaria (38 años) trabaja con el Programa Mundial de Alimentos (PMA), que desarrolla un proyecto que involucra a las mujeres de 38 comunidades indígenas de Guatemala con el objetivo de que produzcan sus alimentos y generen ingresos. Esta experiencia se mostró a periodistas de Ecuador, Brasil, Venezuela, Honduras y Guatemala.

Barrera es una excepción dentro de su comunidad, donde es común que las mujeres se casen y tengan hijos a temprana edad. Muchas veces ha sido criticada por eso. Gracias a la agricultura, mujeres como Barrera han mejorado la calidad de vida y se han dado cuenta que no necesitan depender de sus esposos.

Enrique Murguia, del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, dice que el trabajo con la mujer indígena ha sido muy difícil. “Los hombres no dejaban que la mujer se capacitara. Por eso, el proceso empezó con una sensibilización a los esposos”.

El PMA enseña técnicas de cultivo a las mujeres. Cada familia recibe semillas de hortalizas y abono para poner en práctica lo aprendido. Además, entrega fréjoles, maíz y aceite para complementar su alimentación, pues tienen que enfrentar épocas de inundaciones y sequías.

Un ejemplo de organización es la Cooperativa de Mujeres 4 Pinos, formada en el 2010. Las mujeres asociadas venden sus productos a la cooperativa y sus representantes se encargan de la comercialización. María Ávila, una mujer de contextura gruesa, entró a la cooperativa hace un año. Dice que gracias a que puede cultivar y vender sus productos ha comprado su casa. “Antes pasaba torteando (haciendo tortillas de maíz), y no era suficiente para alimentar a mis 12 hijos. Ahora, sembrando, mantengo mejor a la familia”.

Amanda Cardosa es otra beneficiaria del programa. “Mi esposo no me dejaba salir hasta que se dio cuenta de que estaba luchando por algo importante. Ahora tenemos cultivos de maíz. Una parte lo vendemos, pero nuestro consumo es la prioridad porque no podemos quedarnos sin comer”. Amanda también lidera otra comunidad y ha motivado a que 225 mujeres más se unan al programa.

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