Especial desnutrición :: EL COMERCIO

ESPECIALES DATA DESNUTRICIÓN INFANTIL

La erradicación de la desnutrición infantil, otra deuda de Ecuador

El Ecuador asumió la eliminación de la desnutrición crónica desde hace tres décadas y aún no logra resultados satisfactorios. La última encuesta de referencia nacional del 2012-2014 estableció que 24 de cada 100 niños menores de cinco años presentan retardo en su talla. Las provincias más afectadas y que registran una cifra superior al promedio nacional son: Chimborazo, Bolívar y Santa Elena. En estas localidades, principalmente, en sus zonas rurales se evidencia que hay al menos tres factores asociados a este padecimiento que no permiten avanzar en su reducción: pobreza, mala calidad del agua e inadecuada alimentación.

Actualmente, 24 de cada 100 infantes no tiene la estatura acorde con su edad.

La actual autoridad sanitaria reconoció que se han implementado siete programas desde 1993, pero a ninguno se lo dejó madurar lo suficiente para ver si funcionó o no. Para los próximos cuatro años está previsto el estreno del Plan Intersectorial de Alimentación y Nutrición Ecuador 2018, que incluye el levantamiento de una nueva encuesta. EL COMERCIO DATA preparó este especial multimedia que profundiza en las diferentes aristas de esta problemática, que impacta en la población más vulnerable: los niños.


Baja estatura y poco peso, indicadores básicos del niño desnutrido

El personal médico del Ministerio de Salud Pública realiza controles periódicos de peso y talla, de acuerdo con la edad de los infantes.

La desnutrición crónica se ve reflejada en el crecimiento que alcanza un niño en longitud o talla de acuerdo con su edad. Cuando se presenta un retardo en esta medida, expresada en centímetros, se debe a que el aporte de nutrientes para su organismo ha sido insuficiente o ha presentado enfermedades infecciones recurrentes (diarreas y fiebres).

Las cifras promedio de estatura de los niños y niñas ecuatorianos con esta patología revelan que desde que nacen hasta los cinco años no logran tener la talla estándar, que establece la Organización Mundial de la Salud (OMS). De acuerdo con los resultados del monitoreo del estado nutricional de los niños, que el Ministerio de Inclusión Económica y Social entregó a EL COMERCIO, a escala nacional hay una prevalencia de 20,1% de niños con baja talla para su edad. Esto representa 37 416 infantes, a abril del 2017.

Estos pequeños, según la norma técnica de articulación intersectorial que lleva adelante esta cartera de Estado con el Ministerio de Salud desde febrero del 2016, deben asistir mensualmente a un centro de salud para su control de peso y talla e Índice de Masa Corporal (IMC).


El retardo en la talla es mayor entre los niños indígenas de las comunidades rurales de la Sierra y cuyas madres registran un nivel de escolaridad mínimo. Adrián Díaz, asesor en salud familiar de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), explica que todos los niños del mundo tienen los mismos factores de crecimiento, pero deben ser respaldados por una adecuada alimentación y un entorno favorable.

En el caso de las comunas ecuatorianas, el problema no es la falta de alimentos, sino el limitado acceso a una dieta equilibrada, lo cual está asociado a la pobreza y al desconocimiento. También carecen de servicios básicos y no viven en un entorno saludable.

Díaz cita, por ejemplo, que en los hogares todavía se cocina con leña y el humo se mantiene en el interior de las viviendas. Esto genera enfermedades respiratorias recurrentes en los menores. La falta de agua potable, en cambio, provoca que se llenen de parásitos, los cuales absorben los nutrientes de los alimentos.

Por otra parte, la prevalencia de la desnutrición es mayor en niños de madres con un nivel de escolaridad bajo. Julieta Sarzosa, coordinadora de Salud de World Vision, anota que en los casos de madres adolescentes ya arrastran previamente un historial de malnutrición, por lo que no tienen los nutrientes suficientes para sus bebés. Los egresos hospitalarios a escala nacional por crecimiento fetal lento, desnutrición fetal y trastornos relacionados con la gestación corta y el bajo peso al nacer pasaron de 4927, en el 2012, a 4784, en el 2016. En cuatro años bajó 2,9%, sin embargo, en el 2014 hubo un pico de 6154 egresos por esta causa.


