Jorge Ribadeneira

Un vuelo trágico

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¿Loco o terrorista? fue la primera pregunta, luego de la tragedia aviatoria del martes, con un avión de la subempresa alemana Germainwings, subsidiaria de la poderosa Lufthansa. La caja negra número 1 dio los primeros informes y el fiscal francés -luego todo el mundo- quedó desconcertado. Fue el copiloto, Andreas Lubitz, el autor de la caída. Tomó el puesto del piloto, que había salido por una necesidad, cerró la puerta y presionó el botón de descenso. La nave bajó, en 8 minutos, desde los 30 mil pies hasta estrellarse en los Alpes. No era terrorismo. Se trataba de un desequlibrio mental, de una depresión nerviosa. ¿Nadie sabía de su problema? La empresa tiene que responder varias preguntas mientras 150 familias lloran por sus muertos.

Cada accidente aéreo es una tragedia de proporciones. Pese a ello, las empresas que se dedican a ese negocio mantienen en pie la información de que el viaje por los aires es el más seguro.

Entre otros argumentos anotan el altísimo número de vuelos que se registran en el mundo actualmente y los bajos porcentajes de fracasos. Lo que si sucede es que cada accidente es una noticia desoladora y más si el autor de la caída es un joven de 27 años, aparentemente un buen alemán. Por supuesto, en la tragedia del martes se juntaron varios factores, entre ellos el escenario montañoso del episodio, las características del autor, el antecedente de dos tragedias catastróficas en el 2014.

Volvamos la mirada al Ecuador. Tenemos la impresión de que en los últimos años ha mejorado la seguridad aviatoria en el aspecto comercial. Antes nuestro país fue escenario de una suma de accidentes y más de una desaparición de aviones, con empresas -como Area y Saeta- que dejaron tristes recuerdos y dolorosos saldos. El transporte aéreo ha subido notablemente y los aeropuertos han mejorado, especialmente en Quito, Guayaquil, Manta y Latacunga. Esperamos que sigan funcionando bien todos los factores de vuelo en el país.

Allá por el año 60 tuvimos una triste novedad. Un avión de Area se había estrellado contra la cumbre del cerro Atacazo, cuando faltaban cinco minutos para aterrizar en Quito y las nubes se interponían en la ruta. Dos años antes otra nave de Area cayó en Chugchilán. Entre las cuarenta víctimas del Atacazo constaban un hermano del autor de esta nota, Marcelo Ribadeneira, un joven valioso de 27 años, y tres miembros íntimos -la esposa Liliana Vaca y dos hijitos- de la familia de Rodrigo Paz. Luego del segundo accidente se realizó una reunión de familiares de las víctimas para analizar los insucesos y adoptar alguna resolución.

Se mencionó entre otras cosas que la empresa anunciaba que había incorporado un radar a sus naves, pero no había mejorado la seguridad. Finalmente, en medio del dolor se prefirió no formular acusaciones pero si buenos deseos en pro de que la empresa Area no vuelva a enfrentar una tragedia semejante. Cuando han pasado los años y las décadas, compartimos el dolor de esas 150 familias y pedimos mejores fómulas para evitar algo tan terrible como la caída de un avión.