Juan Valdano

Tres visiones del Cotopaxi, 1877

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En estos días el Cotopaxi ha vuelto a ser noticia. Según los entendidos, existe una inusual actividad volcánica en el seno de la montaña; un evento entre otros en una secular cadena de episodios marcados por el ritmo de un reloj geológico.

La última gran erupción del Cotopaxi fue el 26 de junio de 1877. La anterior ocurrió el 4 de abril de 1768. Del estallido de 1877 muchos testimonios se conservan; destaco dos de ellos: el de Edward Whymper, geógrafo, naturalista y viajero inglés, y el de la escritora Marietta de Veintemilla. El primero es el relato de un científico que mide, en toneladas, la masa de lava ardiente que se derrama por los flancos de la montaña; que calcula, en grados Fahrenheit, la temperatura de la roca fundida.

El segundo testimonio, el de Marietta de Veintemilla, es una visión llena de primitivo temor ante la enormidad del fenómeno natural y, lo que es más curioso, atravesada de pasión política, de aversión al clero que aprovechó la ocasión para levantar al populacho quiteño en contra de Ignacio de Veintemilla (su tío).

Para un grupo de canónigos, el ostentoso desafecto que el dictador manifestó siempre por los curas había acarreado, al fin, la ira de Dios. La erupción volcánica era, según ellos, la reacción divina ante la impiedad de los liberales, el castigo de un cielo enojado. Marietta dice que una nube densa sumió a la ciudad en cerrada noche. En medio del caos, los clericales “armados de rifles” y azuzados por tres canónigos, “pretendieron acometer el Palacio, entre la oscuridad, a los gritos de ¡mueran los herejes, abajo el Gobierno, viva la religión!”.Hasta aquí el apasionado testimonio de la sobrina del dictador.

Lo que sigue es un texto tomado de la novela ‘El fuego y la sombra’ y que el autor de esta nota lo escribió, hace algunos años, luego de haber leído el peregrino relato de Marietta. He aquí la versión novelesca: “En ese momento en el que, con roncos ruidos subterráneos, trepidaba la tierra, se escuchó por todo el ámbito de los cielos, el redoble de atronadores truenos.

La enorme nube oscura navegaba por el cielo como un trasatlántico fantasma que a su paso desplegaba las fatídicas banderas de la noche. Las sombras, cual velo de luto, descendían lentamente por los montes, se empozaban en las cañadas, anidaban en lo profundo de los valles. Las aves, desorientadas, retornaban sin sueño a sus nidos. Entre tanto, la sombra atravesó el Puente de los Gallinazos y comenzó a subir la cuesta de Santo Domingo. Las tinieblas se iban apoderando lentamente de la Recoleta, de la plaza de San Sebastián, de las callejas de San Roque. Cuando llegó al Arco de la Reina borró la penumbra que bajo su bóveda gravitaba y despertó a los murciélagos”. No está demás decir que aquí triunfa la fantasía, la verdad de la ficción, ese délfico anhelo de ver las cosas del pasado, cosas que si los ojos no las percibieron, la imaginación las vislumbró.