La Sierra registra las tasas más altas de desnutrición

Chimborazo lidera la desnutrición crónica en el país

“Aquí, la costumbre ha sido salir a la ciudad con lo poco que podíamos cosechar y venderlo. Con esas ganancias adquiríamos arroz y fideo, lo más barato de la tienda. Desconocíamos que nos hacíamos daño”.

Así María Alejandra Alvarado, presidenta de la Asociación de Mujeres de Sanancaguán Alto, describe en qué consiste la alimentación diaria de esta comunidad ubicada en el cantón Guamote, a dos horas de Riobamba, capital de Chimborazo.

Esta práctica lleva al menos 20 años y ha impactado, principalmente, en los menores de cinco años de las zonas rurales, como Sanancaguán Alto. En esta provincia, la tasa de desnutrición crónica se ubica en 48,8 por cada 100 niños, según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut 2012-2014) del el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) y el Ministerio de Salud Pública (MSP). Esta cifra ubica a Chimborazo en el primer lugar de la lista a escala nacional.

Alvarado reconoce que en la época de sus abuelos se alimentaban mejor y vivían más tiempo, pero con la migración para buscar empleo, como albañiles o cargadores, no se ha dado importancia a las comidas. A sus casas retornan con pan, harina de trigo, bebidas azucaradas y fideo. No hay consumo de frutas, verduras ni hortalizas. Se come poca carne, huevos o leche.

Esta problemática se extiende, principalmente, a las zonas rurales de la Sierra, en donde la tasa promedio es de 38,4 con desnutrición crónica por cada 100 infantes.

En el caso de Chimborazo, las comunidades más distantes están situadas a más de tres horas de las cabeceras cantonales; las vías de acceso están lastradas y hay dificultades de transporte por las distancias y la mala condición de los caminos. Entre estas comunas están: Sablog, Totorillas, Galte, a cuatro horas de Riobamba.

Ahí se concentra la mayoría de casos de pobreza extrema y baja talla en los infantes. Las familias subsisten con menos de USD 2 al día, por lo que dependen del Bono de Desarrollo Humano para subsistir. Sólo en Guamote hay más de 5 000 beneficiarios.

Luis Anilema
Director de la Unidad de Planificación y Desarrollo de Guamote

Según la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades), 64,9% de la población de Chimborazo es considerada de bajos recursos por necesidades básicas insatisfechas.

Nueve de los 10 cantones de Chimborazo tienen mayor porcentaje de pobreza por necesidades básicas no cubiertas. Guamote y Colta son territorios considerados pobres en un 90%.

La falta de ingresos económicos en estas comunidades se debe en gran medida a que las familias cuentan con pedazos de tierra para monocultivos que no cubren su subsistencia y no tienen agua de buena calidad.

“Los niños están llenos de parásitos y sus estómagos se hinchan. Estos absorben los nutrientes y vitaminas de los alimentos y causan diarreas frecuentes”, explica Marco Pineda, médico particular y organizador de caravanas gratuitas de salud en Guamote. Tras el año debieran ser desparasitados cada seis meses.

El Ministerio de Salud lleva un registro periódico del peso y la talla de los niños en las zonas rurales de Chimborazo.

El agua que reciben tiene excesivo flúor y bacterias incluyendo coliformes provenientes de heces fecales, lo que causa las enfermedades digestivas.

La Encuesta de Condiciones de Vida del 2014 del INEC confirmó esta realidad: 46% de hogares en Bolívar reciben el líquido vital por tubería, ríos, vertientes, tanqueros, entre otras vías, que no garantizan su calidad. El 53,2% restante recibe agua por la red pública.

Para Luis Anilema, director de la unidad de Planificación y Desarrollo de Guamote, la ubicación geográfica dispersa de las comunidades es uno de los factores que dificulta dotar de agua a los poblados más distantes. “Es muy complejo administrar un cantón donde las comunidades más distantes están a 3 700 metros de altura en el páramo. Llevar el servicio hasta allá es carísimo”.

