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La fábula alemana “El Flautista de Hamelín” nos recuerda cómo a través de un flautista un pueblo entero logró deshacerse de la plaga de ratas que azotaba, allá por el año 1284. Más reciente es aún la invasión de ratas que sufre París por el desbordamiento del río Sena. Acá en el Ecuador, principalmente en Quito como capital de la República, se empieza a sentir como la plaga de roedores, que se instalaron en el poder en el 2007, comienza a salir de sus madrigueras para ajustar cuentas unos contra otros generando el repudio de toda la población.

Y es que en el año 2007, silenciosamente, el país comienza a infectarse de esta plaga que empezó devorando todo cuanto tuvo a su alcance. Se devoraron medios de comunicación, instituciones financieras, bienes inmuebles. No importaba si eran públicos o privados. Se devoró la honra de gente de alta calidad moral. En fin, devoraron, persiguieron y atacaron a cuantas personas se oponían y trataban de denunciar actos de corrupción de esta novel colonia de ejemplares.

El problema para ellos, comienza cuando, quizás, desde el exterior empezaron a delatarlos y cuando descubren que los repartos fueron injustos. Lo cierto es que esta cacería se da en las mismas entrañas de sus madrigueras, desde el mismo corazón y desde el mismo cuartel donde operaban. Y solo por los ataques entre ellos, entre los de su misma especie, el país comienza a entender el entramado de corrupción que lograron armar. Es de suponer, que sus logros, sus hazañas, sus conquistas las obtuvieron por el sentimiento de invencibilidad que creyeron haber alcanzado. De lo contrario, alguna precaución habrían tomado; alguna estrategia coherente y sólida de resguardo habrían planificado.

Pero algo salió mal. Es posible que no se dieran cuenta que las traiciones son propias de su naturaleza y que el principio básico “el de reconocerse unos a otros” no estuviera previsto en la ecuación. No entendieron que todavía hay gente honesta y valiente que esta dispuesta a jugarse la comodidad y la tranquilidad que da el anonimato para denunciar y evidenciar los actos inmorales que se llevaron a cabo. No entendieron que tarde o temprano la justicia tocaría sus puertas y que la verdad saldría a la luz. Se sentían omnipotentes porque estaban protegidos por fuero de corte e investidas de cargos ganados, como todo lo que hicieron, por medio de la trampa, el engaño y el uso de la ley a su antojo.

Lamentablemente, la plaga que azota nuestro país no corresponde a una fábula o a un cuento generado por el imaginario colectivo. Esta es una plaga de carne y hueso; con nombres y apellidos que van saliendo a la luz y que solo representa el comienzo. Por ahora, no tenemos al flautista, no tenemos el veneno para combatirlos pero el país unido debería empezar a buscarlos. De lo contrario, seguiremos conviviendo en medio de la plaga.