Carlos Alberto Montaner

El poder y la muerte

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8 de November de 2011 00:01

Ocho presidentes norteamericanos murieron mientras ocupaban la Casa Blanca. Cuatro fueron víctimas de enfermedades y cuatro, asesinados a tiros. Estas enormes conmociones políticas no impidieron el funcionamiento de las instituciones. Los vicepresidentes ocuparon pacíficamente la casa de Gobierno, los cadáveres fueron solemnemente enterrados, la sociedad continuó imperturbable sus actividades.

Ese es el extraordinario aporte norteamericano a la historia contemporánea: un modelo de Estado basado en la ley y en el funcionamiento de las instituciones, legitimado por el consentimiento de los gobernados, en el que el peso de las personas seleccionadas para dirigirlo provisionalmente, es poco significativo. Las sociedades que siguen este ejemplo han conquistado la estabilidad y el progreso continuado.

Existen otras formas de gobierno más frágiles, como el caudillista. Los seguidores de Hugo Chávez temen que el cáncer acabe con él y, de paso, barra con el Estado que maneja como le da la gana. Los venezolanos ya pasaron por eso. Entre 1908 y 1935 mandó el general Juan Vicente Gómez, un caudillo rural feroz, taimado e inescrupuloso, que de alguna manera echó las bases de la Venezuela moderna con la explotación petrolera. ¿Qué ocurrió cuando murió?

Antes de seis meses, la enorme fortuna acumulada durante 27 años de tiranía y corrupción fue confiscada y Venezuela fue abandonando aquella primitiva organización dirigida a palos por un jefe intimidador para intentar construir un Estado estructurado por leyes e instituciones. No lo lograron hasta 1959, cuando Rómulo Betancourt inició un periodo democrático que duró 40 años. En 1999 ganó las elecciones Chávez y retornó el nefasto sistema caudillista.

Los caudillos suelen llevarse sus regímenes a la tumba. El poder y la fuerza que acumulan en vida lo hacen a costa del debilitamiento del Estado. Sucedió con la dictadura dominicana de Rafael Trujillo tras su ejecución en 1961, con el portugués Oliveira Salazar en 1970, y con el español Francisco Franco en 1975. La descomposición de los regímenes comenzó con la de sus cadáveres.

En 1776, cuando los norteamericanos se lanzaron a luchar contra Inglaterra, y en 1787, cuando redactaron la Constitución, enfrentaban dos escollos tremendos: la recelosa convivencia entre 13 ex colonias soberanas en una nación común, y la transmisión organizada de la autoridad en un Estado que carecía de la indiscutible fuerza estructural que emana de la monarquía.

Nadie en Europa apostaba un dólar por la supervivencia del audaz experimento. Pero funcionó. Por eso los presidentes norteamericanos pueden morirse tranquilamente en la Casa Blanca.