24 de March de 2011 00:00

El yodo nuestro de cada día

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En territorio ecuatoriano el yodo es parte del pan nuestro de cada día desde hace 25 años ininterrumpidos: por imperio de la ley la sal de consumo humano debe ser yodada. Se trata de una política de Estado con el fin de controlar los desórdenes por deficiencia de yodo (DDY), devastadores especialmente en los sectores de bajos ingresos pues se suman y potencian a los efectos de la malnutrición.

Eso del yodo nuestro de cada día no es tan solo un decir. En pocas semanas de que se suspendiera el consumo de sal yodada habría ya mujeres embarazadas cuyos niños presentarían retardo mental irreversible y otras minusvalías. De ahí que el Programa de Control de los DDY, creado en 1985, haya contado con el apoyo político de casi todos los gobiernos y de la colaboración del Unicef y la OPS/OMS.

Durante el Gobierno actual se han dado situaciones extraordinarias. Por razones escuetamente comerciales la Comunidad Andina trató de imponernos la libre importación de la sal de consumo humano, parte de la cual vendría del Perú y no era yodada. El Presidente en persona paró aquella invasión, a tiempo que decidía la creación de un Comité Técnico Científico de apoyo al Programa de Control de los DDY, de responsabilidad del Ministerio de Salud. Como en la CAN no se oyen otras razones que no sean comerciales, resulta que a nuestro país se le conminó a que abriera sus puertas al ingreso de sal de mesa so pena de retaliaciones que daban miedo.

Reaccionamos con dignidad: no ingresaría un solo gramo de sal sin antes contar con el Registro Sanitario y el control de sus niveles de yodación que debían ser los que dispone la legislación ecuatoriana. Como penúltimo acto, vino un representante del Perú a informarse de las razones y prácticas de nuestro pronunciamiento.

Así como para que el pan nuestro de cada día llegue a todos también en cuanto al yodo no paran los problemas. Ante el Comité Científico Técnico de Apoyo, el Director del Programa de Control de los DDY dio a conocer que importantes determinaciones de laboratorio no se habían realizado por falta de un reactivo y el concurso de una bioquímica, desde hace tiempos. Se agregaba el empeño de fragmentar el Programa, con lo cual responsabilidades y acciones que responden a un mismo plan operativo sufrirían quebranto. Si a esto se suma que al Director del Programa se le anunciaban retaliaciones, que “los trapos sucios se lavan en casa” y que a los representantes de la comunidad científica del Comité de Apoyo no debía citárseles, las cosas llegaron al colmo. Los especialistas aludidos solicitaron audiencia al ministro Chiriboga. Se manifestó sorprendido por lo que acontecía, y decidió que se mantendría el Programa, contaría con los recursos necesarios y su apoyo político. Bien por el Ministro de Salud.

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