El municipio de este cantón ha invertido USD 5 millones en la primera fase de un plan maestro para dotar de agua a la cabecera cantonal y a 22 comunidades.

Los padres o responsables de los niños con desnutrición crónica están obligados a llevarles al control médico.

En la comuna de Sanancaguán Alto, la familia de Jefferson y Ariel, de 3 y 7 años solo tienen un tanque de agua que lo llenan con el agua sin tratamiento que llega al sitio. Esto a su vez hace que no se puedan duchar a diario ni lavar su ropa.

Jefferson mide 97 centímetros y pesa 12.2 kilogramos. Aunque su estatura es normal, según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS), su peso se considera por debajo del promedio (entre 13 y 18 para su edad). Ariel pesa y mide casi la mitad de lo que indicado para ser considerado un niño saludable. Él mide 98 centímetros y pesa 14.7 kilogramos, debería pesar 22. Su tamaño debería superar los 110 cm.

Cuando hablan de su comida favorita mencionan la máchica y el arroz de cebada, sin embargo, son alimentos que se consumen ocasionalmente, cuando es temporada de cosecha de cebada, entre julio y septiembre. El resto del año consumen arroz, fideos, papas y col y cebolla, que sus papás siembran en el patio de la casa.

Pablo y Francisca, sus padres, se dedican a la agricultura y a la ganadería, que en promedio les da unos USD 30 mensuales, principalmente, de la venta de 15 litros diarios de leche. Él es beneficiario del Bono de Desarrollo Humano, que es de USD 50. Es decir, su ingreso suma USD 80, cuando la canasta vital nacional está en USD 497,83 y la canasta básica familiar asciende a USD 708,01

Como en la mayoría de casos, esta familia adquiere a diario los productos más baratos de la tienda local para alimentar a los niños. En la mañana toman leche y huevos de gallina; por la tarde ingieren una sopa ligera de vegetales y carbohidratos (papas, arroz o fideo) y en la noche pan, café o té. Rara vez consumen carnes rojas y blancas, que contienen el aporte proteínico que requieren.

Frente a este problema recurrente en la comunidad de Sanancaguán Alto, las 22 mujeres de la asociación que lidera María Alejandra Alvarado se propusieron a mejorar la nutrición de niños y adultos, a través de un proyecto de agricultura orgánica.

Por su parte el Ministerio de Salud realiza un monitoreo del crecimiento de los niños en visitas domiciliarias y entrega suplementos alimenticios. Entre las estrategias para erradicar este problema también está la entrega de mensajes educativos, a través de los medios de comunicación.

En este 2017 se ha atendido 288 casos de niños con desnutrición y 91 casos de niños con desnutrición crónica. La mayoría (107) están en Colta y Guamote.

“Tenemos mucha resistencia en las comunidades indígenas, donde está la mayor parte de casos de desnutrición. Ellos miran los uniformes blancos de los médicos y lo relacionan con algo malo, por eso estamos en el proceso aprender e incluir aspectos de la cosmovisión andina”, cuenta Pablo Rosero, coordinador zonal.

Los niños llegan agotados a recibir clases en San Juan de Llulundongo

La desnutrición crónica (baja talla para la edad) se presenta en un alto porcentaje entre los 681 niños de San Juan de Llullundongo. Se trata de una comuna rural de la parroquia de Guanujo en el cantón Guaranda (Bolívar), en donde las familias producen maíz y cebada.

Esta actividad agrícola no cubre sus necesidades básicas. Los chicos son pálidos y de baja talla. No captan rápido lo que les enseñan, por ejemplo un infante saludable aprende divisiones en tres o cuatro clases; los que tienen desnutrición crónica se demoran un año y aún les falta… Este bajo rendimiento escolar se observa a diario en la escuela FAE de la comunidad.

Cecilia Guerrero, la rectora del establecimiento, señala que los estudiantes con este problema siempre están con sueño, llegan agotados y no tienen deseo de seguir las clases. Por momentos es como si no estuvieran en las aulas, no atienden a los profesores. “Tengo una niña de 10 años que parece de primer grado”.

