Marco Arauz

El voto quiteño

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16 de February de 2014 00:02

Después de las elecciones presidenciales y legislativas del año pasado, en las cuales el movimiento del Gobierno se alzó con un triunfo abrumador que le permitió al presidente Rafael Correa cumplir dos de sus objetivos del 2013, el panorama alrededor de la Alcaldía de Quito parecía claro: solo se trataba de apoyar al actual Alcalde para la reelección en una plaza emblemática para Alianza País (AP).

Hoy, cuando solo falta una semana para las elecciones seccionales, el horizonte no luce tan claro como entonces. El actual Alcalde, Augusto Barrera, sin duda el mejor candidato del que disponía el oficialismo para correr por ese cargo, sabe que su ventaja inicial frente a su rival más fuerte se diluyó, en función de los datos de las últimas encuestas que podían hacerse públicas.

Los estrategas de este último pretendían llegar sin hacer mucho ruido a las elecciones del 23 para aumentar sus posibilidades, pero esa aspiración se volvió una pretensión poco menos que imposible al estar en juego el control de Quito, una localidad que tiene muchas connotaciones políticas para cualquier Gobierno. Y el actual no se iba a sentar a esperar.

Aquí se concentran una clase media y una parte de la burocracia que marcan las tendencias políticas nacionales. Quito ha sido siempre un termómetro y las elecciones municipales del 23 no serán la excepción. Cada votación es distinta, pero resulta útil ahora recordar el apoyo y el rechazo que tuvieron las tesis gubernamentales tanto en las últimas elecciones municipales, como en la consulta del 2012.

Mucho más allá de la habitual foto de campaña, el Presidente y otras personalidades de AP decidieron reforzar en los últimos días su presencia en Pichincha y especialmente en Quito, pero no era difícil darse cuenta de que con esta decisión el movimiento se ponía en una posición delicada: si no sacaba toda la artillería en estas dos semanas, se exponía a un revés, y si apoyaba demasiado a su candidato, podía debilitarlo. Pero decidió correr el riesgo, con el argumento final de que en las elecciones de Alcalde de Quito se juega incluso el futuro del proyecto político.

En esta elección que parecía fácil hasta hace unos meses, el candidato de AP y el movimiento tienen mucho que perder. Para su principal opositor casi todo es ganancia. Con cualquier resultado que obtenga quedará bien posicionado para continuar su carrera política, ya sea que los votos sean de apoyo personal o de simple protesta.

Hay otras plazas en donde las encuestas revelan parecidos comportamientos que en Quito. Más que satanizar esas decisiones, a quienes se han acostumbrado a sentirse intérpretes incluso de lo que le conviene pensar a la gente -desde luego 'por su bien'- les puede resultar útil recordar los tiempos en que creían, y con razón, que un voto que no sigue necesariamente los designios del poder es esencialmente expresión de democracia y no de golpismo.