Miguel Rivadeneira

¡Ya basta!

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20 de February de 2012 00:01

Lo peor de todo en una sociedad es la exhibición de odio, venganza, soberbia, vanidad, resentimiento y revancha social. Esas actitudes afectan a las libertades, a un ambiente de respeto mutuo y generan mal ejemplo que termina en agresiones, que deben rechazarse de plano, provengan de donde provengan. Insultar e incitar al ataque y sentirse víctima no es una filosofía humanista cristiana. La violencia siempre tiene un mal fin.

Nelson Mandela, extraordinario hombre sencillo y humilde que pasó 27 años en la cárcel y aunque tuvo motivos para el resentimiento social por el maltrato que recibió (pero nunca le metió mano a la justicia para lograr sentencias favorables y humillar a quien critica), supo perdonar sin condiciones y cerrar la página a pesar de tener el poder de la Presidencia de la República de Sudáfrica. Como auténtico líder positivo en los hechos, no en discursos, fue merecedor del Premio Nobel de la Paz. Igual de grande fue Mahatma Ghandi, líder de la independencia de la India y practicante de la no violencia. Ellos no fueron magnánimos luego de pisotear a quienes hayan discrepado y hasta excedido en sus acciones. El ejemplo es imperecedero y único.

La vida enseña a saber ganar y perder, saber perdonar, sin rencores ni con el más enconado rival. Nunca se podrá vivir solo con triunfos ni el poder es eterno. También debe asimilarse los sufrimientos, las derrotas y los errores que todos tenemos. Lo grave es cuando esas taras perduran, que no se superan aunque se adquieran excelentes conocimientos y preparación profesional. Más aún cuando no se tiene una mentalidad democrática de respeto a los demás, incluso con las críticas exageradas.

Las buenas obras materiales, la ayuda social, la atención a quienes han sido injustamente postergados, la preocupación por los altos niveles de desigualdad en el subcontinente más inequitativo del mundo son loables y merecen el reconocimiento, pero esos buenos trabajos no pueden desarrollarse con acciones paralelas que pretenden aniquilar a los supuestos o reales culpables en una sociedad indiferente.

No se puede pretender matar al mensajero, que refleja los hechos y es un puente entre los problemas de la comunidad y un Estado indolente. Esto no elude responsabilidades y errores cometidos en el camino, pero no se puede vivir para triturar y aniquilar al que se ponga al frente y se atreva a cuestionar. Existe un poder constituido que merece respeto pero también a los otros sectores que cumplen su tarea en la sociedad y por tanto están obligados a señalar las cosas, sin miedo y con garantías, por dolorosas que sean. Más aún cuando subsiste corrupción e impunidad rampantes, con la complicidad de los entes de control y la administración de justicia, que son los llamados a actuar de acuerdo con el ordenamiento jurídico.