Los niños que acuden al centro infantil del Buen Vivir de San Juan reciben cuatro ingestas diarias de comida.

Bolívar es la segunda provincia del país con mayor tasa de desnutrición crónica con 40,8 por cada 100 menores de cinco años, según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut 2012-2014), del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) y el Ministerio de Salud Pública (MSP).

En el recorrido que realizó este Diario por San Juan de LLullundongo, Julio Moreno y Santa Fe, en el nororiente de esa provincia, se observa que en las cocinas de los campesinos priman los fideos, arroz, papas, enlatados, fundas de coladas de dulce, bebidas azucaradas, que no cubren la cantidad de nutrientes que requieren los infantes. El consumo de frutas, verduras y carne es mínima o no existe.

Cecilia Guerrero
Rectora de la escuela FAE de San Juan

Glenda Borja, directora del centro de salud de la primera comunidad, resume de esta forma: las familias comercializan todo lo que producen en sus terrenos, venden en los mercados y las ganancias son para comprar carbohidratos y comida endulzada. En las visitas domiciliares que realiza Borja cada semana ha encontrado niños llorando porque no tienen comida.

No se alimentan uno o dos días hasta que los papás regresan de las zonas urbanas con pan, bebidas azucaradas y coladas de dulce. Marlon de un año y cuatro meses mide 72 centímetros y pesa 7,8 kilos. Esto no coincide con los estándares internacionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que señalan que la talla promedio para esa edad es de 80 centímetros y el peso de 10,6 kilos. Para recuperar la talla, su madre Karina Chimborazo ha incorporado a la dieta frutas, verduras y hortalizas que prepara en papillas.

A la inadecuada alimentación asociada con la pobreza de las familias se suma que las comunidades rurales no acceden al servicio de agua potable. El 46,8% de los hogares de esta provincia obtienen el líquido vital, a través de tubería, carro repartidor, ríos, acequias o canales. Esto según la última encuesta de condiciones de vida del INEC, del 2014. En Julio Moreno hay 208 niños menores de 5 años.

Las familias de las zonas rurales consume pan, fideos y otros carbohidratos en exceso.

De ellos, el 46% tiene baja talla para su edad. “La gente no está acostumbrada a los vegetales. De vez en cuando comen carne", dice Eugenia Fernández, médica del centro de salud.

Michael, uno de sus pacientes, también tiene la edad de Marlon y las mismas deficiencias en peso y talla. Su madre, Gladys Chimbo, lo alimenta con sopas de lenteja, coladas de machica. Los brazos y piernas del pequeño son delgados; ante eso, ella busca una dieta con la que recupere peso y musculatura.

Para ayudarle le recetaron chispas con nutrientes: zinc, hierro, ácido fólico, vitaminas A y C. Estas vienen en polvo y se esparcen en los alimentos en las tres comidas. En Santa Fe hay 143 menores de cinco años y estos más de 53 tienen desnutrición crónica.

Galenos del programa Médico del Barrio visitan a los niños con problemas de salud de la parroquia Julio Moreno.

Diana Tutasi, doctora del centro de salud de esta localidad, cree que los los índices de retardo en talla se están reduciendo con las visitas domiciliares, en donde las madres aprenden cómo es una correcta nutrición. También cuáles son los alimentos que no son aptos para los niños.

Por ejemplo, embutidos, bebidas con colorantes, no utilizar condimentos artificiales, entre otros. Se les permite el consumo de frituras una sola vez a la semana. Les indican que les permitirán el uso de leche en polvo, previo informe de los Centros Infantiles del Buen Vivir (CIVB).

Los alimentos no llegan a las comunas más aisladas de Santa Elena

Su llanto es potente, aunque no ha ganado fuerzas para empezar a caminar. Apenas sintió el frío estetoscopio en su pecho no paró de gritar, a tal punto que por el esfuerzo sobresalían sus delgadas costillas, que se estiraban como un acordeón.
Gregory tiene un año y ocho meses pero su talla y peso casi no han variado desde que tenía seis meses. A esa edad pesaba siete kilos y medía 70 centímetros; desde entonces aumentó 0,6 kilos y ganó dos centímetros de estatura.
Una carpeta roja guarda la historia clínica del pequeño en el centro de salud de Pechiche, una comuna rural de la parroquia Chanduy, a unos 90 kilómetros de la cabecera cantonal de Santa Elena. El rojo identifica los casos de desnutrición y Gregory fue diagnosticado con desnutrición aguda.

