Vicente Albornoz Guarderas

Yachay, crisol del correísmo

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Yo insisto que la constitución vigente debería llamarse “La Carta Rosa”, porque fue redactada por un montón de gente que vivía en nubes rosadas: desconectados de la realidad, desconocedores de lo que es la producción o de cómo se genera empleo. Gente con unas ideas utópicas hasta la irracionalidad y con una enorme dosis de resentimiento social.

Y luego, esa misma gente tan desubicada, tan absolutamente perdida, empezó a administrar una cantidad enorme de dinero cuando los ingresos del gobierno se triplicaron (ya sea porque el precio del petróleo se disparó, porque el gobierno se endeudó con locura o porque se cobró más impuestos). El hecho final es que estos desubicados y desconectados, tuvieron un montón de plata pública a su disposición (favor no olvidar la palabrita “pública”).

Una parte de la desconexión con la realidad consistía en la confianza absoluta de que el gobierno siempre sabe más que los ciudadanos, de que los burócratas son infalibles y que, por lo tanto, saben más y son mejores implementando cualquier cosa. Se olvidaron que los burócratas son seres humanos tan imperfectos como el resto, pero que, como manejan plata pública, la administran con más liberalidad que los demás.

E hicieron una constitución en la que no hay espacio para fiscalizar, en la que el presidente lo controla todo (ya sea directa o indirectamente). Y resultó que seres que nunca habían administrado nada, pero que estaban llenos de la arrogancia del ignorante que se cree moral e intelectualmente superior, pasaron a administrar enormes sumas de dinero que nadie fiscalizaba.

Dinero, ignorancia, arrogancia, desconexión con la realidad y ausencia de fiscalización unen en un sólo acto todo lo que fue el correísmo y en pocos sitios se funde con tanta claridad como en esa perla del despilfarro llamada Yachay.

En Yachay, como nunca han sabido que la producción es lo más importante en la economía, no les importó destruir la agricultura de unas tierras privilegiadas. Como no tenían conciencia de lo que es la plata ajena, no había que preocuparse por arrancar desde cero en la construcción de infraestructura en lugar de usar algo ya existente.

Y como nadie les controlaba, ni siquiera era relevante construir bien. Como el petróleo estaba en USD 100, se podía traer a cualquier profesor, sin importar lo que cueste. Y, sobre todo, como el gobierno es sabio, era seguro que las empresas privadas iban a adorar el mamotreto y gastar millones construyendo autos eléctricos.

“Y hoy, oh patria”, en lugar de una “noble y magnifica herencia”, lo único que tenemos es menos agricultura, más edificios inservibles y burócratas dispuestos a defender sus privilegios a dentelladas.