Manuel Terán

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29 de February de 2012 00:01

Ecuador acaba de vivir uno de los períodos más álgidos de los que existe memoria en la época republicana, en los que han estado en juego principios fundamentales que creíamos enraizados en la sociedad. La acción iniciada por el ciudadano Rafael Correa contra un articulista del Diario El Universo y sus directivos, desembocó en una situación que ponía en entredicho la vigencia misma de las libertades. Aparentemente este asunto se acaba de resolver con la decisión, publicitada por el querellante, de remitir a los acusados acudiendo a la figura del perdón prevista en nuestra legislación penal, lo que evitaría que cumplan una condena que les privaría de su libertad y al pago de una suma escandalosa. Habrá que saludar la decisión adoptada, pero sin duda esta se produce una vez que el país y sus instituciones han estado en la mira mundial por decisiones judiciales que, a la luz de la Doctrina y principios elementales del Derecho señalados por connotados tratadistas, han sido equivocadas. Aún en el supuesto no consentido que las mismas habrían guardado apego a normas y principios vigentes, las sanciones lucían del todo desproporcionadas.

Todo esto ha exasperado a buena parte de la ciudadanía que se ha visto obligada a tomar partido en una disputa que no ha hecho sino profundizar las grandes brechas existentes, entre quienes defienden a rajatabla una posición gubernamental y los que ven en estos actos la consumación de prácticas autoritarias e intimidatorias. En suma, con el transcurrir de los acontecimientos ha quedado nuevamente lesionada la credibilidad institucional, cuando existe la percepción que magistrados de la nueva Corte de Justicia no han actuado con la imparcialidad debida.

Nada bueno trae esta clase de enfrentamientos. Es lamentable que los que tienen en sus manos las decisiones sobre grandes asuntos de interés general, empleen su tiempo en disputas sin sentido. Resulta penoso que nuestros dirigentes se enfrasquen en riñas judiciales por opiniones que no son de su agrado. Por último, aún en el caso que contuvieren expresiones injuriosas las reparaciones deben guardar relación con las supuestas ofensas recibidas, mas no buscar sanciones que hacen sospechar que no se persigue justicia sino demostración efectiva de poder. Esto ha sumido al país en un pozo del que es urgente salir. Es necesario que los líderes posterguen las rencillas y vuelvan su vista a los problemas fundamentales. Los verdaderos enemigos no son los rivales políticos ni los periodistas sino la pobreza, la falta de empleo, la insalubridad, la delincuencia, el narcotráfico, lacras que nos amenazan en hacernos sucumbir. Es hora que los dirigentes y los que aspiran a serlo tomen en serio al país y planteen propuestas para derrotar a estos enemigos comunes. Son tareas fundamentales en las que quisiéramos ver inmersos a nuestros gobernantes.