“Son 5 255 niños de un total de 11 000 menores de entre 0 y 5 años que hemos captado. El 47% tiene algún tipo de desnutrición”, explica el doctor Jorge Macías, director distrital, quien recalca que hubo una reducción del 4% en comparación con el 2016.
3 347 niños del distrito Santa Elena tienen desnutrición crónica (baja talla para la edad), 1 304 padecen desnutrición global (bajo peso para la edad) y 604 sufren las consecuencias de la desnutrición aguda (bajo peso y talla). Estas son las categorías que aplica el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (Unicef).
En la provincia, la tasa de desnutrición alcaza el 37,7 por cada 100 infantes. Santa Elena aparece en el tercer lugar en la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) del 2012-2014.

Durante la hora del almuerzo en el Centro Infantil del Buen Vivir, en Chanduy.

La atención de casos agudos, como el de Gregory, es la prioridad, porque son más propensos a infecciones respiratorias y estomacales. Por eso reciben consultas domiciliarias y cada 15 días pasan por un chequeo completo, que incluye exámenes, ecografías, consejos nutricionales...
“Hay un grave déficit sociocultural, sumado a la deficiencia económica. Muchos de estos niños son hijos de padres adolescentes, que no tienen idea de cómo es una dieta adecuada y se conforman con que tengan la barriga llena con arroz o fideos”, considera Macías. La ubicación de la casa de Gregory está marcada en un mapa de casos vulnerables, colgado en el centro de salud de Pechiche. Por las continuas visitas, la médico general integral Primrose Shamute conoce al detalle su vida.
Sabe que sus padres eran adolescentes cuando él nació, que no terminaron el colegio ni tienen trabajo, y que comparten con otros siete familiares una vivienda sin divisiones internas ni baño propio en el barrio Jaime Roldós.
En abril, Gregory recién aprendió a gatear. Desde entonces se arrastra por el suelo, tratando de alcanzar sus juguetes; los carros son sus favoritos. Mariela, su mamá, dice que en el desayuno le dan coladas y fruta, arroz, papillas o puré en el almuerzo, para camuflar el sabor de los medicamentos que le recetan; y por las noches no hay merienda.

Al pequeño le prescriben hierro, vitaminas -en especial la C, para fortalecer su sistema inmunológico-, micronutrientes y sulfato ferroso -un hierro más concentrado porque tiene anemia-. “Le gustan las naranjas y las mandarinas. También come brócoli y coliflor, pero todo licuado”, le cuenta Mariela a los doctores durante una consulta en casa.
Antonio, el padre, le presta más atención al televisor que a la visita de los médicos. La abuela tiene lista la olla con arroz; para ese día dijo que prepararía hígado, aunque no lo mostró. Solo el sueldo básico del abuelo de Gregory sostiene el hogar y al días invierten unos USD 2 en comida.

Los niños desnutridos reciben suplementos nutricionales.

Shamute duda de la dieta que describen Mariela y su suegra. Sabe que en Santa Elena hay muchos poblados aislados, donde es difícil el acceso a alimentos de calidad, frescos y variados. Irónicamente, aunque están cerca del mar, la alimentación incluye bajas porciones de pescado. Y la carne de res es escasa.
"A Pechiche no llega todo tipo de alimentos. En frutas solo traen manzana, guineo y mandarina, por temporadas. Para tener algo más variado tienen que viajar a La Libertad o Santa Elena, un viaje que cuesta USD 3. Como no hay dinero para salir, comen lo que hay". Una camioneta destartalada es el mercado ambulante que recorre esta comuna de calles polvorientas, donde viven 5 700 personas. En el balde, los vendedores ofrecen unas cuantas legumbres polvorientas, una que otra fruta y pescados pequeños que parecen el rechazo de las faenas.

