Alexandra Kennedy-Troya

Zona púrpura

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Todos vivimos las restricciones de la zona azul de parqueo. Durante el día pagamos una cantidad establecida para que nos cuiden el auto; son personas autorizadas cuya zona de protección y tarifas han sido establecidas por parte del Municipio. Pero ¿qué pasa por la noche? Existen áreas de alta densidad de parqueo alrededor de lugares de ocio: bares y restaurantes, discotecas, estadios, prostíbulos. A partir de las 20:00 otro grupo de personas anónimas se toma las calles, cobra y protege a discreción; el usuario de estos espacios públicos queda a merced de ellos. Se dan abusos de parte y parte. La oscura calle se convierte en tierra de nadie.

Sufrido a diario, este problema ha sido visibilizado por un equipo de estudiantes de la clase Taller de medios mixtos, dictada en la Universidad de San Francisco para combatir el abusivo ejercicio del poder en lugares cotidianos. Se trata de hacer que la ciudadanía y las autoridades tomen conciencia de ello y regularicen situaciones de conflicto. Para ello se han establecido parámetros de medición en base a encuestados de lado y lado. Así, se conoce que la mayoría de cuidadores informales gana alrededor de USD 40,oo por noche, el doble del salario básico; tienen a su cargo unos 14 carros; que el espacio de cuidado se hereda y que las alianzas entre grupos de diversa nacionalidad, raza, género y oficio, son estratégicas para la protección tanto de los objetos que cuidan como de su propia seguridad. Unos permanecen de martes a domingo, otros, de miércoles a sábado; cada conductor debe pagar hasta USD 3, sin valorar el tiempo que su vehículo permanece en el lugar. Usualmente exigen el pago por adelantado, el chofer accede por miedo a represalias; a la vuelta, el “cuidador”, en ocasiones, ha desaparecido. Hay que hacer el pago sin chistar, es la ley impuesta por estas personas. En muchas ocasiones existe agresión verbal de lado y lado.

Algunos cuidadores mencionan pertenecer a una asociación cuyo nombre no se divulga pero a la que el cuidador debe responder con un “aporte” quincenal o mensual. Al parecer no van armados, es su presencia y la alianza pactada con otros (cuidadores o vendedores de entradas) la que ofrece un servicio evidentemente no garantizado. Están usualmente protegidos por la Policía; según los encuestados, estos ayudan a controlar la violencia, no les molestan, ni les dicen nada. No se habla de coimas, ni aportes, pero quién sabe… Entonces, ¿qué hacer para regularizar esta actividad sin llegar a la moderna instalación de medidores que vemos en otras ciudades y dejar en la calle a cientos de personas que viven de este trabajo? Una máquina cobradora tampoco garantiza seguridad. Habrá que pensar en una “zona púrpura” en donde los municipios establezcan claramente las reglas del juego y recibamos una verdadera protección.