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La imagen colonial del venerado Niño de Isinche, que descansa en la hacienda del mismo nombre, en Pujilí, Cotopaxi, es motivo de atracción para los fieles de varias regiones del país.

Fijada en una de las 1 000 urnas que posee, la mayoría donadas por los creyentes, la bella figura es festejada, con rezos, cánticos y flores.

Originales y coloridas comparsas, presididas por los priostes, concurren a los jardines de la hacienda, cuyo propietario, Bolívar León Lara, siempre está dispuesto a que todos se acerquen al Niño de su devoción. Figura que, para cientos de fieles, es el centro de sus vidas. Si viajan, consiguen trabajo o se casan, lo primero que hacen es agradecer al Niño en su capilla barroca, una réplica de la Compañía de Quito, ya que la hacienda, en la Colonia, era uno de los grandes obrajes jesuitas.

Si bien desde 15 días antes de la Navidad, los creyentes danzan junto al Ángel de la Estrella, los caporales, los negros, las chinas, los payasos, el apogeo del festejo se vive entre el 24 y el 25 de diciembre. Viene gente de Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo; allí están los emigrantes de EE.UU. y Europa que obsequian trajes (el Niño tiene un ropero de 5 000 vestidos de varias épocas) al ser de sus milagros.

Dice la leyenda que el Niño sale a jugar, junto al río, con los pastores. Sus huellas quedan en las piedras.

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