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Raspando un poco la capa de frivolidad, el affaire del general Petraeus con su guapa y entradora biógrafa, la señora Broadwell, permite varias lecturas. Es imposible no asombrarse, una vez más, de la doble moral del puritanismo norteamericano que crucifica a un hombre destacado por una cana al aire donde no hay espionaje ni abuso de poder, pero le siembra el pecho de medallas por las guerras imperiales que costaron miles de vidas inocentes, sin contar las misiones que habrá dirigido en la CIA. Porque, seamos francos, si ese linchamiento por un lío de faldas se aplicara en los ejércitos de las democracias del ancho mundo, casi no quedaría mando con cabeza. Para no hablar de esas dictaduras donde coroneles tipo Gadafi simplemente se apropian de cientos de esclavas sexuales.

Alguien más suspicaz pensará que aquí hay gato encerrado pues tampoco se entiende que un agente apasionado del FBI, que termina mandando fotos de su torso desnudo a la otra señora implicada en el affaire, empuje una investigación destinada a comerse a un héroe militar, quien se derrumba al día siguiente de las elecciones presidenciales con un pretexto anterior a Bengasi. En los moralistas años 50, según varios autores, el director del FBI era un gay disimulado que se vestía de mujer en sus farras en Washington, y nadie le tocaba un pelo. (Nadie que él no quisiera, se entiende.) Hablo de J. Edgar Hoover, encarnado por Leonardo Di Caprio en una sobria película que apenas insinúa el problema. Por el contrario, ¿qué sistema de inteligencia es éste de la CIA cuyo director puede ser derribado tan fácilmente?

La respuesta se halla en un grueso libro de tapas rojas: ‘Legado de cenizas. La historia de la CIA’, escrito por Tim Weiner, reportero del New York Times. Desde los jerarcas chinos hasta cualquier hijo de vecino, todos guardábamos de la CIA la imagen de una maquinaria aceitada, superpoderosa y eficiente, que cumplía sus objetivos hasta en el último rincón del planeta. (En Ecuador llegó a tener a un vicepresidente a sueldo, según Philip Agee). Pero la realidad es otra.

Que la CIA fomenta crímenes políticos, campañas de desprestigio y golpes de Estado no es noticia para nadie; lo que asombra en la lectura de esta profunda investigación, que obtuviera el National Book Award, es la serie de fracasos, chambonadas, equivocaciones, incluso de manipulaciones para engañar, no al resto del planeta, sino a los propios presidentes de los Estados Unidos. Aunque todo es relativo y contaminado pues “errores” como el informe de las supuestas armas de destrucción masiva en Irak, o “aciertos” como el apoyo al golpe del general Pinochet, conducen por igual a baños de sangre.

En la crónica rosa, el general Petraeus cayó porque su amada se puso celosa. Si quiere dormir tranquilo, quédese con esa versión.

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