Alexandra Díaz
Nutricionista del distrito de Santa Elena

Pocas proteínas y muchos carbohidratos predominan en los hábitos alimenticios de la mayoría de santaelenenses, como resume la nutricionista Alexandra Díaz. “Hay un bajo consumo de frutas y vegetales. Lo más común acá es el caldo de pescado, pero muy bajo en proteínas”. Para mejorar la dieta de Gregory, los médicos le aconsejaron a Mariela inscribirlo en el Centro Infantil del Buen Vivir (CIBV), de Chanduy, la parroquia a la que pertenece Pechiche. Allí, 18 niños reciben cuatro comidas al día y hay una dieta especial para los cinco pequeños con baja talla y peso. Los casos de desnutrición son detectados en los chequeos médicos de abril y octubre, que son parte de un acuerdo entre los ministerios de Salid e Inclusión Económica y Social.

María Belén Villón coordina de centro de Chanduy y muestra las tablas de nutrición colgadas junto a la puerta de entrada. Los nombres de los niños atraviesan la mitad de una curva ascendente y los van moviendo según la evolución de cada uno.
Las curvas de crecimiento son la herramienta para identificar los casos de desnutrición. Los médicos del Ministerio de Salud de Santa Elena explican que algunas han sido adaptadas, porque por lo general son europeas. Genéticamente, los habitantes de esta zona de la Costa tienen baja estatura y eso también es tomado en consideración al momento de dar los diagnósticos.

Primrose Shamute en una visita médica domiciliaria.

En los CIBV (hay 90 en la provincia), los niños con déficit recibe un huevo diario, coladas, avenas y una cucharadita de aceite vegetal por cada porción de arroz. Samira parece sumergirse en el plato de sopa que le sirvieron al mediodía.

Es la más pequeña de su salón, aunque no por edad. Tiene 2 años y 10 meses y los médicos dicen que debería pesar 12 kilos y alcanzar los 85 centímetros de altura. Según la curva de crecimiento tiene 82 centímetros y 10 kilos. Samira luce tímida y no es tan diestra para las actividades de motricidad. Mientras sus compañeros avanzan rápidamente, formando un trencito, ella se estancó en un rincón.
La desnutrición puede dejar secuelas profundas y una de las más evidentes es el déficit de aprendizaje. Gregory intenta caminar pero sus delgadas piernas se enredan. Quiere hablar pero solo balbucea algunas palabras, entre ellas mamá. Mariela se alegra al oírlo y le da el pecho como recompensa -también cuando llora sin control-. Ya no debe hacerlo. A su edad el niño necesita comer más sólidos, pero a menudo los rechaza.



Tres factores asociados a una nutrición inadecuada

Los niveles de pobreza bajaron pero la desnutrición crónica aún persiste

La estatura que alcanzará un niño cuando llegue a ser adulto se asegura en los primeros 1000 días de vida, contados desde los nueve meses de gestación y los dos primeros años. En ese período se deben garantizar adecuadas condiciones para la madre y el niño con agua, saneamiento básico y un entorno saludable.
A esa conclusión llega Adrián Díaz, asesor en salud familiar de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), ya que la pobreza es uno de los factores que más inciden en esta problemática y, sobre todo, en las zonas rurales del país.
La prevalencia de déficit en el crecimiento es más alta en los hogares del quintil más bajo de condiciones de bienestar, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012 - 2014 (Ensanut). Si la desnutrición se registra durante la gestación y los primeros dos años de vida, las madres tendrán bebés con un peso y tamaño inferior al adecuado, lo que aumenta las posibilidades de desnutrición en las siguientes generaciones.

Adrián Díaz
Asesor en salud Familiar de la Organización Panamericana de la Salud (OPS)

Según el Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC), los índices de probreza extrema en esos sectores se redujeron en los últimos años. Pasó de 33,3% en el 2007 a 17,9% en 2017.
En las zonas campesinas de Bolívar se puede constatar las condiciones de pobreza. Cientos de familias, de seis o siete personas, sobreviven con ingresos inferiores al salario básico unificado de USD 386. No tienen recursos económicos para adquirir alimentos saludables.

