2 de July de 2010 00:00

Ya no soy de la Liga

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Juan Esteban Guarderas

Es cierto, ya no lo soy. Lo extraño es que en el pasado apoyaba a un equipo con el que no tenía ninguna conexión real; no he jugado en él, no formo ni formé parte de la directiva, etc. Cuando realicé lo irracional que era el apoyar a algo sin fundamento, dejar de ser hincha se me volvió necesario.

Este raro comportamiento que tuve se explica fácilmente; las costumbres futboleras se han vuelto parte de la moral social. Y ahora en nuestra sociedad, tan básico como tener un nombre, se ha vuelto el ser hincha de un equipo de fútbol.

Con esto en mente, decidí presentar ante el grupo anarquista parisino Louise Michel el siguiente argumento libertario acerca del deporte. En los años setenta, en un debate acerca de la existencia de la naturaleza humana, Noan Chomsky explicaba que los rasgos inherentes al hombre, tales como la creatividad o la búsqueda de libertad, solo podrían realizarse y explotarse hasta su punto máximo en un sistema anarco-sindicalista.

Michel Foucalt respondió que antes que plantear un sistema ideal para el hombre, hay otra tarea política más apremiante. Se identifica el poder político con el Gobierno estatal y las instituciones a través de la cuales éste lo ejerce. Sin embargo, hay un sinnúmero de otras instituciones que ejercen poder político sobre los individuos. El filósofo nombró a la Universidad o la Psicología como instrumentos que cumplen funciones de segregación social y exclusión de clases. Pues bien, según él, es imperativo que la sociedad identifique estas instituciones y las critique. De tal manera que se pueda neutralizar el efecto represivo que estas realizan.

Considero perfectamente posible incluir en esta categoría el deporte profesional y el fanatismo social que lo acompaña. En base a este, hemos incorporado un cuerpo de normas sobre aquello que es socialmente aceptable. Estas nuevas reglas morales, y las nociones de bien y mal que le son conexas, ya no se establecen como en antaño, en función a lo se percibía como mandatos divinos, o por cuestiones de supervivencia (a.e. enterrar a los muertos, o no comer cerdo). Sino por el contrario, ellas se deben a algo tan fútil como los espectáculos de actividad física.

Si partimos de la premisa anarquista que la esencia del hombre radica en su libertad, y que toda norma es un mecanismo que la limita, solo objetivos de especial relevancia ameritan el establecimiento de reglas. Por lo que son completamente irracionales comportamientos socialmente aceptados tales como reprimir verbalmente a quien alienta a otro equipo; o, peor aún, entender que el valor de la fidelidad se active con algo tan banal como con quien se cambia de hinchada.

Estoy impaciente de ponerme una camiseta del Barcelona, aunque no sea en absoluto su hincha, como un acto de reivindicación de mi libertad.

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