Farith Simon

Yachay Tech

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La Universidad Pública Yachay Tech se presenta como un símbolo de la revolución ciudadana, la expresión palpable de su ‘revolución del conocimiento’, parte de una idea más general: pasar de una economía basada en los recursos finitos (los recursos naturales) a recursos infinitos (el conocimiento). Una obra que esperan sea memorable, destinada a trascender a las obras físicas, de manera que la humanidad –al menos la Patria Grande- jamás olvidará a los visionarios que nos colocaron en el mapa del conocimiento a nivel mundial. El propósito, así se nos ha dicho, al fundar Yachay Tech era contar con una universidad de talla mundial. Ser la mejor del Ecuador o de Latinoamérica era una pretensión diminuta, muy limitada para los grandes sueños de sus impulsores.

Crear algo tan gran grande, tan relevante, de tanta importancia y trascendencia, requiere de atrevimiento, de voluntad; también implicaba superar obstáculos internos, como la ‘incomprensión’ de muchos ‘limitados’ que no entendíamos –que no entendemos- por qué no se usaba esos recursos, cientos de millones, para fortalecer a las universidades y politécnicas públicas ya existentes.

Buscar que la universidad ecuatoriana sea de categoría mundial es algo en que todos estamos de acuerdo; un proceso de largo plazo con muchas variables en juego: infraestructura, profesores altamente competentes, producción científica, prestigio, formación de líderes, contribución a la comunidad, calidad curricular, estudiantes de excelencia, etc. Para alcanzar esto, además de la calidad pedagógica (profesores a tiempo completo, capacitados, bien pagados), se contrataron ‘gestores’ generosamente remunerados a los que se ha dotado de medios económicos pagar sueldos, consultorías, para contratar a ‘cazadores de talentos’ que a su vez identificarán a los ‘mejores’ en el mundo, para que –en el corto plazo- obren el ‘milagro’ de que Yachay se convierta en ese centro de estudios de calidad internacional, demostrando que la ‘revolución ciudadana’ puede alcanzar algo que a las universidades más importantes del mundo les costó muchos años.

Buscar lo mejor, contratar al mejor, pagar altos sueldos, consultorías millonarias para rediseñar un ‘campus’ (recién inaugurado), gastar cientos de miles de dólares en viáticos y viajes para que candidatos a profesores vengan al país a entrevistarse, en principio, no es una irregularidad. El gastar mucho no –siempre- es igual a ilegalidad, pero en el contexto económico actual al menos es una muestra de insensibilidad e inconsistencia con lo que se pide desde el Estado a todos los ecuatorianos, y con las medidas para reducir la salida de dólares o con los controles a los que se somete a las universidades públicas y privadas.

Es probable que la Contraloría informe que no encontró irregularidades en todo lo que ahí se ha hecho, pero a mí no se me quitará el mal sabor de comprobar –una vez más- el abismo existente entre el discurso, lo que dicen, y la realidad, lo que hacen en la autodenominada revolución del conocimiento, que a este paso está cerca de ser recordada como la revolución del derroche.

@farithsimon