La pobreza también abarca –según Ensanut- la falta de acceso a la tierra, un empleo remunerado, los servicios de saneamiento de mala calidad o inexistentes, entre otros. Por eso, es frecuente que los padres de las zonas rurales viajen a otros pueblos o ciudades para conseguir trabajo y mantener a sus familias.

El 70% del agua que se consume en zonas rurales es entubada

La baja calidad del agua potable es uno de los factores que más inciden en la desnutrición de los niños menores de 5 años. Esta problemática se ahonda cuando existen malas prácticas de higiene o una deficiente manipulación de alimentos que conllevan al incremento de enfermedades de origen hídrico como las diarreas o parasitosis.

Lo indica Humberto Cholango, subsecretario nacional del agua. Con base en datos del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC) señala que la cobertura del líquido vital en las zonas rurales se amplió en 10 años. Pasó del 31,11% en el 2007 a 70,91% en 2017.

No obstante, todavía hay retos por cumplir: mejorar el servicio ya que el 70% del agua que se consume en las zonas rurales es entubada. Un 51% se trata en plantas de procesamiento artesanal.

Ante eso se implementará el programa ‘Agua y Saneamiento para Todos´'. Su objetivo es fortalecer la equidad social, a través de la dotación de servicios básicos de calidad para la gente. En la primera fase del plan se firmaron acuerdos de financiamiento con 55 municipios del país. 1,6 millones de personas, sectores rurales y urbanos, serán los beneficiarios.

El proyecto cuenta con una inversión de USD 2 000 millones para los próximos cuatro años. También se busca evitar que se repitan historias como las de la comunidad San Juan de Llullundongo en Bolívar. Quienes viven allí se quejan que tienen agua cada 15 días y proviene de una acequia.
Eso repercute en la calidad de vida de los pobladores. No pueden lavar sus alimentos adecuadamente y el líquido con el que preparan su comida puede generarles enfermedades.

Humberto Cholango
Secretario nacional del Agua

El reto está en que las madres aprendan a alimentar a sus hijos

El consumo excesivo de carbohidratos como papas o arroz, sopas de harina, coladas de dulce, avenas y fideos inciden en la baja talla y es parte de la dieta cotidiana en las zonas rurales. El problema se agudiza cuando esos alimentos no son complementados con verduras, frutas o carne, fundamentales para el crecimiento infantil.

Para Julieta Sarzosa, coordinadora de Salud de World Vision, es fundamental que las madres se eduquen sobre el tipo de alimentación que requieren sus hijos. Es necesario que distingan la calidad de los alimentos y cómo pueden combinarlos. No abusar de las pastas, los dulces, las harinas, entre otros carbohidratos.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) del 2014, que se realizó con cifras del 2012, señala que los niños de madres con bajo nivel educativo presentan una mayor prevalencia de retardo en talla en comparación con las de mayor formación. El estudio refiere que, según el nivel de escolaridad de la mamá, 38,8 de cada 100 chicos tienen mamás analfabetas y 27,6 apenas terminaron la primaria.

Tener una alimentación saludable es posible. En el mercado 10 de Noviembre de Guaranda (Bolívar) se consigue un brócoli grande a USD 0,50 y 0,25 el pequeño. Al mismo precio se puede conseguir la coliflor y lechuga. USD 1 cuestan las cinco manzanas y las fundas de fréjol blanco o arveja.
Mientras que una libra de fideo vale USD 0,50. Cada enalatado vale de USD 1 en adelante, dependiendo la marca. Igual las fundas de avenas o coladas de dulce.

“No es falta de alimentos,lo importante es tener dietas y combinaciones adecuadas para aprovechar los nutrientes necesarios que contribuyan al crecimiento y desarrollo”, precisa Sarzosa.

Créditos: Editora: Gabriela Quiroz. Periodistas: Diego Bravo, Cristina Márquez y Elena Paucar. Infografía: Joe Alvear. Fotografía: Galo Paguay, Glenda Giacometti y Enrique Pesantes. Diseño: Diseño web